COMENTARIO
Desde este momento hasta el final del capítulo 9 hay cambio de narrador. Ahora es Esdras quien comienza a hablar en primera persona. Al reconocer lo que Dios ha hecho en el corazón del rey, exclama lleno de júbilo: «¡Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres!». Como buen israelita, al constatar los beneficios de Dios con él y su pueblo, bendice al Señor, reconociendo que Dios, fuente de toda bendición, una vez más ha obrado maravillas. También Jesús, de quien Esdras es figura, enseñó a reconocer y agradecer los beneficios de Dios. Él mismo, por ejemplo, en el llamado «himno de júbilo» (Mt 11,25-27) alaba al Padre en agradecimiento por la acogida que tiene la Palabra de Dios entre los humildes: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…». Después, los Apóstoles, a imitación de su Maestro, proclamarán con gozo por los grandes bienes que Dios nos ha obtenido «en Cristo»: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos!» (Ef 1,3). La bendición se convierte así en una bella forma de oración. «La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquél que es la fuente de toda bendición. Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo, desciende del Padre (es Él quien nos bendice)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2626-2627).