COMENTARIO

 Esd 1,1-6,22 

El libro segundo de las Crónicas se cerraba con la narración de la ruina de Jerusalén, consecuencia de la repetida infidelidad a Dios de sus habitantes (cfr 2 Cro 36,17-21), y con el decreto de Ciro ordenando, de parte de Dios, la reconstrucción del Templo de Jerusalén y la vuelta de los desterrados (cfr 2 Cro 36,22-23). El libro de Esdras comienza exponiendo esto mismo (1,1-4) y a continuación narra cómo se realizó. Da cuenta de la preparación para la vuelta (1,5-11), y de quiénes fueron los que regresaron entonces (2,1-70); de cómo se construyó en Jerusalén, antes que nada, un altar y se reanudó el culto (3,1-6), y de la oposición que, al empezar a reconstruir el Templo, les presentaron las gentes del país (4,1-5), que escribieron al rey persa, el cual ordenó parar las obras (4,6-24). Pero los que habían regresado, animados por los profetas Ageo y Zacarías, las reemprendieron de nuevo (5,1-2) y las continuaron, esperando la confirmación del rey (5,3-5). Una nueva carta dirigida ahora al rey Darío por parte de aquellas autoridades (5,6-17) y la respuesta de éste ordenando dejar a los judíos construir en paz el Templo según lo había decretado Ciro (6,1-12), hacen que, efectivamente, puedan terminarlo y dedicarlo al Señor (6,13-18), y después celebrar con gozo la primera Pascua en el país (6,19-22).

En esta primera parte del libro destacan la piedad y la tenacidad de los repatriados, dedicados por completo al culto del Señor y a la reconstrucción de su Templo. Pero también queda resaltada la animosidad contra ellos de los que habitaban en el país. Sólo la voluntad de Dios que actúa a través de las decisiones de los reyes persas hace posible que pueda llevarse a término aquella empresa que suponía el nuevo resurgir del pueblo en la tierra prometida.

En la tradición cristiana, a la luz del mensaje de Jesucristo, se han leído estas páginas en sentido espiritual buscando en ellas unos puntos de referencia adecuados para trabajar en la construcción de la Iglesia. En efecto, así como el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento volvió a reconstituirse después de la dura experiencia del destierro y pervivió a pesar de las dificultades que hubo de padecer en esta y otras circunstancias, así el nuevo Pueblo de Dios se mantiene a lo largo de los siglos aunque continuamente haya de afrontar la tarea de superar los obstáculos que se le presenten. «Si no crees en las palabras, cree en las obras. ¿Cuántos tiranos han intentado oprimir a la Iglesia? ¡Cuántos calderos de aceite hirviendo!, ¡cuántos hornos, y dientes de fieras, y espadas afiladas! ¡Y no la han sofocado! ¿Dónde están ahora aquellos que la han combatido? ¿Y dónde está la Iglesia? Brilla más que el sol. La fuerza de aquellos se ha apagado, pero la fuerza de la Iglesia es inmortal. Si cuando los cristianos eran todavía pocos no pudieron vencerlos, ahora que el mundo entero está lleno de fe y religiosidad, ¿tú podrás vencerla? “El cielo pasará pero mis palabras no pasarán”; y es obvio: la Iglesia es más querida por Dios que el mismo cielo. Él no asumió un cuerpo celeste sino un cuerpo eclesial. Por la Iglesia existe el cielo y no la Iglesia por el Cielo» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium 2).

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