COMENTARIO
La lucha del pueblo de Dios por defenderse de sus adversarios, personificados en Amán, llega a su punto decisivo. Ester tenía perfectamente preparados su banquete y su estrategia: llega el momento de presentar al rey su petición y desenmascarar a su enemigo. Lo hace con tal convicción que el rey cae en la cuenta de la maldad de Amán, y lo condena a muerte.
La justicia se acaba imponiendo, y el que había maquinado planes siniestros para dar muerte humillante a Mardoqueo es colgado en la misma horca que le había preparado. Se cumplen así las palabras del Salmo: «Los impíos perecerán; los enemigos del Señor se marchitarán como el lustre de los prados, se desvanecerán como el humo» (Sal 37,20).