COMENTARIO
El mes séptimo correspondía al primer mes de otoño (15 de septiembre o 15 de octubre), en el que se celebraba la fiesta de los Tabernáculos en recuerdo de la permanencia de los israelitas en el desierto (cfr Lv 23,33-34). Lo más urgente por tanto para los repatriados era restablecer la comunicación con Dios por medio de los sacrificios y especialmente de los prescritos para esa fiesta. De ahí la rápida construcción del altar para actuar como los israelitas tras salir de Egipto (cfr Ex 29,35-46). Se destaca la acción de Josué, el sacerdote, y Zorobabel, el descendiente de David, aunque este último no tiene ahora el relieve que le correspondería, quizá porque cuando se escribe el libro de Esdras ha desaparecido del horizonte la perspectiva de la restauración monárquica. San Beda comenta la prioridad que dieron a la construcción del altar de esta forma: «[los que regresaron de la cautividad] primero, una vez construido el altar, cada día ofrecían por sí mismos holocaustos a Dios, para que así, mejor purificados, fueran dignos de emprender la reconstrucción del Templo. Así sucede también en la edificación espiritual, en la que es absolutamente necesario que el que pretende enseñar, primero se enseñe a sí mismo: quien pretenda instruir al prójimo en el temor o en el amor de Dios, que primero se haga digno del oficio de doctor sirviendo él mismo a Dios con constancia» (In Esdram et Nehemiam 1,3).