COMENTARIO

 Esd 7,1-10,44 

Las autoridades persas fueron bastante tolerantes con las leyes y costumbres tradicionales de los pueblos que les estaban sometidos. De este modo se ganaban su respeto. Así como Ciro había permitido el regreso de los deportados para que reconstruyeran el Templo, Artajerjes envió a Esdras, que era experto en la Ley que el Señor Dios de Israel había entregado a Moisés, para que la hiciera cumplir en Jerusalén y sus alrededores. No se sabe con certeza si se trata de Artajerjes I (465-425 a.C.) o Artajerjes II (405-359 a.C.), aunque, según apuntan los datos conocidos, fue con mayor probabilidad Artajerjes II (cfr Introducción).

La segunda parte del libro de Esdras narra lo sucedido en el cumplimiento de esa misión. La mayor parte de su contenido probablemente procede de un documento conocido como las «memorias de Esdras» (que, además de lo recogido aquí, también incluiría Ne 8). En ellas, Esdras habría consignado un informe dirigido a las autoridades imperiales persas, sobre cómo había realizado la misión que le asignaron.

Las «memorias de Esdras» comienzan exponiendo la misión que le fue encomendada y reproducen el documento, redactado en arameo, por el que Artajerjes le entregaba todos los poderes necesarios para llevarla a cabo (7,11-26). Después se describe la comitiva que Esdras formó para que le acompañase hasta Jerusalén, la preparación material y espiritual para esa marcha, y su camino hasta llegar a la Ciudad Santa (8,1-36). Una vez allí, el problema que más preocupó a Esdras fue la relajación en el cumplimento de algunas disposiciones que servían para salvaguardar la identidad del pueblo, como eran las que prohibían los matrimonios con extranjeros y el dar culto a sus dioses. Ante la gravedad de la situación, Esdras se dirigió a Dios entonando una plegaria penitencial en la que reconoció las culpas del pueblo (9,1-15). Por último se pusieron los medios para arreglar aquella situación (10,1-44).

En el plan redaccional conjunto de los libros de Esdras y Nehemías, esta sección tiene gran importancia. Como ya se dijo, los deportados se habían ocupado primero de lo que se refería a Dios, y habían comenzado por reconstruir el Templo (1,1-6,22). Terminadas las obras y restablecido el culto, había llegado el momento de poner en orden las propias vidas de acuerdo con la Ley de Dios. Sobre estos aspectos tratan fundamentalmente los capítulos que siguen.

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