COMENTARIO
El hagiógrafo ha ido mostrando cómo los que obran el mal reciben el castigo correspondiente a su propio pecado. Así les sucede a los que seguían las costumbres griegas (v. 16): Jasón, a quien Menelao arrebata el cargo, tiene que huir (v. 26); Andrónico, que había asesinado a Onías, es ajusticiado por Antíoco (v. 38); y Lisímaco, el ladrón sacrílego, muere a manos de la multitud (v. 42). Sin embargo, a veces, la injusticia humana, en el caso de Menelao el soborno, puede conseguir que ese castigo se retrase. Esas circunstancias, en las que parece que el mal queda sin castigo no dejan de ser una llamada a la paciencia y a la confianza en Dios.