COMENTARIO
En medio de esa nación poderosa habitan gentes de un pueblo humilde y oprimido: los judíos que habían sido deportados de su tierra y vivían lejos de ella, dispersos por las provincias del gran reino. Y en ese pueblo hay una muchacha que no tiene ni puede nada: Ester, huérfana de padre y madre, educada por su tío Mardoqueo. Tiene en su sencillez el esplendor y la belleza del agua que brota entre las rocas. Ella es la «pequeña fuente» de la que hablaba el sueño (1,1h).
El contraste entre el poderío del gran reino y la desprotección de los judíos es muy fuerte. Son dos contendientes que nunca podrían entablar un combate equilibrado si se atiende a los recursos de unos y otros. Sin embargo detrás de los judíos, en su humildad, hay algo (que todavía no se explicita en el relato) que les hace encontrar el favor de las gentes. De este modo Ester, que renunció a pedir nada del monarca cuando fue llamada a su presencia, le cayó en gracia al rey y fue honrada con la diadema real.
Los nombres de Ester y Mardoqueo no son hebreos sino babilónicos, relacionados con los dioses Istar y Marduc. Tener nombres extranjeros era algo habitual entre los judíos de la diáspora (cfr Dn 1,7). Además de esos nombres solían tener otro nombre judío. Ester se llama también Hadasá (v. 7), palabra hebrea que significa «mirto, arbusto».