COMENTARIO
La celebración de la Pascua fue la señal más perceptible de que el culto estaba normalizado: se había restaurado el Templo y se habían purificado los ministros (los levitas con más diligencia que los sacerdotes: cfr v. 3; 29,34). Sólo faltaba reunir a «todo Israel y Judá» (v. 1) en la fiesta más específica del pueblo elegido.
Los preparativos (vv. 1-12) reflejan la orientación abierta que Ezequías quiso dar a su primera Pascua. El pregón real (vv. 6-9), invitando a los israelitas del Norte, parece recogido aquí para que lo escucharan los samaritanos y otros disidentes contemporáneos del Cronista. Contiene una vibrante exhortación a reconciliarse: sólo convirtiéndose al Señor es posible la unidad de todos los israelitas. Esta llamada sigue siendo válida hoy día en la tarea ecuménica: «El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. Los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Por eso tenemos que implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestros servicios y de la fraterna generosidad del alma para con los demás» (Conc. Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 7).
La celebración propiamente dicha (vv. 13-22) es solemne y multitudinaria. Como muchos habían venido de lejos no tuvieron tiempo de purificarse y los levitas tuvieron que multiplicarse para inmolar tantas víctimas. En este contexto es importante la oración del rey (vv. 18-19) que considera la limpieza del corazón por encima de la pureza ritual.
La alegría (vv. 23-27) fue desbordante, tanto que decidieron prolongar la fiesta durante una semana más, como había hecho Salomón para celebrar la Dedicación del Templo (cfr 2 Cro 7,9). Los levitas, señala el autor sagrado una y otra vez, fueron los grandes protagonistas, hasta el punto de que acompañaron a los sacerdotes en la solemne bendición al pueblo (v. 27), sobrepasando sus funciones propias.