COMENTARIO

 Esd 2,1-63 

Al principio del libro del Éxodo se enumeraban los hijos de Israel que bajaron a Egipto con Jacob para mostrar que existía continuidad entre la generación que había llegado a ese país en la época de los patriarcas y la generación que salió de allí guiada por Moisés (cfr Ex 1,1-7). Más adelante, en el libro de los Números, se incluyeron dos censos del pueblo en los que se especificaban los miembros de cada linaje: uno en el desierto del Sinaí (Nm 1,1-46 y 3,1-39), y otro en las estepas de Moab a las puertas de la tierra prometida (Nm 26,1-65). Estos censos están situados en dos momentos decisivos: el primero cuando los hijos de Israel se habían constituido en pueblo de Dios mediante la Alianza, y el segundo cuando se preparaban para instalarse en el país que Dios les iba a entregar. En ambos casos era necesario que quedara constancia de las personas y linajes que formaban parte del pueblo.

Ahora, cuando se inicia la reconstrucción de ese mismo pueblo en la tierra que Dios les había entregado y de la que habían sido deportados por los babilonios, también se recoge en un censo quiénes constituyen ese nuevo pueblo. La misma lista aparece en las memorias de Nehemías (Ne 7,6-72) de donde la habría podido tomar el autor de Esdras-Nehemías acomodándola a la situación que describe. Ahora se trata de mantener vivo el recuerdo de los que fueron pioneros en la reconstrucción del pueblo y de mostrar su pertenencia a él. Comienza con once nombres (según Ne 7,7 son doce) que podrían representar simbólicamente a «todo Israel». A continuación se da la lista de los «hombres del pueblo», o laicos (vv. 3-35), según su ascendencia o su lugar de origen, indicando quizá de este modo su distinta relevancia social. Después se da la relación de sacerdotes (vv. 36-39), cuyo elevado número respondería al objetivo primero de la misión, establecer el culto, y de los levitas (v. 40), mucho menos numerosos, puesto que no eran allí tan necesarios para enseñar la Ley. Cantores y porteros (vv. 41-42) tenían asimismo una función importante en el culto; «netineos», que significa «donados», y los «hijos de los siervos de Salomón» (vv. 43-58), descendientes de prisioneros de guerra que habrían abrazado el judaísmo (cfr Nm 31,30.47; Jos 9,19-27; 1 R 9,20-21) ejercían los servicios más humildes.

El dejar constancia de que algunos no pudieron probar su ascendencia judía (vv. 59-63) sirve para resaltar el rigor requerido en este asunto, especialmente si se trataba de personas que figuraban entre los sacerdotes, ya que la participación de estos últimos en los sacrificios comiendo la parte de la víctima correspondiente al sacerdote, haría aquellos actos inválidos e impuros. La solución acerca de la identidad de estas personas sólo podía venir de parte de Dios, cuando un sacerdote mediante las suertes (urim y tummim) llegase a conocerlo.

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