COMENTARIO
Se trata ahora de una carta oficial enviada por las autoridades de Jerusalén y por el mismo Judas Macabeo (v. 10) a Aristóbulo, un filósofo judío de Alejandría que escribió un libro dedicado a Tolomeo VI (180-145 a.C.). Aunque la carta no lleva fecha, deja entrever que ha sido escrita justo antes de celebrarse en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del año 164 a.C. El contenido de la carta es complejo y los datos que ofrece sobre la muerte de Antíoco IV (vv. 13-16) no coinciden con los que aparecen luego en 9,1-17 o en 1 M 6. Sin embargo, ese desajuste no parece importar mucho al autor de 2 M, pues lo que intenta al introducir la carta en la obra es recordar que los judíos de Egipto recibieron la invitación a celebrar la fiesta.
La carta da noticia, en primer lugar, de la muerte de Antíoco IV —confundiéndola quizá con la de Antíoco III— y después pasa a justificar la legitimidad del culto que se ha restablecido en Jerusalén narrando cómo, a la vuelta del destierro, Dios dio señales, mediante un fuego milagroso, de que aceptaba el sacrificio de Nehemías (vv. 18-36). Lo mismo había sucedido con los sacrificios de Moisés (cfr Lv 9,24), de Salomón (cfr 2 Cro 7,1), y de Elías (cfr 1 R 18,20-30), consumidos por un fuego milagroso. En este fuego San Ambrosio ve una figura del Espíritu Santo y alaba la fe, la esperanza y la piedad de aquellos sacerdotes que lo escondieron: «No fue su preocupación enterrar el oro o esconder la plata para sus sucesores, sino que con un pensamiento de honestidad, aun en medio de su situación desesperada, juzgaron que debían conservar el fuego para que los impíos no lo contaminaran, ni la sangre de los muertos lo extinguiera, ni la masa horrenda de las ruinas lo sofocara. Fueron pues a Persia libres, sólo con su religión porque sólo ésta no podían arrancársela con la esclavitud» (S. Ambrosio, De officiis 3,17,99-100).
La carta recoge asimismo datos de tradición popular, como la ocultación del Arca y del altar por Jeremías (2,5-8). El autor sagrado no juzga la veracidad de estos hechos, sino que los rememora para expresar la esperanza en una intervención definitiva de Dios que congregue a su pueblo desde todas las naciones de la tierra en las que estaba disperso. Para el autor de la carta, el hecho de haber recuperado el Templo y de celebrar la fiesta de la Dedicación es ya un signo de que Dios va a llevar pronto a cabo esa intervención salvífica (2,16-18). Leída desde una perspectiva cristiana la carta contiene un anuncio de la unidad de la Iglesia, en la que es reunido el nuevo pueblo de Dios.