COMENTARIO
En este relato se quiere poner de relieve que el Templo de Jerusalén era inviolable porque estaba protegido por el mismo Dios. La acción divina viene representada en imágenes de caballos y jinetes, símbolos de su poder, que son familiares al autor del libro (cfr 5,2; 10,29; 11,8) y que aparecen en otros libros bíblicos (cfr Ap 6,2-8; 19,11-16). Destaca ya la iniciativa de algunos judíos proclives a las costumbres griegas, en concreto Simón que, al parecer, pretende que el mercado de Jerusalén sea como los mercados griegos, sin restricciones marcadas por las leyes alimentarias judías.
El sumo sacerdote Onías III es considerado en 2 M como un hombre santo (cfr 4,2-5.35-37; 15,12); su padre, Simón II, es alabado en Si 50,1-21. La oración de Onías y la del pueblo mueve a Dios a intervenir de forma extraordinaria. Eran tiempos en los que, como señala el hagiógrafo al comienzo (v. 1), el sumo sacerdote era piadoso, y por tanto se cumplía la Ley de Dios y había paz. Dios protegía su Templo. Si después va a ser profanado no será porque Dios no pueda protegerlo ni porque el Templo haya dejado de ser un lugar santo, sino porque el sumo sacerdote no cumple la Ley y no es legítimo en su cargo.
El cambio de actitud de Heliodoro, golpeado por alguna desgracia repentina, quizá una enfermedad o un ataque de los judíos celosos, refleja el poder de la oración. Orígenes, al hablar del poder de la oración de los santos, que siempre consiguió lo que pidieron, invoca entre otros el ejemplo de los justos del tiempo de los Macabeos: «Otros que en el Templo de Jerusalén se atrevieron a insultar la religión de los judíos, hubieron de sufrir lo que se escribe en el libro de los Macabeos» (Orígenes, Contra Celsum 8,46).