20A la mañana siguiente el rey Ezequías se levantó temprano, reunió a los jefes del pueblo y subió al Templo del Señor. 21Trajeron siete becerros, siete carneros, siete corderos y siete machos cabríos para ofrecerlos en sacrificio expiatorio por la casa real, por el Santuario y por Judá. El rey ordenó a los hijos de Aarón, a los sacerdotes, ofrecer los holocaustos sobre el altar del Señor. 22Degollaron, pues, las reses de ganado mayor, y los sacerdotes recogieron la sangre y la derramaron sobre el altar; degollaron los corderos y derramaron la sangre sobre el altar. 23Finalmente acercaron los machos cabríos de la expiación ante el rey y la asamblea, y todos les impusieron las manos. 24Los sacerdotes los degollaron y, como sacrificio por el pecado, esparcieron su sangre sobre el altar para hacer la expiación por todo Israel, pues el rey había ordenado el holocausto y el sacrificio expiatorio por todo Israel.
25Ezequías colocó a los levitas en el Templo con címbalos, arpas y cítaras, según las disposiciones de David, de Gad, el vidente del rey, y del profeta Natán, pues esta disposición procedía del Señor por medio de los profetas. 26Los levitas estaban de pie con los instrumentos de David, y los sacerdotes con las trompetas. 27Entonces Ezequías ordenó ofrecer holocaustos sobre el altar; y en el momento de comenzar el holocausto se iniciaron también los cantos del Señor acompañados de las trompetas y los instrumentos de David, rey de Israel. 28Toda la asamblea se postró mientras se cantaban los cantos y sonaban las trompetas; así hasta el final del holocausto. 29Cuando terminó el holocausto, el rey y los que estaban con él se postraron. 30El rey Ezequías y sus jefes pidieron a los levitas que alabaran al Señor con las letras de David y de Asaf, el vidente. Ellos entonaron alabanzas con júbilo y luego se inclinaron y se postraron en adoración. 31Entonces Ezequías tomó la palabra y dijo:
—Ahora ya están consagrados en honor del Señor. Acérquense, pues, y traigan al Templo del Señor sus sacrificios de comunión y de acción de gracias.
La asamblea traía sus sacrificios de comunión y de acción de gracias; y los de ánimo más generoso ofrecían holocaustos. 32El número de los holocaustos que la asamblea ofreció fue de setenta becerros, cien reses de ganado mayor y doscientas reses de ganado menor; todo para los holocaustos del Señor. 33Se presentaron también como ofrendas seiscientas reses de ganado mayor y tres mil reses de ganado menor. 34Los sacerdotes eran demasiado pocos y no podían preparar las víctimas de los holocaustos; por eso sus hermanos, los levitas, les ayudaron hasta que se terminó la tarea y hasta que se purificaron los demás sacerdotes. De hecho, los levitas habían sido más diligentes para purificarse que los sacerdotes. 35Hubo también un holocausto muy copioso de la grasa de los sacrificios de comunión y de las libaciones que acompañan al holocausto. De esta forma se restableció el culto en el Templo. 36Ezequías y todo el pueblo se regocijaron al ver que Dios había predispuesto al pueblo, porque todo se había hecho con rapidez.
302 Cro1Ezequías envió mensajeros por todo Israel y Judá, y escribió a las tribus de Efraím y Manasés para que vinieran al Templo de Jerusalén para celebrar la Pascua en honor del Señor, Dios de Israel. 2El rey, sus jefes y la asamblea decidieron en consejo celebrar la Pascua en el segundo mes, 3al no haber podido celebrarla a su tiempo, porque los sacerdotes no se habían purificado en número suficiente y el pueblo no se había reunido en Jerusalén. 4La propuesta le pareció bien al rey y a toda la asamblea. 5Determinaron dar un bando por todo Israel, desde Berseba hasta Dan, para que todos vinieran a celebrar en Jerusalén la Pascua en honor del Señor, Dios de Israel; pues hacía tiempo que no la celebraban como estaba prescrito. 6Los mensajeros salieron con las cartas del rey y de sus jefes por todo Israel y Judá y, siguiendo el mandato del rey, proclamaban:
—Israelitas, vuelvan al Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, y Él se volverá a ustedes, que son el resto que ha conseguido escapar del poder asirio. 7No sean como sus padres y como sus hermanos; ellos se rebelaron contra el Señor, Dios de sus padres, y Él les ha llevado a la desolación que ustedes pueden ver. 8Ahora no sean de dura cerviz, como sus padres; acojan al Señor, vengan al santuario que ha consagrado para siempre. Sirvan al Señor, su Dios, y se alejará de ustedes el ardor de su ira. 9Además si se convierten al Señor, sus hermanos y sus hijos encontrarán compasión en quienes los deportaron y podrán volver a este país, porque el Señor, su Dios, es clemente y misericordioso y no les volverá el rostro, si ustedes se convierten a Él.
10Los mensajeros recorrieron de ciudad en ciudad los territorios de Efraím y Manasés hasta el de Zabulón, pero la gente se reía de ellos y les hacía burla. 11Sin embargo, algunos de Aser, de Manasés y de Zabulón se humillaron y vinieron a Jerusalén. 12También en Judá se notó la mano de Dios que les infundió una voluntad unánime para seguir el mandato del rey y de sus jefes, según la palabra del Señor.
13Así se reunió en Jerusalén una gran muchedumbre para celebrar la fiesta de los Ácimos en el segundo mes; era una asamblea muy numerosa. 14Enseguida fueron a derribar los altares que había en Jerusalén y todos los altares donde se quemaba incienso, y los arrojaron al torrente Cedrón. 15Luego, el día catorce del mes segundo inmolaron la Pascua. Los sacerdotes y los levitas, llenos de compasión, se purificaron para poder presentar holocaustos en el Templo. 16Ocuparon sus puestos según las normas de la Ley de Moisés, hombre de Dios. Los sacerdotes hacían la aspersión con la sangre que recibían de manos de los levitas. 17Como muchos de la asamblea no se habían purificado, los levitas se ocupaban de inmolar las víctimas pascuales de los que no tenían la pureza exigida para consagrarlas al Señor. 18En realidad muchos del pueblo que venían de Efraím, de Manasés, de Isacar y de Zabulón no estaban purificados, pues habían comido la Pascua sin hacer lo que estaba prescrito. Ezequías intercedió por ellos diciendo:
—Que el Señor, que es bueno, perdone 19a todo el que tenga el corazón dispuesto a buscar a Dios, al Señor Dios de sus padres, aunque no tenga la pureza requerida para el Santuario.
20El Señor escuchó a Ezequías y perdonó al pueblo. 21Los israelitas que se encontraban en Jerusalén celebraron la fiesta de los Ácimos durante siete días con alegría grande; y los sacerdotes y levitas alabaron día tras día al Señor con los instrumentos que sonaban en su honor. 22Ezequías habló a los levitas que habían demostrado mayor conocimiento del Señor. Durante siete días participaron en el banquete solemne, ofrecieron sacrificios de comunión y alabaron al Señor, Dios de sus padres.
23Toda la asamblea decidió en consejo prolongar la fiesta siete días más, y así lo hicieron con gran alegría. 24Ezequías había entregado a la asamblea mil novillos y siete mil ovejas; y los jefes, otros mil novillos y diez mil ovejas. Los sacerdotes se habían purificado en gran número. 25Toda la asamblea de Judá estaba contenta con la fiesta, así como los sacerdotes, los levitas, los grupos venidos de Israel, los refugiados de Israel y los habitantes de Judá. 26Había una alegría tan grande en Jerusalén como no se había visto en la ciudad desde el tiempo de Salomón, hijo de David, rey de Israel. 27Los sacerdotes y los levitas se levantaron y bendijeron al pueblo. Su voz fue escuchada y su plegaria llegó hasta lo más alto, hasta la santa morada de Dios en los cielos.
312 Cro1Al finalizar todo esto, los israelitas que se encontraban allí fueron por las ciudades de Judá y rompieron las estelas, destruyeron las aserás y derribaron los altares y los lugares altos que había en Judá, en el territorio de Benjamín, de Efraím y de Manasés. Luego los israelitas regresaron a sus ciudades, cada uno a sus posesiones.
2Ezequías restableció los turnos de los sacerdotes y de los levitas según su función; y asignó a cada uno, sacerdotes o levitas, la misión correspondiente en relación con el holocausto, el sacrificio de comunión, el oficio del culto, la acción de gracias y las alabanzas en las puertas del campamento del Señor.
3El rey destinó parte de sus bienes a los holocaustos, a los de la mañana y a los de la tarde, y a los de los sábados, novilunios y solemnidades, como está escrito en la Ley del Señor. 4También ordenó al pueblo, a los habitantes de Jerusalén, que entregaran la parte correspondiente a los sacerdotes y levitas para que pudieran dedicarse de lleno a la Ley del Señor. 5En cuanto se divulgó esta orden los israelitas ofrecieron en abundancia las primicias del grano, del aceite, de la miel y de todos los productos del campo. Y trajeron, además, el diezmo de todo. 6También los israelitas y los de Judá, y todos los habitantes de las ciudades de Judá, trajeron los diezmos del ganado mayor y del ganado menor, así como los diezmos de las cosas consagradas al Señor, su Dios. Y lo colocaron en montones. 7El tercer mes comenzaron a apilarlos y el mes séptimo terminaron.
8Cuando Ezequías y los jefes llegaron y vieron tantos montones bendijeron al Señor y a su pueblo Israel. 9Ezequías pidió información sobre los montones a los sacerdotes y levitas. 10Le respondió Azarías, sumo sacerdote de la familia de Sadoc:
—Desde que se comenzó a traer al Templo la ofrenda reservada, hemos comido hasta la saciedad y todavía queda en abundancia, porque el Señor ha bendecido a su pueblo. Lo sobrante está en estos montones.
11Entonces Ezequías ordenó que preparasen almacenes en el Templo del Señor. Y así se hizo. 12Depositaron con detalle las ofrendas reservadas al Señor, los diezmos y las ofrendas consagradas. Al frente de todo esto estaba el levita Conanías y, en segundo lugar, su hermano Semeí. 13Yejiel, Azazías, Nájat, Asael, Yerimot, Yozabad, Eliel, Yismaquías, Májat y Benaías estaban a las órdenes de Conanías y de su hermano Semeí, por mandato del rey Ezequías y de Azarías, prefecto del Templo. 14El levita Coré, hijo de Yimná, portero de la puerta oriental, se ocupaba de las ofrendas voluntarias a Dios y distribuía las ofrendas reservadas y las cosas santísimas. 15Dependían de él en las ciudades sacerdotales Eden, Minyamin, Josué, Semaías, Amarías y Secanías, encargados de la distribución detallada entre sus hermanos, grandes o pequeños, según sus turnos; 16en concreto, entre los varones registrados desde los tres años en adelante. Todos estos estaban cada día en el Templo para sus funciones, según su encargo y con su turno.
17El registro de los sacerdotes se hacía según sus familias; y el de los levitas, de veinte años para arriba, según sus encargos y sus turnos. 18Eran registrados con sus familias, mujeres, hijos e hijas de toda la comunidad, pues debían consagrarse con fidelidad a las cosas sagradas. 19Entre los hijos de Aarón, los sacerdotes residentes en los campos que están en torno a sus ciudades, se nombraba personalmente a algunos en cada ciudad para distribuir la parte correspondiente a cada varón de entre los sacerdotes y a cada uno de entre los levitas.
20Ezequías hizo lo mismo en toda Judá. Obró el bien, la rectitud y la verdad delante del Señor, su Dios. 21Todo lo que había emprendido en favor del Templo, de la Ley y de los mandamientos lo hizo para buscar de todo corazón a Dios; y por eso tuvo éxito.
322 Cro1Después de estos acontecimientos y de estas muestras de fidelidad, Senaquerib, rey de Asiria, vino, invadió Judá y asedió las ciudades fortificadas con la intención de conquistarlas. 2Cuando Ezequías vio cómo avanzaba Senaquerib y cómo orientaba su ataque hacia Jerusalén, 3decidió en consejo con sus jefes y sus valientes cegar las aguas de las fuentes que hay fuera de la ciudad. Todos estuvieron de acuerdo. 4Se reunieron muchos del pueblo y cegaron las fuentes y los torrentes que atravesaban el país, diciendo:
—¡No vayan a venir los reyes de Asiria y vayan a encontrar tanta agua!
5Ezequías se sintió fuerte, reconstruyó las murallas deterioradas, levantó más las torres, construyó un segundo muro por el exterior, fortificó el Miló de la ciudad de David y preparó armas en abundancia y escudos. 6Designó jefes militares sobre el pueblo, los reunió a su alrededor en la plaza de la puerta de la ciudad y les habló apelando a su corazón:
7—Sean fuertes y valientes. No teman ni se acobarden ante el rey de Asiria ni ante toda la muchedumbre que le acompaña. Con nosotros hay alguien más grande que con ellos. 8Con ellos está un brazo de carne, con nosotros el Señor, nuestro Dios, que nos ayudará y luchará con nosotros.
El pueblo se reconfortó con las palabras de Ezequías, rey de Judá. 9Después de esto, Senaquerib, rey de Asiria, que estaba en Laquís con todas las fuerzas que comandaba, envió a sus cortesanos a Jerusalén, a Ezequías, rey de Judá, y a todos los de Judá que moraban en Jerusalén, con este mensaje:
10—Así dice Senaquerib, rey de Asiria: «¿En quién confian los que permanecen asediados en Jerusalén? 11¿No los está exponiendo Ezequías a morir de hambre y de sed, cuando asegura: “El Señor, nuestro Dios, nos librará de las manos del rey de Asiria”? 12¿No es Ezequías el que ha eliminado los lugares altos y los altares y ha ordenado a los de Judá y Jerusalén: “Han de postrarse y ofrecer sus sacrificios ante un solo altar”? 13¿Todavía no saben lo que hemos hecho nuestros antepasados y yo con los pueblos de todos los países? ¿Han podido los dioses de esas naciones librar de mis manos a sus propios países? 14¿Quién de entre los dioses de las naciones que exterminaron mis antepasados ha podido librar de mis manos a sus pueblos? ¿Y va a poder librarlos su Dios? 15Ahora, pues, que no los engañe Ezequías ni los seduzca con esto. No le crean porque ningún dios de las naciones o reinos ha podido librar de mi mano o de la mano de mis antepasados a su pueblo. Ni tampoco su Dios los librará».
16Todavía continuaron hablando sus hombres contra el Señor Dios y contra su siervo Ezequías. 17Además Senaquerib había escrito una carta insultando al Señor, Dios de Israel, en estos términos:
«Como los dioses de las naciones de la tierra que no libraron a sus pueblos de mi mano, así es el Dios de Ezequías que tampoco podrá librar a su pueblo».
18Los emisarios gritaban en lengua judía al pueblo de Jerusalén, que estaba en lo alto de la muralla, con el fin de atemorizarlo y desmoralizarlo, y así poder ocupar la ciudad. 19Hablaban del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, que son obra de manos humanas. 20Entonces el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, suplicaron por esta intención y clamaron al cielo. 21El Señor envió un ángel que exterminó a todos los guerreros, a los príncipes y a los jefes del campamento del rey de Asiria; éste se tuvo que volver avergonzado a su país. Y cuando entraba en el templo de su dios, algunos de sus hijos, salidos de sus entrañas, lo mataron a espada. 22Así el Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos los demás enemigos, y les concedió paz en sus alrededores. 23Entonces muchos trajeron a Jerusalén ofrendas al Señor y objetos valiosos para Ezequías, rey de Judá, que con todo esto alcanzó gran prestigio ante todos los pueblos.
24Por aquellos días Ezequías cayó enfermo y estuvo a punto de morir, pero suplicó al Señor y Él le escuchó y obró un prodigio a su favor. 25Pero Ezequías no correspondió al beneficio recibido, sino que se enorgulleció su corazón y atrajo el furor divino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén. 26Sin embargo, Ezequías se humilló de la soberbia de su corazón y con él todos los habitantes de Jerusalén, y no recayó sobre ellos el furor del Señor durante la vida de Ezequías.
27Tuvo Ezequías riqueza y fama en abundancia; se construyó depósitos para el oro, la plata y las piedras preciosas, para los aromas, los escudos y para todos los objetos de valor. 28Y también almacenes para la cosecha de grano, de mosto y de aceite; establos para toda clase de animales, y apriscos para el ganado. 29Se construyó ciudades y adquirió ganado mayor y menor en abundancia, porque Dios le había concedido gran cantidad de bienes.
30Ezequías fue el que cegó la salida superior de las aguas de Guijón y las desvió por un canal subterráneo hacia el lado occidental de la ciudad de David. Y tuvo éxito en todas sus empresas. 31Sin embargo, cuando llegaron unos legados de los jefes de Babilonia para informarse del prodigio acaecido en el país, lo abandonó Dios para ponerlo a prueba y conocer del todo su corazón.
32El resto de los hechos de Ezequías y sus obras de misericordia están escritas en las visiones del profeta Isaías, hijo de Amós, y en el libro de los reyes de Judá e Israel. 33Ezequías descansó con sus padres y fue sepultado en la subida de los sepulcros de los hijos de David. A su muerte le rindieron honores todo Judá y los habitantes de Jerusalén. En su lugar reinó su hijo Manasés.
332 Cro1Manasés tenía doce años cuando empezó a reinar, y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco años. 2Obró el mal a los ojos del Señor según las abominaciones de las naciones que el Señor había arrojado de delante de los israelitas. 3Volvió a edificar los lugares altos que había destruido su padre Ezequías; levantó altares a los baales, construyó aserás y adoró a todo el ejército de los cielos y les tributó culto. 4También edificó altares en el Templo sobre el que el Señor había dicho: «Estableceré mi nombre en Jerusalén para siempre». 5Edificó altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios del Templo. 6Además hizo pasar a sus hijos por el fuego en el valle de Ben–Hinom, practicó encantamientos, magia y brujería; instituyó nigromantes y adivinos. Se prodigó en hacer el mal a los ojos del Señor, con lo que consiguió irritarle. 7El ídolo fundido que había fabricado, lo colocó en el Templo del Señor del que había dicho Dios a David y a su hijo Salomón: «En este Templo y en Jerusalén, a los que elegí de entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre. 8No dejaré que los pies de Israel se alejen del suelo que di a sus padres; pero sólo si perseveran cumpliendo todo lo que les ordené por medio de Moisés respecto a toda la Ley, los decretos y los preceptos». 9Pero Manasés sedujo a Judá y a los habitantes de Jerusalén a obrar peor que las naciones a las que el Señor había aniquilado delante de los israelitas.
10El Señor habló a Manasés y a su pueblo, pero no le atendieron. 11Por eso hizo venir sobre ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria, que apresaron a Manasés con garfios, le ataron con cadenas y lo condujeron a Babilonia. 12Al verse angustiado trató de aplacar el rostro del Señor, su Dios; se humilló profundamente ante el Dios de sus padres, 13y le suplicó. El Señor se conmovió y escuchó su plegaria; le hizo volver a Jerusalén para seguir reinando. Así Manasés reconoció que el Señor es Dios.
14Después de esto Manasés construyó una muralla exterior en la ciudad de David, al oeste de Guijón, en el torrente, que llegaba hasta la puerta de los Peces y rodeaba el Ofel; la hizo muy alta. Además puso jefes militares en todas las ciudades fortificadas de Judá. 15Retiró del Templo los dioses extranjeros, el ídolo y todos los altares que había erigido en la montaña del Templo y en Jerusalén, y los arrojó fuera de la ciudad. 16Restauró luego el altar del Señor y ofreció sacrificios de comunión y de acción de gracias, y ordenó a Judá que diera culto al Señor, Dios de Israel. 17Sin embargo, el pueblo continuaba ofreciendo sacrificios en los lugares altos, aunque solo en honor del Señor, su Dios.
18El resto de los hechos de Manasés, la oración a Dios, y las palabras que los videntes le comunicaron en nombre del Señor, Dios de Israel, están recogidos en las crónicas de los reyes de Israel. 19Su plegaria, y cómo fue atendido, su pecado y su infidelidad, las zonas donde construyó lugares altos y donde erigió las aserás y los ídolos antes de su humillación, están registrados en la crónica de Jozay. 20Manasés descansó con sus padres y fue enterrado en su palacio. En su lugar reinó su hijo Amón.
21Amón tenía veintidós años cuando empezó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén. 22Obró el mal a los ojos del Señor como lo había hecho su padre Manasés, y a todos los ídolos que había hecho su padre les ofreció sacrificios y les dio culto. 23Pero no se humilló ante el Señor, como se había humillado su padre Manasés, sino que multiplicó sus delitos. 24Así que sus cortesanos conspiraron contra él y lo mataron en su palacio. 25Pero el pueblo llano mató a todos los que habían conspirado contra el rey Amón; y en su lugar proclamaron rey a su hijo Josías.
342 Cro1Josías tenía ocho años cuando empezó a reinar, y reinó treinta y ocho años en Jerusalén. 2Obró con rectitud a los ojos del Señor y siguió en todo los caminos de David, su padre, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda.
3El año octavo de su reinado, cuando todavía era un muchacho, comenzó a buscar al Dios de David, su padre; y el año duodécimo comenzó a purificar a Judá y Jerusalén de los lugares altos, de las aserás y de los ídolos esculpidos y fundidos. 4Demolieron en su presencia los altares de los baales, destrozó los emblemas solares que había sobre los altares; rompió las aserás y los ídolos esculpidos y fundidos reduciéndolos a polvo que esparció por los sepulcros de los que les habían ofrecido sacrificios. 5Además quemó sobre sus altares los huesos de los sacerdotes; así purificó Judá y Jerusalén. 6Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, de Efraím, de Simeón y hasta de Neftalí y en los lugares de alrededor: 7destruyó los altares y las aserás, redujo a polvo los ídolos y destrozó todos los emblemas solares en todo el territorio de Israel. Después regresó a Jerusalén.
8El año decimoctavo de su reinado, para purificar el país y el Templo, Josías envió a Safán, hijo de Asalías, a Maasías, gobernador de la ciudad, y a Yoaj, hijo de Joacaz, el canciller, con el encargo de restaurar el Templo del Señor, su Dios. 9Se presentaron a Jilquías, sumo sacerdote, y le entregaron el dinero aportado al Templo y el que los levitas guardianes de la puerta habían recolectado de Manasés, de Efraím y de todo el resto de Israel, de Judá y de Benjamín y de los habitantes de Jerusalén. 10Lo pusieron a disposición de los supervisores de los trabajos y lo entregaron a los que realizan los trabajos en el Templo del Señor para repararlo y restaurarlo: 11se lo dieron a los carpinteros y canteros para comprar piedras talladas y madera para las vigas y para reforzar los edificios que los reyes de Judá habían dejado estropearse. 12Aquellos hombres trabajaban con fidelidad bajo la dirección de los inspectores Yájat y Obadías, levitas descendientes de Merarí, y Zacarías y Mesulam, descendientes de Quehat. Los levitas expertos en instrumentos musicales 13supervisaban a los que cargaban materiales, y dirigían a todos los que trabajaban en alguna faena. Entre los levitas había también escribas, inspectores y porteros. 14Al extraer el dinero aportado al Templo del Señor, el sacerdote Jilquías encontró el libro de la Ley del Señor, dada por medio de Moisés. 15Jilquías dijo entonces al escriba Safán:
—He encontrado en el Templo el libro de la Ley.
Y se lo entregó. 16Safán llevó el libro al rey y comenzó a contarle:
—Tus siervos están haciendo todo lo que se les ha encomendado. 17Han reunido el dinero encontrado en el Templo y lo han puesto a disposición de los supervisores y de los que hacen las obras.
18Luego el escriba Safán informó al rey:
—El sacerdote Jilquías me ha dado un libro.
Y Safán lo leyó en presencia del rey.
19Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley, rasgó sus vestiduras 20e inmediatamente dio órdenes a Jilquías, a Ajicam, hijo de Safán, a Abdón, hijo de Miqueas, al escriba Safán y a Asaías, ministro del rey, diciendo:
21—Vayan y consulten al Señor por mí y por el resto de Israel y de Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha encontrado, pues es enorme la cólera del Señor que se ha encendido contra nosotros, ya que nuestros padres no han observado las palabras del Señor obrando según todo lo prescrito en este libro.
22El sacerdote Jilquías y los designados por el rey fueron adonde estaba la profetisa Juldá, esposa de Salum, hijo de Toquehat, hijo de Jasrá, el encargado del vestuario. Ella vivía en Jerusalén en el segundo distrito. Hablaron con ella, 23y les dijo:
—Esto dice el Señor, Dios de Israel: «Anunciaden al hombre que los ha enviado hasta mí: 24“Mira, voy a traer la desgracia a este lugar y a sus habitantes, todas las maldiciones contenidas en el libro que ha leído el rey de Judá, 25porque me han abandonado a mí y han quemado incienso a otros dioses haciéndome irritar con todas las obras de sus manos. Mi ira se encenderá en este lugar y no se apagará”». 26Al rey de Judá, que los ha enviado a consultar al Señor le comunicarán esto: «Así dice el Señor, Dios de Israel, respecto a las palabras que has escuchado: 27“Puesto que se te ha estremecido el corazón y te has humillado ante el Señor al oír lo que he dicho contra este lugar y sus habitantes, puesto que te has humillado, has rasgado tus vestiduras y llorado ante mí, también Yo te he escuchado, oráculo del Señor. 28Por eso haré que te reúnas con tus padres y que seas acogido en tu sepulcro en paz. Tus ojos no verán toda la desgracia que Yo voy a traer a este lugar y a sus habitantes”».
Ellos llevaron la respuesta al rey.
29El rey envió emisarios y reunió a todos los ancianos de Judá y Jerusalén. 30Luego el rey subió al Templo del Señor junto con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el más pequeño al mayor. Entonces leyó a oídos de todos las palabras del libro de la alianza encontrado en el Templo del Señor. 31El rey permaneció de pie sobre el estrado y estableció la alianza ante el Señor, comprometiéndose a caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, preceptos y leyes con todo el corazón y toda el alma; y a cumplir las palabras de esta alianza escritas en dicho libro. 32El rey hizo que se comprometieran todos los que se encontraban en Jerusalén y Benjamín. Los habitantes de Jerusalén también obraron de acuerdo con la alianza de Dios, el Dios de sus padres. 33Josías suprimió todos los cultos abominables de los territorios de los israelitas; hizo que todos los que se encontraban en Israel se comprometieran a servir al Señor, su Dios. Mientras él vivió no se apartaron del Señor, Dios de sus padres.
352 Cro1El rey Josías celebró en Jerusalén la Pascua del Señor; inmoló la pascua el día catorce del mes primero. 2Restableció a los sacerdotes en sus funciones y les alentó para mantener el culto del Templo del Señor. 3Luego dijo a los levitas encargados de instruir a todo Israel, hombres consagrados al Señor:
—Coloquen el arca santa en el Templo que edificó Salomón, hijo de David, rey de Israel. Nunca más tendrán que cargarla sobre la espalda; por lo tanto dedíquense a servir al Señor, su Dios, y a su pueblo Israel. 4Organícense por familias y por turnos como dejaron escrito David, rey de Israel, y su hijo Salomón. 5Estén en sus puestos en el Santuario a disposición de los grupos familiares de sus hermanos, los hombres del pueblo; un turno de levitas por cada grupo familiar. 6Inmolen la Pascua, purifíquense y preparen todo a sus hermanos para que puedan celebrar la Pascua como dijo el Señor por medio de Moisés.
7Josías proporcionó a los hombres del pueblo que se encontraban allí, de sus propios bienes, treinta mil cabezas de ganado entre corderos y cabritos como víctimas pascuales. Les dio además tres mil bueyes. 8También los oficiales del rey proporcionaron ofrendas voluntarias para el pueblo, los sacerdotes y los levitas. Jilquías, Zacarías y Yejiel, intendentes del Templo del Señor, dieron a los sacerdotes como víctimas pascuales dos mil doscientos corderos y trescientos bueyes. 9Conanías, Semaías y Natanael, sus hermanos, y Jasabías, Yeiel y Yozabad, jefes de los levitas, proporcionaron a los levitas como víctimas pascuales cinco mil corderos y además quinientos bueyes.
10De este modo, quedó todo preparado para el servicio; los sacerdotes se colocaron en sus puestos y los levitas se distribuyeron según sus turnos, siguiendo el mandato del rey. 11Inmolaron los corderos pascuales; y los sacerdotes derramaron la sangre mientras los levitas desollaban a las víctimas. 12Hicieron partes del holocausto para distribuirlo entre las familias de los hijos del pueblo para que lo presentaran al Señor, como está escrito en el libro de Moisés. Lo mismo hicieron con los bueyes. 13Asaron al fuego el cordero pascual según la norma; en cambio, las otras víctimas sagradas las cocieron en ollas, calderos y cazuelas, y las distribuyeron entre todos los hijos del pueblo. 14Luego prepararon la Pascua para ellos y para los sacerdotes, pues éstos, los hijos de Aarón, estuvieron dedicados a ofrecer holocaustos y las partes grasas hasta la noche; por eso los levitas la prepararon para sí mismos y para los sacerdotes, hijos de Aarón. 15Los cantores, hijos de Asaf, estaban también en sus puestos, según el mandato de David, de Asaf, de Hemán y de Yedutún, vidente del rey. Los porteros atendían a sus puertas. Ninguno tenía necesidad de alejarse de sus puestos porque sus hermanos levitas prepararon todo para ellos.
16Así, aquel mismo día, quedó dispuesto todo el servicio del Señor para celebrar la Pascua y para ofrecer los holocaustos sobre el altar del Señor, según el mandato del rey Josías. 17Los israelitas que se encontraban allí celebraron la Pascua y la fiesta de los Ácimos durante siete días. 18No se celebraba una Pascua como ésta en Israel desde el tiempo del profeta Samuel. Ningún rey de Israel había celebrado una Pascua como la que celebró Josías con los sacerdotes, los levitas, todos los de Judá, los que habían llegado de Israel y los habitantes de Jerusalén. 19Esta Pascua se celebró el año decimoctavo del reino de Josías.
20Después de todo esto, cuando Josías había reorganizado ya el Templo, Necó, rey de Egipto, subió a luchar en Carquemís, a orillas del Éufrates. Y Josías le salió al encuentro. 21Necó le envió unos mensajeros para decirle:
—¿Qué tengo yo que ver contigo, rey de Judá? Yo no vengo contra ti, sino contra la casa con la que estoy en guerra. Dios me ha indicado que me dé prisa; por tanto, no te opongas a Dios, que está conmigo, y no te destruiré.
22Pero Josías no se retiró, sino que se preparó para ir a la guerra. No escuchó las palabras de Necó que venían de Dios y entró en combate en el valle de Meguido. 23Los arqueros dispararon contra el rey Josías, hasta que tuvo que ordenar a sus oficiales:
—¡Sáquenme de aquí, que estoy gravemente herido!
24Los oficiales lo sacaron de su carro de guerra, lo pusieron en otro y lo trasladaron a Jerusalén, donde murió. Fue enterrado en los sepulcros de sus padres. Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. 25Jeremías compuso una elegía por él. Todos los cantores y cantoras siguen recordando a Josías hasta el día de hoy en sus elegías; se han transmitido como tradición y están escritas en las lamentaciones.
26El resto de los hechos de Josías, sus obras de piedad conforme a lo prescrito en la Ley del Señor, 27todas sus hazañas, desde las primeras hasta las últimas, están escritas en el libro de los reyes de Israel y de Judá.
362 Cro1El pueblo llano tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo proclamó rey en Jerusalén, en lugar de su padre Josías. 2Joacaz tenía veintitrés años cuando empezó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén. 3El rey de Egipto lo destronó de Jerusalén e impuso al país un tributo de cien talentos de plata y uno de oro. 4El rey de Egipto nombró rey de Judá y de Jerusalén a Eliaquim, hermano de Joacaz, y le cambió el nombre por el de Yoyaquim. Necó apresó a su hermano Joacaz y lo llevó a Egipto.
5Yoyaquim tenía veinticinco años cuando empezó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Obró el mal a los ojos del Señor, su Dios. 6Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él; lo sujetó con cadenas de bronce y lo deportó a Babilonia. 7Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del Templo del Señor y los depositó en su palacio. 8El resto de los hechos de Yoyaquim, las abominaciones que cometió y las culpas que se le imputaron, están escritas en el libro de los reyes de Israel y de Judá. En su lugar reinó su hijo Yoyaquín.
9Yoyaquín tenía dieciocho años cuando empezó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén. Obró el mal a los ojos del Señor. 10A comienzos de año, el rey Nabucodonosor mandó apresarlo y lo llevó a Babilonia con los objetos preciosos del Templo del Señor. Nombró rey sobre Judá y Jerusalén a Sedecías, hermano de su padre.
11Sedecías tenía veintiún años cuando empezó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. 12Obró el mal a los ojos del Señor, su Dios; y no quiso humillarse ante el profeta Jeremías que hablaba de parte del Señor. 13Además se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar fidelidad en el nombre de Dios. Endureció su cerviz y decidió en su corazón, con firmeza, no volver al Señor, Dios de Israel. 14También todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando en todo las abominaciones de las naciones; profanaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén.
15El Señor, Dios de sus padres, les envió advertencias con rapidez y sin cesar por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y de su Morada. 16Pero ellos hicieron burla de sus mensajeros, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo alcanzó un punto tal, que ya no hubo remedio.
17Entonces el Señor hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hombres jóvenes en el interior del Santuario sin tener piedad ni de muchachos ni de doncellas, ni de ancianos ni de viejos; a todos los puso en sus manos. 18Se llevó a Babilonia todos los objetos del Templo, grandes y pequeños, los tesoros del Templo y los del rey y de los oficiales. 19Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. 20Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa. 21Así se cumplió la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: «Hasta que el país llegue a disfrutar los sábados perdidos, vivirá en un sábado prolongado durante los días de la desolación, en concreto, setenta años».
22El año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor por boca de Jeremías, el Señor movió el espíritu de Ciro, rey de Persia, que proclamó por todo su imperio de viva voz y por escrito el siguiente edicto:
23«Así dice Ciro, rey de Persia: “El Señor, Dios de los cielos, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él mismo me ha encomendado construir en su honor un Templo en Jerusalén que está en Judá. El que de ustedes pertenezca a ese pueblo, que el Señor, su Dios, esté con él y que suba”».