12 M1Los hermanos judíos que residen en Jerusalén y en la región de Judea saludan a los hermanos judíos que están en Egipto, deseándoles paz y prosperidad. 2Que Dios los colme de bienes y se acuerde de la alianza que hizo con Abrahán, Isaac y Jacob, sus siervos fieles. 3Que les infunda a todos ustedes decisión para rendirle culto y cumplir su voluntad con todo el corazón y ánimo bien dispuesto. 4Que abra sus corazones a su Ley y a sus mandatos y les otorgue la paz. 5Que escuche sus oraciones, se reconcilie con ustedes y no los abandone en tiempo de desgracia. 6También aquí estamos ahora orando por ustedes.
7Reinando Demetrio, el año ciento sesenta y nueve, nosotros, los judíos, les escribíamos que, estando en la tribulación y en la desgracia que nos sobrevino en aquellos años —desde que Jasón y los suyos traicionaron la tierra santa y el reino, 8prendieron fuego a la puerta y derramaron sangre inocente—, suplicamos al Señor y fuimos escuchados, por lo que ofrecimos sacrificios y flor de harina, encendimos las lámparas y presentamos los panes.
9Ahora les escribimos para que celebren los días de las Tiendas del mes de Kisleu. Es el año ciento ochenta y ocho.
10Los que residen en Jerusalén y en Judea, el consejo de ancianos y Judas, saludan y desean bienestar a Aristóbulo, preceptor del rey Tolomeo y descendiente de la estirpe de los sacerdotes ungidos, y a los judíos que están en Egipto. 11Salvados por Dios de grandes peligros, le damos gracias intensamente porque hemos podido combatir contra el rey, 12pues Él mismo ha dispersado a los que atacaban la ciudad santa.
13Cuando el general y los suyos, que parecían ser una fuerza invencible, llegaron a Persia, fueron destrozados en el templo de Nanea mediante un engaño empleado por los sacerdotes de Nanea. 14En efecto, Antíoco, acompañado de sus amigos, fue al Templo a desposarse con la diosa con el propósito de recibir las inmensas riquezas en concepto de dote. 15Los sacerdotes de Nanea las habían expuesto y aquél entró con unos pocos al recinto del Santuario. Entonces cerraron el Templo tras haber entrado Antíoco, 16y, abriendo una puerta oculta en el techo, arrojaron piedras y los aplastaron junto con su jefe; luego los descuartizaron y arrancándoles la cabeza, se las arrojaron a los de fuera. 17Bendito sea por todo nuestro Dios que entregó a los que habían obrado impíamente.
18Como vamos a celebrar la purificación del Templo el día veinticinco de Kisleu, hemos considerado conveniente comunicárselo, para que también ustedes celebren la fiesta de los Tabernáculos y el rito del fuego, como cuando Nehemías ofreció sacrificios tras haber edificado el Templo y el altar. 19Pues cuando nuestros padres fueron conducidos a Persia, los que entonces eran sacerdotes piadosos tomaron fuego del altar y lo escondieron secretamente en el interior de un pozo que se encontraba seco, y allí lo guardaron de tal modo que el lugar permaneció desconocido para todos. 20Pasados muchos años, cuando Dios quiso, Nehemías, que había sido enviado por el rey de Persia, mandó a buscar el fuego a los descendientes de los sacerdotes que lo habían escondido. 21Según nos contaron, ellos no encontraron el fuego, sino un líquido espeso, y aquél ordenó que lo sacaran y se lo llevaran. Cuando trajeron las ofrendas de los sacrificios, Nehemías ordenó a los sacerdotes rociar con el líquido la leña y lo que había encima. 22Hecho esto, y pasado un tiempo, cuando comenzó a brillar el sol, pues antes estaba nublado, se encendió una gran hoguera, de modo que todos se maravillaron. 23Los sacerdotes hicieron oración mientras se consumía el sacrificio; y con los sacerdotes todos los demás, pues entonaba Jonatán, y los demás respondían a coro junto con Nehemías.
«Señor, Señor Dios, creador de todas las cosas, terrible, fuerte, justo y misericordioso, el único rey y benefactor, 25el único que da, el único justo, todopoderoso y eterno, el que salva a Israel de todo mal, el que constituyó a nuestros padres en elegidos y los santificó, 26acepta el sacrificio por todo tu pueblo Israel, protege tu heredad y santifícala. 27Congrega a nuestros dispersados, libera a los esclavizados entre los gentiles, fíjate en los que son despreciados y rechazados, y que conozcan los gentiles que Tú eres nuestro Dios. 28Aflige a los opresores y a los que nos maltratan con orgullo. 29Establece a tu pueblo en tu lugar santo, como dijo Moisés».
30Después los sacerdotes entonaban los himnos. 31Cuando se hubo consumido el sacrificio, Nehemías ordenó derramar el líquido sobrante sobre unas piedras grandes. 32Tras hacerlo, se encendió una llamarada, pero fue extinguida por la luz que brillaba enfrente procedente del altar. 33Cuando este hecho se hizo notorio, y le fue contado al rey de los persas que en el lugar en que los sacerdotes desterrados habían escondido el fuego había aparecido el líquido con el que los acompañantes de Nehemías habían purificado las ofrendas del sacrificio, 34el rey, habiendo comprobado el hecho, puso una cerca y declaró aquel lugar sagrado.
35El rey recibía muchos dones de aquellos a los que favorecía, y a su vez los repartía entre ellos. 36Los compañeros de Nehemías llamaron a aquel lugar Neftar, que significa «purificación»; pero muchos lo llaman «Nafta».
22 M1Se encuentra escrito en los archivos que el profeta Jeremías ordenó a los deportados recoger el fuego, como ya se ha indicado; 2y que el mismo profeta, dándoles la Ley, les advirtió que no se olvidaran de los mandamientos del Señor, ni se extraviasen en sus pensamientos al ver imágenes de oro y plata y los adornos que las rodeaban; 3y que, diciéndoles otras cosas parecidas, les exhortaba a no apartar la Ley de sus corazones.
4Se decía también en el escrito que el profeta, habiendo recibido un oráculo, ordenó que le siguieran con la tienda y el arca, y que salió hacia el monte al que Moisés había subido y desde el que había contemplado la heredad del Señor. 5Cuando llegó allí, Jeremías encontró una cueva habitable, en la que depositó la tienda, el arca y el altar del incienso, tapando después la entrada. 6Algunos de los que le acompañaban volvieron para señalar el camino, pero no pudieron encontrar la cueva. 7Cuando se enteró Jeremías, les reprendió y les dijo:
—Este lugar permanecerá desconocido hasta que Dios congregue la totalidad del pueblo y vuelva a ser misericordioso. 8Entonces el Señor mostrará estas cosas y aparecerá la gloria del Señor, y la nube, como se manifestó sobre Moisés, y como cuando Salomón oró para que el Templo fuera solemnemente santificado.
9Se narraba también que éste, lleno de sabiduría, ofreció un sacrificio con motivo de la dedicación y terminación del Templo. 10Y que del mismo modo que Moisés oró al Señor y bajó un fuego del cielo que consumió la ofrenda del sacrificio, así también Salomón oró, y el fuego bajó y devoró el holocausto. 11Moisés había dicho: «Puesto que no ha sido comido el sacrificio por el pecado, que sea consumido». 12Del mismo modo también Salomón celebró los ocho días.
13En los archivos y memorias de Nehemías se relataba esto mismo y cómo éste construyó una biblioteca y reunió los libros de los reyes, de los profetas, de David, junto con las cartas de los reyes acerca de las ofrendas. 14De igual modo, Judas ha reunido todos los libros que se habían perdido a causa de la guerra que sufrimos, y ahora están en nuestro poder. 15Si tienen necesidad de ellos, envien a alguien que se los lleve.
16Estando a punto de celebrar la purificación, les hemos escrito que harán bien si celebran esos días. 17Dios es quien ha salvado a todo su pueblo y ha dado a todos la herencia, el reino, el sacerdocio y la santificación 18tal como había prometido mediante la Ley. Esperamos por tanto en Dios, que pronto se apiadará de nosotros y nos reunirá en el lugar santo desde cualquier parte de debajo del cielo, pues nos ha salvado de grandes males y ha purificado el Templo».
19Lo concerniente a Judas Macabeo y a sus hermanos, a la purificación del gran Templo y a la dedicación del altar, 20a las guerras contra Antíoco Epífanes y su hijo Eupátor, 21y a las manifestaciones venidas del cielo sobre los que generosamente realizaron hazañas en favor del judaísmo, —hasta el punto de adueñarse, siendo pocos, de toda la región, y de perseguir a la multitud bárbara, 22recuperar el Templo famoso en todo el mundo, liberar la ciudad y restablecer las leyes que estaban a punto de desaparecer, siéndoles propicio el Señor con toda clemencia—, 23todo esto ha sido expuesto en cinco libros por Jasón de Cirene, y nosotros intentaremos resumirlo en un solo volumen.
24Considerando la enorme cantidad de números, y la dificultad que encuentran quienes quieren adentrarse en las explicaciones de la historia a causa de la amplitud de la materia, 25hemos preferido proporcionar deleite a los que deseen leer, facilidad a quienes quieran aprender de memoria y utilidad a todos los lectores. 26Para nosotros que nos hemos propuesto la dura tarea de hacer el resumen, no ha sido algo fácil, sino una empresa llena de esfuerzo y vigilias. 27Igual que al que prepara un banquete y busca el agrado de los demás no le resulta fácil, así nosotros soportaremos con gusto la dura tarea, 28dejando para el historiador la exactitud de cada detalle, y esforzándonos en seguir las reglas de un resumen. 29E igual que el arquitecto de una nueva casa se ha de preocupar de toda la estructura, mientras que el que se encarga de decorar y de pintar ha de buscar lo necesario para la ornamentación, lo mismo pienso que nos sucede a nosotros. 30Entrar en profundidades, hacer un recorrido por los argumentos, e investigar los detalles particulares, pertenece al autor de la historia; 31en cambio, buscar la brevedad de la exposición y prescindir del desarrollo detallado de los hechos, es algo que se ha de permitir al que hace una síntesis. 32Comencemos, pues, de inmediato, la narración, aplicando eso mismo a lo que venimos diciendo, porque sería absurdo dar amplitud a la introducción a la historia y resumir en cambio la historia misma.
32 M1Cuando la ciudad santa vivía completamente en paz y se observaban lo más perfectamente posible las leyes, debido a la piedad y a la aversión al mal del sumo sacerdote Onías, 2sucedía que los mismos reyes honraban el Templo y enriquecían el Santuario con los más espléndidos regalos. 3Incluso Seleuco, rey de Asia, sufragaba con sus propios ingresos todos los gastos relativos al servicio de los sacrificios.
4Pero cierto Simón, de la tribu de Benjamín, que había sido constituido prefecto del Templo, se opuso al sumo sacerdote en lo concerniente a la regulación del mercado de la ciudad. 5No pudiendo imponerse a Onías, fue a Apolonio, hijo de Tráseas, en aquel tiempo jefe militar de Celesiria y Fenicia, 6y le informó de que el tesoro del Templo de Jerusalén estaba lleno de inenarrables riquezas, hasta el punto de que la cantidad de dinero era incalculable, y que además no estaba vinculado a las cuentas de los sacrificios, sino que era posible ponerlo bajo la potestad del rey.
7Cuando Apolonio se entrevistó con el rey, le informó sobre aquellas inenarrables riquezas. Éste delegó en Heliodoro, que estaba al frente de los negocios, y le envió dándole órdenes de hacer el traslado de las mencionadas riquezas. 8Heliodoro emprendió inmediatamente el viaje, en apariencia para inspeccionar las ciudades de Celesiria y Fenicia, pero en realidad para llevar a cabo el proyecto del rey. 9Llegado a Jerusalén y recibido amistosamente por el sumo sacerdote de la ciudad, expuso la información que tenía y explicó para qué estaba allí; quería averiguar si las cosas eran de verdad así.
10El sumo sacerdote explicó que eran depósitos de viudas y huérfanos, 11y que una cierta parte era de Hircano, hijo de Tobías, hombre de posición muy eminente, de forma que el impío Simón estaba induciendo a error, pues en total había cuatrocientos talentos de plata y doscientos de oro. 12Adujo además que perjudicar a quienes habían confiado en la santidad del Templo, y en la dignidad e inviolabilidad del Santuario venerado en todo el mundo, sería algo completamente inconcebible.
13Pero Heliodoro, según las órdenes que tenía del rey, decía que, en cualquier caso, eso había de ser llevado al tesoro real. 14Y habiendo fijado un día, entró para organizar la inspección de todo aquello. En toda la ciudad había una angustia no pequeña. 15Los sacerdotes revestidos con las vestiduras sacerdotales se postraron ante el altar y pedían al cielo, al que había legislado acerca del depósito, que conservara esas cosas a salvo para quienes las habían depositado. 16A quien veía el aspecto del sumo sacerdote se le abatía el ánimo pues su rostro con el color demudado reflejaba la angustia de su alma, 17ya que le había invadido a aquel hombre tal temor y temblor de cuerpo, que hacían patente a quienes lo miraban el dolor que inundaba su corazón. 18Algunos salían atropelladamente de sus casas para hacer rogativas públicas, porque el Templo iba a ser objeto de oprobio. 19Las mujeres, ceñidas de saco de los pechos para abajo, afluían en multitud por los caminos. Las jóvenes que estaban recluidas, unas corrían a las puertas, otras a los muros, y algunas se asomaban a las ventanas; 20todas levantaban las manos hacia el cielo y hacían rogativas. 21Tanto la postración de aquella multitud entremezclada, como la excitación del sumo sacerdote lleno de angustia, movían a compasión, 22pues ellos suplicaban al Señor todopoderoso que mantuviese los depósitos a salvo, con toda seguridad, para quienes los habían confiado.
23Heliodoro, por su parte, llevaba a cabo lo que había sido dispuesto. 24Y allí mismo, estando él con su escolta junto al tesoro, el Soberano de los espíritus y de toda potestad realizó una manifestación tan grande que todos los que se habían atrevido a acompañarle, despavoridos por el poder de Dios, se volvieron débiles y cobardes. 25Pues se les apareció un caballo montado por un terrible jinete y enjaezado con un bellísimo arnés. El caballo levantó con furia contra Heliodoro sus patas delanteras, y el que lo montaba dejó ver que llevaba una armadura de oro. 26Se le aparecieron también dos jóvenes de impresionante fuerza, bellísimos de apariencia y magníficamente vestidos, que colocándose a ambos lados le azotaban sin cesar causándole múltiples heridas. 27De pronto cayó al suelo rodeado de profunda oscuridad; lo recogieron y lo colocaron en una camilla. 28A aquel que había entrado poco antes al mencionado tesoro del Templo con un gran séquito y toda su escolta, lo llevaban reducido a no poder valerse por sí mismo mientras reconocía públicamente el poder de Dios. 29Yacía mudo ante la fuerza divina y privado de toda esperanza de salvación. 30Entretanto los otros bendecían al Señor que había glorificado su lugar santo. El Templo que poco antes estaba lleno de terror y de confusión, al manifestarse el Señor todopoderoso, rebosó de alegría y de gozo.
31Enseguida algunos acompañantes de Heliodoro le rogaron a Onías que invocara al Altísimo para que conservara la vida del que estaba realmente en su último aliento. 32El sumo sacerdote, temiendo que el rey llegara a la conclusión de que los judíos habían perpetrado algún mal contra Heliodoro, ofreció un sacrificio por la salud de aquel hombre. 33Y mientras el sumo sacerdote hacía el sacrificio de expiación, aquellos mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria, se aparecieron de nuevo a Heliodoro, y permaneciendo en pie le dijeron:
—Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías porque por él el Señor te conserva la vida; 34y tú, que has recibido este azote del cielo, anuncia a todos la grandeza del poder de Dios.
Y tras decirle esto desaparecieron.
35Heliodoro, después de ofrecer un sacrificio al Señor y haber hecho los más grandes votos al que le había mantenido con vida, y después de expresar su reconocimiento a Onías, se volvió con su ejército junto al rey. 36A todos daba testimonio de las obras del Dios Supremo que había contemplado con sus ojos. 37Cuando el rey preguntó a Heliodoro qué clase de hombre sería apto para ser enviado de nuevo a Jerusalén, él le respondió:
38—Si tienes algún enemigo o hay algún conspirador del gobierno, envíale allí y lo recibirás azotado si es que sobrevive, porque ciertamente hay una fuerza divina alrededor del Templo. 39Pues el que tiene su morada en el cielo es quien cuida y ayuda a aquel Templo, y destruye, golpeándoles, a cuantos se acercan para causarle mal.
40Así sucedieron las cosas respecto a Heliodoro y la preservación del tesoro del Templo.
42 M1El ya mencionado Simón, que se había hecho delator de las riquezas del Templo y de la patria, calumniaba a Onías como si éste hubiese sido el que había golpeado a Heliodoro y el artífice de sus males. 2Se atrevía a llamar conspirador contra el gobierno al benefactor de la ciudad, guardián de su propio pueblo y celoso cumplidor de las leyes. 3Como la enemistad había llegado hasta el punto de que uno de los hombres de confianza de Simón cometiera asesinatos, 4Onías, viendo el peligro de una guerra civil y que Apolonio, hijo de Menesteo, estratega de Celesiria y Fenicia, animaba la maldad de Simón, 5se hizo conducir hasta el rey, no para convertirse en acusador de los ciudadanos, sino buscando lo que convenía a todo el pueblo, al bien común y a cada uno en particular. 6Veía que sin la intervención del rey era imposible alcanzar la paz en aquellos asuntos y que Simón no cesaría en su locura.
7Pero una vez muerto Seleuco y habiendo recibido el reino Antíoco, llamado Epífanes, Jasón, hermano de -Onías, adquirió para sí el sumo sacerdocio mediante corrupción, 8pues en una conversación había prometido al rey trescientos sesenta talentos de plata y otros ochenta talentos recaudados aparte. 9Además de esto se comprometía por escrito a pagar otros ciento cincuenta si se le concedía establecer bajo su autoridad un gimnasio y una efebía, e inscribir a los de Jerusalén como antioquenos.
10Después de acceder al rey y de obtener de él el mando, enseguida empezó a cambiar las costumbres de sus compatriotas según los modos griegos. 11Dejó de lado los humanitarios decretos reales establecidos por mediación de Juan, padre de Eupólemo, que había gestionado la legación de amistad y colaboración con los romanos, y abolió los legítimos derechos ciudadanos, introduciendo nuevas costumbres contrarias a la Ley. 12Fundó a su gusto un gimnasio debajo de la misma acrópolis, e indujo a los jóvenes más distinguidos a llevar el petaso. 13Era tal el auge del helenismo y el incremento de las costumbres extranjeras a causa de la extremada maldad del impío —y no sumo sacerdote— Jasón, 14que los sacerdotes ya no se dedicaban celosamente al servicio del altar, sino que, sintiendo desprecio por el Templo y olvidándose de los sacrificios, tan pronto se hacía la llamada del disco se apresuraban a participar en los ejercicios de la palestra contrarios a la Ley. 15No concedían valor alguno al honor de la patria, sino que consideraban los honores griegos como los mejores.
16A causa de esto se vieron envueltos en una situación difícil, ya que sus enemigos y verdugos eran precisamente aquellos cuyas instituciones emulaban y a los que querían imitar en todo. 17Pero no queda impune el actuar impíamente contra las leyes divinas, como lo mostraría el periodo que siguió.
18Se celebraban en Tiro los juegos quinquenales con la presencia del rey, 19y el impío Jasón envío como representantes desde Jerusalén a algunos antioquenos con trescientas dracmas de plata para el sacrificio a Hércules. Pero los que los llevaban decidieron no emplearlas para el sacrificio porque no era conveniente, sino destinarlas a otros gastos. 20Así sucedió que lo que iba destinado por el que lo enviaba para el sacrificio a Hércules, por decisión de los que lo llevaban, fue dedicado a la construcción de trirremes.
21Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto para la entronización del rey Filométer, Antíoco, conocedor de que aquél se había vuelto hostil a su gobierno, comenzó a preocuparse de su propia seguridad. Por eso se llegó a Jope y se presentó en Jerusalén. 22Fue recibido con magnificencia por Jasón y por toda la ciudad, y conducido entre antorchas y aclamaciones. Después marchó con su ejército a Fenicia.
23Pasados tres años Jasón envió a Menelao, hermano del mencionado Simón, a llevar el dinero al rey y a presentarle un memorándum de las cosas necesarias. 24Pero éste, después de presentarse al rey y ser obsequiado como si fuera una autoridad, consiguió para sí el sumo sacerdocio superando en trescientos talentos de plata la oferta de Jasón. 25Y, recibidos los poderes reales, se presentó de regreso, sin llevar consigo nada digno del sumo sacerdocio sino más bien las disposiciones de un cruel tirano y la ferocidad de una bestia salvaje. 26Jasón, que había traicionado a su propio hermano, fue a su vez traicionado por otro, y fue obligado a huir a la región de Amanítide.
27Menelao ejercía el poder, pero no pagaba regularmente nada del dinero prometido al rey. 28Habiéndole hecho la reclamación Sóstrates, gobernador de la acrópolis, a quien correspondía la recaudación de los impuestos, los dos fueron llamados por el rey con ese motivo. 29Menelao dejó como sustituto en el sumo sacerdocio a su hermano Lisímaco, y Sóstrates dejó a Crates, comandante de los chipriotas.
30Estando así las cosas sucedió que los habitantes de Tarsos y de Malos se rebelaron, porque habían sido entregados como regalo a Antióquida, concubina del rey. 31El rey partió a toda prisa a poner en orden la situación, dejando como sustituto a Andrónico, uno de sus dignatarios. 32Entonces Menelao, pensando que tenía delante una buena ocasión, sustrajo algunos objetos de oro pertenecientes al Templo y se los regaló a Andrónico. Después se llegó a saber que otros los habían vendido en Tiro y en las ciudades de alrededor. 33Onías se lo reprochó tras haberse cerciorado de ello y haberse retirado a un lugar con derecho de asilo en Dafne, cerca de Antioquía. 34Por eso Menelao, tomando a solas a Andrónico, le pidió que suprimiera a Onías. Aquél fue a donde estaba Onías, y dándole confianza mediante engaños y ofreciéndole con juramento la mano derecha, a pesar de que era Mirado con recelo, le persuadió a que saliera del lugar con derecho de asilo, y al momento lo mató sin respetar en nada la justicia.
35Por tal hecho no sólo los judíos, sino también muchos de los demás gentiles, se indignaron y se entristecieron por el injusto asesinato de aquel hombre. 36Cuando el rey regresó de las regiones de Cilicia, los judíos de la ciudad, junto con los griegos que también odiaban el mal, se acercaron a quejarse de que se hubiese dado muerte a Onías sin causa alguna. 37Antíoco, con el alma entristecida y movido por la compasión, llorando la prudencia y la gran moderación del difunto, 38y ardiendo en furor, inmediatamente quitó la púrpura a Andrónico, le desgarró las vestiduras y lo condujo por toda la ciudad hasta el mismo lugar donde él había dado muerte impíamente a Onías. Allí borró del mundo al asesino, dándole el Señor el castigo merecido.
39Se habían cometido muchos robos sacrílegos en la ciudad por parte de Lisímaco, con consentimiento de Menelao, y al divulgarse la noticia, la multitud se reunió y se enfrentó a Lisímaco, cuando ya habían desaparecido muchos objetos de oro. 40La multitud estaba exaltada y llena de ira; entonces Lisímaco armó a unos tres mil hombres y comenzó a actuar violentamente bajo la dirección de un tal Aurano, avanzado en edad, y no menos en locura. 41Cuando vieron la agresión de Lisímaco, unos se proveyeron de piedras, otros de estacas de madera, algunos incluso tomaron puñados de ceniza que había por allí, y en medio de una gran confusión arremetieron contra los que rodeaban a Lisímaco. 42De esta forma causaron heridas a muchos de ellos, derribaron a otros y pusieron en fuga a todos; al ladrón sacrílego lo mataron junto al gazofilacio.
43A causa de estos sucesos se comenzó un juicio contra Menelao. 44Cuando llegó el rey a Tiro, los tres hombres enviados por el consejo de ancianos hicieron su alegación ante él. 45Menelao, a punto ya de verse perdido, prometió abundante dinero a Tolomeo Dorimenes para que convenciera al rey. 46Entonces Tolomeo llevó aparte al rey a una columnata, como para refrescarse, y le hizo cambiar de parecer. 47Al que era la causa de todo el mal lo absolvió de las acusaciones, y a aquellos infelices, que incluso si hubiesen hablado ante escitas hubiesen sido declarados inocentes, a éstos los condenó a muerte. 48E inmediatamente sufrieron el injusto castigo quienes habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados. 49Por eso, los mismos habitantes de Tiro que odiaban el mal proveyeron magnánimamente lo necesario para sus sepulturas. 50Menelao, en cambio, permaneció en el cargo a causa de la avaricia de los poderosos, creciendo en maldad y convertido en el gran traidor de sus conciudadanos.
52 M1En ese tiempo Antíoco preparó la segunda expedición contra Egipto. 2Sucedió que durante casi cuarenta días aparecieron sobre toda la ciudad jinetes que cabalgaban por los aires con vestiduras de oro y armados con lanzas, dispuestos en forma de escuadrones, y con espadas desenvainadas; 3tropas de caballería en orden de batalla lanzándose ataques y asaltos entre sí, con movimientos de escudos, gran cantidad de lanzas, disparos de dardos, brillo de adornos de oro y todo tipo de armaduras. 4Todos pedían que la aparición fuese de buen augurio.
5Habiéndose corrido el falso rumor de que Antíoco había muerto, Jasón tomó no menos de mil hombres y realizó un ataque por sorpresa contra la ciudad. Puestos en fuga los que estaban sobre la muralla, y tomada ya al fin la ciudad, Menelao se refugió en la Ciudadela. 6Jasón llevó a cabo matanzas sin discriminación entre sus conciudadanos, sin caer en la cuenta de que el éxito contra sus compatriotas era la mayor desgracia, y pensando que conseguía trofeos de los enemigos y no de su propia gente. 7Pero no consiguió hacerse con el poder sino que al final, lleno de vergüenza por su conspiración, emprendió de nuevo la huida a Amanítide. 8Por ultimo él mismo fue objeto de la peor desgracia: mandado encarcelar por Aretas, rey de los árabes, huyó de ciudad en ciudad y, perseguido por todos, odiado como traidor a las leyes y detestado como asesino de la patria y de los ciudadanos, fue expulsado a Egipto. 9El que había desterrado a tantos de su patria, pereció en el exilio después de haberse dirigido a los espartanos, con la esperanza de obtener protección a causa de los lazos familiares. 10El que había dejado a una multitud sin sepultura, quedó sin duelo; ni tuvo funerales ni tuvo un sitio en el sepulcro de sus padres.
11Cuando llegaron al rey noticias de lo sucedido, pensó que Judea se había sublevado. Entonces, lleno de furor, subiendo desde Egipto, tomó la ciudad por las armas. 12Ordenó a los soldados abatir sin excepción a cuantos encontrasen y degollar a quienes subían a sus casas. 13Se llevaron a cabo matanzas de jóvenes y ancianos, se perpetró el exterminio de mujeres y niños, y el asesinato de vírgenes y de niños de pecho. 14En el curso de tres días fueron aniquilados ochenta mil: cuarenta mil durante la operación; y no menos que los que mataron, fueron los que vendieron. 15No satisfecho con esto, se atrevió a entrar en el Templo más santo de toda la tierra, llevando como guía a Menelao, que se había convertido en traidor a las leyes y a la patria. 16Con sus manos impuras tomó los objetos sagrados, y arrebató con sus manos profanas cuanto había sido depositado por otros reyes para engrandecimiento, gloria y honor del Santuario. 17Antíoco se engreía en sus pensamientos, sin darse cuenta de que el Señor se había airado por breve tiempo a causa de los pecados de los habitantes de la ciudad, y por eso había sido abandonado el Santuario. 18Pero si no hubiera sido porque se encontraban inmersos en muchos pecados, lo mismo que Heliodoro, enviado por el rey Seleuco a inspeccionar el lugar del tesoro, él, al acercarse, hubiera sido azotado inmediatamente y hubiese cesado en su osadía. 19Pero el Señor no había elegido al pueblo a causa del Santuario, sino al Santuario a causa del pueblo. 20Por eso, el mismo Santuario que fue partícipe de las desgracias de la nación, compartió después sus beneficios; y si fue abandonado en el momento de la ira del Todopoderoso, en el momento de la reconciliación del gran Señor fue restaurado en toda su gloria.
21Así pues, Antíoco, llevándose mil ochocientos talentos del Templo, volvió de prisa a Antioquía, convencido en su soberbia de que había hecho la tierra navegable y el mar transitable a pie, a causa del engreimiento de su corazón. 22Además dejó gobernadores para hacer daño a la raza: en Jerusalén a Filipo, de raza frigia, que tenía un carácter más bárbaro que el que lo había establecido; 23en Garizim, a Andrónico, y además de éstos a Menelao, que avasallaba a los ciudadanos más que los otros. Y se enemistó con los ciudadanos judíos tratándoles con aversión.
24Luego envió al misarca Apolonio con un ejército de veintidós mil hombres, ordenando dar muerte a todos los de edad adulta y vender a las mujeres y a los niños. 25Éste, cuando llegó a Jerusalén, fingió ser hombre de paz; esperó hasta el día santo del sábado y, sorprendiendo a los judíos en el descanso, ordenó a los suyos hacer un desfile militar. 26Hizo matar a todos los que salían para contemplarlo, y recorriendo la ciudad con los hombres armados dio muerte a gran multitud de gente.
27Judas, llamado también Macabeo, que formaba parte de un grupo de diez, se retiró al desierto, viviendo en las montañas con los que le acompañaban, a la manera de las fieras. Se mantenían alimentándose de comidas vegetales para no incurrir en profanación.
62 M1No mucho tiempo después, el rey envió a un anciano ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las leyes de sus padres y a dejar de regirse por las leyes de Dios; 2y también para profanar el Templo de Jerusalén dedicándolo a Zeus Olímpico, y el de Garizim, a Zeus Hospitalario, según correspondía a los habitantes de aquel lugar. 3El establecimiento del mal fue duro y terrible para todos, 4pues el Templo se llenó de desenfreno y orgías por parte de los gentiles, que se divertían con meretrices y se unían con mujeres en los recintos sagrados, y asimismo introducían en el interior del Templo cosas que no estaban permitidas. 5El altar estaba lleno de cosas detestables prohibidas por las leyes.
6No era posible celebrar los sábados, ni guardar las fiestas de los padres, ni confesar abiertamente que se era judío. 7En cambio, cada mes, el día del nacimiento del rey, eran obligados amargamente a asistir al sacrificio, y llegadas las fiestas dionisíacas se les forzaba a ir en procesión llevando coronas de hiedra en honor de Dionisos.
8Por sugerencia de Tolomeo se publicó un decreto dirigido a las ciudades griegas próximas para que se procediera del mismo modo contra los judíos y tuvieran que sacrificar; 9y para que se diera muerte a los que no estuvieran dispuestos a pasarse a las costumbres griegas. Se podía ver, por tanto, la tribulación que se avecinaba. 10Dos mujeres fueron denunciadas por haber circuncidado a sus hijos, y tras colgarles los niños a los pechos y hacerles recorrer públicamente la ciudad, las precipitaron por la muralla. 11Otros que se habían reunido en unas cuevas cercanas para celebrar secretamente el sábado, denunciados a Filipo, fueron quemados juntos, pues tenían reparos religiosos en defenderse por el honor debido a aquel día santísimo.
12Ruego a los lectores de este libro que no se depriman por tales desgracias y que consideren que los castigos no son para la destrucción, sino para la corrección de nuestra raza. 13Porque el no dejar impunes mucho tiempo a los que obran impíamente, sino enviarles castigos enseguida, es señal de gran benevolencia. 14Pues el Señor, si bien con otros pueblos espera pacientemente para castigarlos hasta que han llegado a colmar la medida de sus pecados, decidió que no fuese así con nosotros, 15para no tener que castigarnos después, cuando nuestros pecados hubieran llegado hasta el extremo. 16Por eso nunca aparta su misericordia de nosotros, sino que corrigiéndonos con desgracias no deja abandonado a su pueblo. 17Que nos quede dicho esto como recuerdo; y tras este breve paréntesis volvamos a la narración.
18A Eleazar, uno de los escribas preeminentes, hombre de avanzada edad y de aspecto muy venerable, abriéndole la boca, le forzaban a comer carne de cerdo. 19Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, se adelantó voluntariamente al suplicio 20escupiendo el bocado, según el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.
21Los que estaban encargados del impío banquete sacrificial, como conocían a aquel hombre desde mucho tiempo antes, lo llevaron aparte y le rogaban que trajera carne de la que le estuviera permitido comer, que la preparara él mismo, y que fingiera comer de la carne del sacrificio ordenado por el rey. 22Al obrar así, se libraría de la muerte y conseguiría ser tratado con clemencia en virtud de la antigua amistad que tenía con ellos. 23Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación. Así que dio una respuesta consecuente contestando de inmediato que lo enviasen al hades:
24—Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, 25y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. 26Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. 27Por eso, entregando ahora valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, 28dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes.
Tras decir estas cosas se dirigió enseguida al tormento. 29Los que lo llevaban cambiaron la benevolencia que poco antes tenían hacia él en hostilidad, pues consideraron que las palabras que acababa de decir eran una locura. 30Cuando estaba a punto de morir por las heridas, dijo entre gemidos:
—Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuertes dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él.
31De esta forma murió dejando su muerte como ejemplo de nobleza y como recuerdo de virtud, no sólo para los jóvenes, sino también para la gran mayoría del pueblo.
72 M1Sucedió asimismo que siete hermanos, que habían sido detenidos con su madre, eran obligados por el rey a comer carne de cerdo prohibida, flagelándolos con látigos y vergajos. 2Uno de ellos, haciendo de portavoz, habló así:
—¿Qué quieres preguntarnos o saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que transgredir las leyes de nuestros padres.
3El rey, irritado, ordenó poner al fuego sartenes y calderos; 4y una vez que éstos se pusieron enseguida al rojo, mandó que a aquel que se había hecho portavoz de los demás le cortaran la lengua, le arrancaran el cuero cabelludo y le amputaran los miembros a la vista de su madre y de los otros hermanos.
5Cuando había sido totalmente mutilado, el rey ordenó que lo acercaran al fuego mientras aún respiraba y lo frieran en la sartén. Mientras el humo se expandía abundantemente en torno a la sartén, los otros se exhortaban entre sí junto a su madre a morir noblemente, diciendo:
6—El Señor Dios ve desde lo alto, y verdaderamente nos consuela tal como afirmó Moisés en el canto de liberación diciendo: «Consolará a sus siervos».
7Después de morir de esta forma el primero, trajeron al segundo al suplicio y, tras arrancarle la piel de la cabeza junto con el cabello, le preguntaban si comería antes de que su cuerpo fuese torturado miembro a miembro. 8Él, respondiendo en su lengua patria, dijo:
—¡No!
Por lo cual también éste recibió a continuación el tormento como el primero. 9Estando en el último suspiro dijo:
—Tú, malvado, nos borras de la vida presente, pero el rey del mundo nos resucitará a una vida nueva y eterna a quienes hemos muerto por sus leyes.
10Después de éste comenzó a ser torturado el tercero, y, cuando se lo mandaron, sacó inmediatamente la lengua y extendió voluntariamente las manos. 11Y dijo con dignidad:
—De Dios he recibido estos miembros, y, por sus leyes, los desprecio; pero espero obtenerlos nuevamente de Él.
12De esta forma el rey mismo y los que le acompañaban quedaron admirados de la valentía del joven, como si no diera ninguna importancia a los tormentos.
13Muerto éste, empezaron a torturar al cuarto aplicándole los mismos tormentos; 14y cuando estaba en las últimas habló de este modo:
—Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios da de ser resucitados de nuevo por Él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida.
15A continuación trajeron al quinto y lo atormentaban, 16pero él mirando al rey le dijo:
—Tienes poder entre los hombres, aun siendo mortal, y haces lo que quieres; pero no pienses que nuestra raza ha sido abandonada por Dios. 17Tú espera y verás la grandeza de su fuerza y cómo te castigará a ti y a tu descendencia.
18Tras éste trajeron al sexto, y cuando estaba a punto de morir, dijo:
—No te engañes tontamente, pues nosotros sufrimos todo esto por nuestra culpa, por haber pecado contra nuestro Dios; por eso nos suceden cosas que causan admiración. 19Pero no pienses que tú quedarás impune, habiendo intentado combatir a Dios.
20La madre fue de todo punto admirable y digna de gloriosa memoria. Viendo morir a sus siete hijos en el plazo de un día, lo soportaba con serenidad gracias a la esperanza en el Señor. 21Exhortaba en su lengua patria a cada uno de ellos llena de nobles sentimientos; e imprimiendo a su talante femenino un coraje varonil les decía:
22—No sé cómo aparecieron en mi vientre; yo no les di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de ustedes. 23Por eso el creador del mundo, que plasmó al hombre en el principio y dispuso el origen de todas las cosas, les devolverá de nuevo misericordiosamente el espíritu y la vida, puesto que ahora, a causa de sus leyes, no se preocupan de ustedes mismos.
24Antíoco, pensando que era despreciado y sospechando que se trataba de palabras injuriosas, como todavía quedaba el más joven, no sólo le hacía exhortaciones con palabras, sino que le prometía bajo juramento que le haría a la vez rico y feliz si abandonaba las costumbres de sus padres; que lo tendría como amigo y le confiaría cargos. 25Como el joven no le hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y le instaba para que aconsejara al muchacho que se salvase. 26Después de que el rey le recomendara muchas cosas, ella aceptó persuadir a su hijo. 27E inclinándose hacia él, y riéndose del cruel tirano, le habló así en la lengua patria:
—Hijo, apiádate de mí que te he llevado nueve meses en el vientre, te he amamantado durante tres años, te he educado y guiado hasta esta edad, y te he proporcionado el alimento. 28Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ellos reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano. 29No tengas miedo de este verdugo, sino sé digno de tus hermanos, acepta la muerte para que, en el tiempo de la misericordia, te recupere junto con tus hermanos.
30Apenas ella terminó de hablar, el joven respondió:
—¿A qué esperan? Yo no voy a obedecer el mandato del rey, sino que obedezco el mandamiento de la Ley que fue dada a nuestros padres por medio de Moisés. 31Y tú, que has sido el iniciador de todos los males contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. 32Pues nosotros sufrimos por nuestros pecados, 33y si el Señor viviente se ha irritado con nosotros por un breve tiempo para castigarnos y corregirnos, de nuevo se reconciliará con sus siervos. 34Pero tú, sacrílego, el más impío de todos los hombres, no te ensalces vanamente alimentando esperanzas inconfesables cuando levantas la mano contra los hijos del cielo, 35pues todavía no has escapado al juicio del Dios todopoderoso que ve todas las cosas. 36Porque ahora nuestros hermanos, tras haber soportado un breve tormento, han adquirido la promesa de Dios de una vida eterna; pero tú sufrirás por el juicio de Dios el justo castigo de tu soberbia. 37Yo, como mis hermanos, entrego cuerpo y alma por las leyes de los padres, suplicando que Dios sea pronto misericordioso con la nación, y que tú, entre tormentos y azotes, confieses que sólo Él es Dios. 38Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso justamente desatada sobre toda nuestra raza.
39El rey, fuera de sí, se ensaño con éste más que con los otros, exasperado por el desprecio. 40El joven pasó puro a la otra vida, confiando totalmente en el Señor. 41La madre murió la última después que sus hijos.
42Baste con esto para mostrar lo referente a las comidas de los sacrificios y a las tremendas crueldades.
82 M1Judas el Macabeo y sus compañeros, entrando secretamente en las aldeas, empezaron a llamar a sus congéneres y a cuantos permanecían fieles en el judaísmo, y reclutaron un grupo de unos seis mil hombres.
2Suplicaban al Señor que mirara al pueblo pisoteado por todos, y se compadeciese del Templo profanado por hombres impíos; 3que tuviera misericordia de la ciudad devastada y a punto de quedar arrasada, y escuchara el grito de la sangre que clamaba hasta Él; 4que recordase la injusta muerte de niños inocentes y las blasfemias proferidas contra su nombre; y que mostrase su odio al mal.
5El Macabeo formó un ejército organizado y llegó a ser irresistible para los gentiles, una vez que la ira del Señor se transformó en misericordia. 6Cayendo de improviso sobre ciudades y aldeas, las incendiaba; y ocupando los lugares estratégicos, ponía en fuga a no pocos enemigos. 7Aprovechaba preferentemente el amparo de la noche para tales hazañas, y la fama de su valor comenzó a extenderse por todas partes.
8Filipo, al ver que aquel hombre iba obteniendo ventaja poco a poco, y que cada vez eran mayores sus éxitos, escribió a Tolomeo, estratega de Celesiria y Fenicia, para que fuera en ayuda de los asuntos del rey. 9Éste designó inmediatamente a Nicanor, hijo de Patroclo, uno de los principales amigos del rey, y lo envió poniendo a sus órdenes gentiles de todas las razas en número no inferior a veinte mil, con el fin de que exterminara a toda la raza de los judíos. Con él asoció a Gorgias, militar profesional con experiencia en acciones de guerra.
10Nicanor decidió completar con la venta de los cautivos que iba a tomar a los judíos el tributo del rey a los romanos, que era de dos mil talentos. 11Enseguida envió emisarios a las ciudades del litoral invitándolas a la compra de esclavos judíos y prometiendo dar noventa esclavos por un talento. No esperaba la venganza que estaba a punto de recaer sobre él de parte del Todopoderoso.
12Judas fue informado de la llegada de Nicanor, y, cuando hizo sabedores a los suyos de la presencia del ejército, 13los cobardes e incrédulos en la venganza divina comenzaron a darse a la fuga y a desertar. 14Otros, en cambio, vendían todas sus cosas, al mismo tiempo que imploraban al Señor para que salvara a los que habían sido vendidos como esclavos por el impío Nicanor ya antes de llegar a enfrentarse; 15y esto, si no en atención a ellos mismos, al menos por las alianzas hechas con sus padres, y en virtud de la invocación sobre ellos de su santo y majestuoso nombre.
16El Macabeo reunió a los suyos, en número de seis mil, y empezó a exhortarles a no amedrentarse ante los enemigos, ni acobardarse ante la multitud de los gentiles que venían contra ellos injustamente, sino a luchar con valentía, 17teniendo ante los ojos el inicuo ultraje llevado a cabo por aquéllos contra el Santuario, así como el escarnio de la ciudad maltratada, e incluso la abolición de la forma de vida de la ciudad, recibida de los antepasados:
18—Porque aquéllos —les decía— ponen su confianza en las armas y también en sus proezas; nosotros en cambio ponemos nuestra confianza en el Dios todopoderoso, que puede abatir con un solo gesto a cuantos vienen contra nosotros y al mundo entero.
19Y les fue recordando con precisión los auxilios llegados a los antepasados: el que llegó contra Senaquerib, y cómo murieron ciento ochenta y cinco mil hombres; 20el recibido en Babilonia en la batalla contra los gálatas, cuando tuvieron que luchar un total de ocho mil judíos junto con cuatro mil macedonios; y cuando los macedonios se vieron perdidos, los ocho mil destruyeron a ciento veinte mil, gracias a la ayuda que les vino del cielo, y consiguieron un enorme botín.
21Con estas palabras les infundió valor y los dispuso a morir por las leyes y por la patria; luego dividió el ejército en cuatro partes. 22Puso a sus hermanos, Simón, José y Jonatán, como jefes de cada una de las partes, asignando a cada uno mil quinientos hombres; 23y designó también a Eleazar. Y habiendo leído el libro santo, y dado como contraseña: «Auxilio de Dios», él mismo, al frente de la primera sección, atacó a Nicanor. 24Siendo su aliado en el combate el Todopoderoso, mataron a más de nueve mil enemigos, causaron heridas y pérdida de miembros a la mayor parte del ejército de Nicanor, y les hicieron huir a todos. 25Se apoderaron del dinero de aquellos que se habían congregado para su compra, y, tras perseguirlos durante bastante tiempo, se volvieron apremiados por la hora: 26era víspera del sábado, y por esto no continuaron persiguiéndolos. 27Cuando acabaron de recoger sus armas y de arrancar los despojos de los enemigos, celebraron el sábado multiplicando las bendiciones y las acciones de gracias al Señor que les había salvado en ese día y había dispuesto para ellos el comienzo de la misericordia. 28Pasado el sábado dieron parte del botín a los damnificados, a las viudas y a los huérfanos; el resto lo repartieron entre ellos y sus hijos. 29Tras hacer esto, organizaron una rogativa pública pidiendo al Señor misericordioso que se reconciliase completamente con sus siervos.
30Combatieron también a los hombres de Timoteo y Báquides, y mataron a más de veinte mil de ellos; llegaron a apoderarse completamente de fortificaciones altas, y se repartieron abundante botín, haciendo partes iguales para ellos y para los damnificados, los huérfanos y las viudas, e incluso para los ancianos. 31Después de recoger diligentemente las armas de los enemigos, lo guardaron todo en lugares estratégicos, y el resto de los despojos lo llevaron a Jerusalén. 32Mataron incluso al oficial jefe de los guardias de Timoteo, hombre muy perverso que había afligido mucho a los judíos. 33Mientras celebraban la victoria en tierra patria, quemaron a los que habían incendiado las puertas sagradas, y también a Calístenes, que había huido a una cabaña; éste recibió así el salario merecido por su impiedad.
34El tres veces culpable Nicanor, que había traído a los mil mercaderes para la venta de los judíos, 35humillado con la ayuda de Dios por los que él había considerado inferiores, despojado de su traje de gloria y convertido en un desertor solitario en medio del campo, llegó a Antioquía aún con buena fortuna después de la destrucción de su ejército. 36El que había afirmado que pagaría el tributo a los romanos con la venta de los judíos de Jerusalén, proclamaba que los judíos tenían un defensor, y que de hecho eran invencibles porque seguían las leyes establecidas por Aquél.