COMENTARIO
Mardoqueo, al conocer la noticia de la desgracia que se cernía sobre él y su pueblo, hizo penitencia y a la vez ejercitó su iniciativa para buscar soluciones al problema. Para eso recurrió a Ester. Hizo valer su autoridad moral para que la joven accediese a asumir esa misión: le hace reflexionar sobre la responsabilidad de estar en un puesto influyente (vv. 12-14). Una persona que no pudiese hacer nada podría desentenderse de intervenir directamente en una cuestión tan delicada, pero ella, que tenía al menos una posibilidad de terciar ante el rey para impedir esa injusticia, no podía inhibirse. La petición de Mardoqueo a Ester es una invitación a muchas personas con posibilidades de influir en la vida pública para que intervengan en defensa del bien común. «Es de esperar que todos aquéllos que, en una u otra medida, son responsables de una “vida más humana” para sus semejantes —estén inspirados o no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas, y con la naturaleza, y ello en función de unos valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres”, según la feliz expresión de la Encíclica Populorum Progressio» (S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 38).
La petición de Mardoqueo a Ester suponía arriesgar la propia vida para intentar salvar la de todo su pueblo. Ella accedió, poniendo toda su confianza en Dios. Por eso, antes de que llegase el momento de presentarse ante el rey, discurrió sobre el mejor modo de hacerlo, rezó, ayunó e hizo penitencia, y pidió a los demás que con sus ayunos intercedieran por ella ante el Señor.