COMENTARIO
En la narración del regreso de los deportados se rememoran acontecimientos que guardan cierto paralelismo con los relatados en el Éxodo. Uno de ellos es la celebración de la Pascua. Sin embargo, el contexto y el significado de esa celebración tiene sus propios matices en cada caso.
En el Éxodo la Pascua se celebró antes de partir, como preparación para esa gran intervención salvadora que Dios habría de realizar en favor de su pueblo. Aquí la Pascua se sitúa como punto final y ratificación del agradecimiento a Dios, que les ha permitido regresar de Babilonia, reconstruir el Templo y recomenzar la vida ordinaria en la tierra que les había prometido. Conviene observar que junto a los que volvieron del destierro también comen la Pascua algunas «gentes del país» (v. 21).
La Pascua es la gran fiesta de la acción liberadora de Dios, que no queda en el pasado como simple recuerdo de la salida de Egipto, sino que se actualiza de diversos modos en las cambiantes circunstancias históricas de la vida del pueblo. La celebración de la Pascua es memorial de lo que ya ha pasado pero que se actualiza cada vez que se celebra. Se va preparando así el camino que permite entender el sentido del misterio pascual de Jesús, la gran intervención salvadora de Dios a favor del género humano, que llevaría a su plenitud las antiguas celebraciones pascuales. También hoy cada vez que se celebra el memorial del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la Eucaristía se actualiza su acción salvífica.