COMENTARIO
Comienza el combate (1,1e). Amán convenció al rey para que le otorgara un poder total, con intención de exterminar al pueblo que aborrecía. Se cursó a los gobernadores de todas las provincias una carta por la que se decretaba que todos los judíos debían ser exterminados el mismo día. La fecha fue fijada por sorteo: el día trece del mes de Adar. Aparece así en el horizonte el significado de lo que el sueño había anunciado: «Todas las naciones se reunieron en un día de tinieblas y oscuridad» (1,1e-1f).
La discrepancia sobre la fecha en el v. 13f obedece probablemente a la compleja transmisión textual que ha tenido el libro, quizá también por influencia de lo narrado en 9,18.
Los argumentos esgrimidos para justificar el genocidio coinciden con los de otros libros de la época en que se escribe éste, como Daniel, Judit, Sabiduría: los judíos son un pueblo que vive diseminado entre las gentes, con costumbres diferentes (vv. 8 y 13d; cfr Dn 3,10-12; Sb 2,13-15). Sin embargo, lo que a sus enemigos parece reprobable es motivo de orgullo para el pueblo elegido: su singularidad es consecuencia de haberse mantenido fieles a Dios y a su Ley, sin miedo a ser señalados como extraños por no amoldarse a los modos de hacer de la mayoría (cfr nota a Nm 15,37-41). Las motivaciones de sus enemigos no difieren mucho de los prejuicios antisemitas surgidos en numerosas ocasiones a lo largo de la historia hasta épocas recientes: «La Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los Judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los Judíos» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4).
Se advierte en el texto el contraste entre la confusión y dolor que la noticia provoca en los judíos, con la despreocupación de sus enemigos que continúan con sus banquetes y excesos en el palacio real (v. 15a). La historia de la salvación mostrará cómo se avanzará hasta hacer realidad las bienaventuranzas e imprecaciones que proclamaría nuestro Señor: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,21), pero «¡ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!» (Lc 6,25).