COMENTARIO
Aunque el decreto de Ciro iba dirigido a todos los pertenecientes al pueblo de Dios (1,3) residentes en el imperio persa, considerados ya como el «resto» de lo que fue el antiguo Israel (1,4), ahora se habla únicamente de los «cabezas de familia de Judá y Benjamín» (v. 5); precisamente las dos tribus que habían formado el reino del Sur o de Judá. Los deportados a la caída del reino del Norte (cfr 2 R 17,6) han desaparecido del horizonte del autor de manera parecida a como ese reino había sido olvidado por el autor de 1-2 Cro. La reconstrucción del pueblo en la nueva etapa que va a comenzar se basa exclusivamente en lo que fue el reino de Judá, con los sacerdotes y levitas que habían permanecido en el Templo de Jerusalén (2 Cro 29,4), pues para este autor sólo los de Judá eran el verdadero pueblo de Dios, y entre éstos, de manera especial los que corrieron la aventura de la vuelta abandonando su posición en Babilonia.
Es muy posible que Sesbasar, llamado «príncipe de Judá» (v. 8), fuese hijo del rey Yoyaquín (cfr 2 Cro 36,9-10), y el que mantenía el título de rey de Judá, como rey vasallo, cuando Ciro ocupó el trono de Babilonia. Así parece reflejarlo 1 Cro 3,17-18 aunque ahí se le llame Senasar. Él no sólo se hace cargo de los utensilios sagrados robados por Nabucodonosor (cfr 2 Cro 36,10; 2 R 25,14-15), sino que conduce el primer grupo de los que retornaron y pone los cimientos del Templo (cfr 5,15-16). En tal caso tanto él como su sobrino Zorobabel (cfr 1 Cro 3,19), que fue quien guió la siguiente expedición (cfr 2,2), eran de la familia de David. Este hecho no dejaría de tener importancia en aquellos momentos, ya que suponía la continuación de la estirpe de David. Y, sin embargo, el texto de Esdras no da a su condición davídica ningún relieve. Tanto es así que por esta ausencia de datos se ha pensado a veces que Sesbasar y Zorobabel eran la misma persona. En cambio, los profetas Ageo (cfr Ag 2,20-23) y Zacarías (cfr Za 4,6-10) tendrán en cuenta esa condición en el caso de Zorobabel y alimentarán esperanzas mesiánicas. El autor de Esdras se fija en la continuidad que supone el empleo de los mismos objetos de culto.
En la narración del regreso de los deportados, hay elementos que rememoran acontecimientos del Éxodo, no sin dejar de manifiesto un cierto contraste entre ambas situaciones. El primer éxodo comenzó cuando el rey opresor, el faraón, accedió a que los israelitas salieran de su país, obligado por las plagas (cfr Ex 3,12; 7,26; etc.). En cambio, en este segundo éxodo ha bastado el poder de Dios para remover en un instante el espíritu de Ciro. Además, así como los israelitas no salieron de Egipto con las manos vacías, ya que despojaron a sus vecinos de sus objetos de oro y plata (cfr Ex 3,21-22; 12,35-36), así tampoco los deportados regresaron de vacío después de la cautividad, sino que volvieron a Jerusalén cargados de abundantes regalos. Si en el primer éxodo Israel se había constituido como pueblo, el éxodo que se narra ahora es presentado como un nuevo resurgir.
Cuanto aquí se narra ofrece su enseñanza permanente para todos los tiempos. En la Sagrada Escritura se muestran numerosas intervenciones salvíficas de Dios, muchas de ellas narradas de modo espectacular y otras con mayor sobriedad. Dios guía la historia incluso por medio de aquellos que no le reconocen. Aunque cambian las condiciones sociales y políticas en las que se encuentra el pueblo de Dios, éste sigue siendo el mismo; permanece un resto con el que se da un nuevo recomenzar. Esto es aplicable a la Iglesia en su historia: cambian las circunstancias e incluso pueden cambiar las formas de organización, pero la Iglesia sigue siendo siempre la misma que fundó Jesucristo y estableció sobre el fundamento de los Apóstoles.