COMENTARIO
Las dificultades comienzan cuando los repatriados quieren mantener su identidad judía frente a los que, a su llegada, habitaban la tierra. Éstos, calificados aquí como «enemigos de Judá y Benjamín» (v. 1), eran los que no habían pertenecido al reino de Judá, es decir, aquella población que los asirios habían llevado a Samaría después de la caída del reino del Norte (722 a.C.), y que al caer Jerusalén y ser deportados sus habitantes, habían ocupado asimismo esta región, mezclándose con los judíos que no fueron deportados. Habían aceptado el culto al Señor, Dios de Israel, junto a sus propios cultos, de manera que practicaban una religiosidad sincretista (cfr 2 R 17,24-41). Su participación en la construcción del Templo les hubiera dado derecho a ofrecer allí sacrificios al Dios de Israel comprendiéndolo como un dios local más. Esto no podía ser aceptado en modo alguno por los repatriados. Así comienza el enfrentamiento que pronto deriva en oposición abierta por parte de la gente del país, no sólo a la reconstrucción del Templo, sino a la de la ciudad. En el origen de todo ello hay una causa religiosa: la afirmación judía de la fe en un solo y único Dios, el Dios de Israel, que se ha elegido un pueblo. No se trata por tanto de exclusivismo racial, pues más adelante se dirá que también las gentes del país que se habían apartado de la idolatría celebraron la Pascua con los judíos (cfr 6,21).