COMENTARIO
El empeño manifestado por Esdras y los que habían venido en la primera expedición por cumplir y hacer cumplir la Ley sobre los matrimonios mixtos (cfr 10,5-44) no pretende inculcar una actitud aislacionista ni xenófoba, sino que hace entender que el pueblo de Israel es un pueblo santo, depositario de una Ley y unas promesas de Dios. Por este motivo debe conservar su propia identidad, que está ligada a su fidelidad al Señor. Para salvaguardarla y defenderse del peligro de idolatría era conveniente que mantuviera un cierto distanciamiento en la relación con sus vecinos, aunque esto creara no pocas dificultades, como lo reflejan los vv. 12-17. Este texto sagrado expresa la importancia de poner los medios para proteger los dones recibidos de Dios y permanecer fieles. No obstante, había también posturas que reflejaban una actitud más abierta. De hecho, el libro de Rut, compuesto también en esta época, nos habla de la historia de una mujer de Moab que se casó con un israelita, y tras convertirse al Dios de Israel, llegó a ser nada menos que la bisabuela del Rey David.
En el Nuevo Testamento y en la práctica de la Iglesia siempre se han tenido presentes los riesgos de los matrimonios mixtos o de disparidad de cultos, al tiempo que se ve en ellos un camino para acercar a los cónyuges a la verdadera fe: «La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas. Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1634).