COMENTARIO
Comienza a dibujarse uno de los contendientes en la batalla a la que aludía el sueño de Mardoqueo (1,1c-1f). Se trata de un reino con un gran poderío humano. Se describe el más amplio escenario geográfico de todo el Antiguo Testamento: desde la India hasta Etiopía, más allá del Alto Egipto. El número de ciento veintisiete provincias testimonia su gran extensión (doce por diez, más siete, números todos ellos de plenitud). Su riqueza también parece inconmensurable a juzgar por la calidad y duración del banquete organizado por quien lo gobierna, así como por la cantidad de invitados, la riqueza del palacio, el lujo de las vajillas y la abundancia de bebida.
El rey de tan fastuoso reino es Asuero (Jerjes), un monarca caprichoso y temible. Llegada la fiesta a su plenitud, la fantasía del rey se enciende por la abundancia del vino y manda llamar a su esposa Vasti, para mostrar su belleza a los invitados. Cuando la reina se niega a comparecer Asuero se enfurece. Tanto sus reacciones como las sugerencias de sus consejeros manifiestan costumbres muy rudimentarias y un marco legal muy poco flexible. La petición del rey refleja la superficialidad y las veleidades de un potentado caprichoso (v. 11). El consejo de sus asesores no apunta a buscar la verdad de las cosas, sino a dejar patente su prepotencia y su sumisión al monarca.
Tal es la descripción del primer contendiente: terrible, sumamente poderoso y arbitrario, muy peligroso para hacerle frente.