COMENTARIO
El sumo sacerdote Alcimo pretende derribar el muro del Templo que separaba el patio de los gentiles del atrio de los judíos para anular así las diferencias entre judíos y gentiles, atentando de esta forma contra la identidad religiosa de los israelitas, en cuanto adoradores del verdadero y único Dios, por la que tanto habían luchado los profetas (v. 54; cfr 1 R 18,1-15; etc.). La enfermedad y muerte de Alcimo, que detienen aquella operación, tienen el carácter implícito de castigo divino (vv. 55-56).
La asimilación a los gentiles que pretendía Alcimo no era el camino para lograr la unidad de los judíos y gentiles en un solo pueblo. Aún no había llegado el momento elegido por Dios. Esa unidad llegará como don de Dios en el tiempo elegido por Él, y no mediante la infidelidad a la Ley o mediante el rechazo de la identidad religiosa del pueblo, sino al contrario, mediante la obediencia suprema a la voluntad divina por parte de Jesucristo en la Cruz, y mediante el reconocimiento de Dios como Padre de todos los hombres. Así nacerá el nuevo Israel formado por judíos y gentiles. En este sentido, y utilizando la imagen del muro del Templo, escribirá San Pablo: «En efecto, él (Cristo) es nuestra paz: el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad, anulando en su carne la ley decretada en los mandamientos. De ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2,14-16).
A la muerte de Alcimo siguieron dos años de paz (159-157 a.C.); paz que, una vez más, terminó por culpa de los judíos traidores a la Ley (vv. 58-59). Pero en esta ocasión Jonatán y los suyos vencen a Báquides en Bet-Basí, cerca de Belén, gracias a la pericia militar de Jonatán que abandona la ciudad para atacar a tribus árabes partidarias de Báquides (vv. 65-66) y facilita la victoria de Simón (vv. 67-68). Jonatán ofrece la paz a Báquides y se instala en Micmás, a unos 12 km al noroeste de Jerusalén, suficientemente lejos de la Ciudadela donde todavía seguían los sirios.