COMENTARIO
Antes, el autor de 1 M elogiaba por su cuenta a Simón (cfr 14,1-15); ahora quiere dejar constancia del elogio y aceptación de Simón por parte del pueblo. Todo va orientado a resaltar la dinastía asmonea, que comienza propiamente con Simón y su hijo Juan Hircano, y a presentar como su carta constitucional. Es curioso que no se mencione a Judas Macabeo, y que se haga alusión a Jonatán sólo en cuanto predecesor de Simón (v. 30).
La fecha de la inscripción corresponde a septiembre del 140 a.C., y el lugar en el que se toma la decisión, Asaramel, parece ser el atrio exterior del Templo. En aquella asamblea está representada toda la estructura social del pueblo (v. 28). Del contenido de la inscripción cabe destacar —además de los temas ya presentes en el elogio anterior (cfr 14,1-15)— la generosidad de Simón para hacer posible la guerra (v. 32), su elección como sumo sacerdote y jefe por el pueblo viendo su fidelidad a la Ley (v. 35), incluso antes de ser confirmado como tal por el rey sirio (v. 38), y su indiscutible autoridad (vv. 43-44).
En el v. 41 queda reflejada, con todo, la provisionalidad de la jefatura de Simón y de sus descendientes, los asmoneos, que durará hasta que surja un profeta fiel. Sin duda este dato supone el recuerdo de tiempos antiguos cuando los profetas designaban y ungían a los reyes, como Samuel a David (cfr 1 S 16,1-13); pero incluye al mismo tiempo la esperanza de un ungido del Señor, un Mesías, que estará por encima de la dinastía asmonea. Para los cristianos, ese Mesías ungido por el Espíritu de Dios y presentado por un profeta como Elías, cuya figura se asocia en los evangelios con Juan Bautista (cfr Mt 3,13-17; 17,3-13), es Jesucristo, con quien se cumplen las esperanzas de Israel.