COMENTARIO

 2 M 3,1-10,8 

Siguiendo su fuente, el autor expone cómo fue la purificación del Templo y la dedicación del altar (2,19). Enlaza así con el contenido de las cartas introducidas al principio (1,1-2,18). Pero, para apreciar todo el significado de aquella purificación, ha de dar cuenta de la situación a la que se había llegado y de cómo se había producido. Por eso se exponen con detenimiento las causas que condujeron a la tragedia (caps. 3-4), los sufrimientos que ésta acarreó al Templo y a los mártires (cap. 5-7), la valentía de Judas y de los que combatieron para remediar los males (cap. 8), el castigo divino a su principal responsable, Antíoco (cap. 9), y, finalmente, la purificación y dedicación del altar (10,1-8). Estos hechos son expuestos por el autor sagrado desvelando al mismo tiempo su dimensión religiosa. Aunque el Templo era inviolable por su santidad (cap. 3), el pecado de algunos, sobre todo de los sacerdotes ilegítimos (cap. 4), hizo que se levantara la ira de Dios contra su pueblo y recayera sobre el Templo —solidario con la suerte del pueblo (5,1-6)— y sobre los mártires (6,18-7,12), a modo de castigo pasajero y saludable. La fidelidad de estos últimos hace cesar la ira de Dios. Dios comienza a actuar con misericordia, concediendo la victoria a Judas (8,1-36), haciendo que el perseguidor Antíoco se convierta antes de morir (9,1-29), y permitiendo la recuperación del Templo (10,1-8).

En esta primera parte de 2 M aprendemos cómo la fidelidad a Dios exige actitudes heroicas, a veces hasta la muerte, y cómo los sufrimientos aceptados con fe tienen un valor redentor, en cuanto que mueven a Dios a actuar con misericordia para salvar a su pueblo. Estos capítulos nos preparan así a comprender la eficacia redentora de la muerte de Jesucristo y su valor salvífico para todos los hombres.

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