COMENTARIO

 1 M 12,1-23 

Sobre el tratado con los romanos véase 8,1-32. La mención del tratado con los espartanos tiene ante todo la finalidad de presentar a Jonatán como un jefe de estado con relieve internacional. Se trataría en todo caso de un tratado de mutua ayuda, teniendo como telón de fondo la vieja enemistad entre Esparta y Atenas. Esparta podría aparecer como símbolo del enfrentamiento al expansionismo griego contra el que luchaban los Macabeos. La alusión a la carta de Areio a Onías I (vv. 7-8) y el contenido de esa carta (vv. 20-23) parecen más bien un recurso diplomático de Jonatán o del autor de 1 M. No es verosímil que hacia el año 300 a.C. —época de Onías I— y movidos por el conocimiento de su afinidad racial (vv. 20-21), los espartanos se interesasen por Judea, sometida por entonces a los Lágidas de Egipto. Sin embargo, la carta de Jonatán a los espartanos sirve para poner de relieve los verdaderos apoyos que dan fuerza a Israel: las escrituras santas (v. 9) y la ayuda del cielo (v. 15). No se dice cuáles eran esas escrituras santas, pero a la luz de 3,48; 2 M 2,13-14; 8,23 podemos entender que se trata de la Ley y los Profetas cuyos libros tenían carácter sagrado.

En la carta de los espartanos —ficticia o auténtica— hay una intención que, si bien oscura y en este contexto infundada, apunta a lo que será una gozosa e impresionante realidad en un tiempo posterior, cuando Dios cumpla sus promesas por medio de Jesucristo. En efecto, entonces no sólo los espartanos sino gentes de todos los pueblos llegarán a ser hijos de Abrahán por la fe en Jesucristo: «Por tanto, daos cuenta de que quienes viven de la fe, ésos son hijos de Abrahán. La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano a Abrahán: En ti serán bendecidas todas las naciones. Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con el fiel Abrahán» (Ga 3,7-9; cfr Rm 4,18-25).

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