COMENTARIO

 2 M 9,1-29 

La muerte de Antíoco ocurrió en octubre–noviembre del 164 a.C., poco antes de la purificación del Templo, tal como se cuenta aquí. Sin embargo 1 M la sitúa después de la purificación (cfr 1 M 6,1-17), quizá porque la noticia llegó entonces a Jerusalén. Aunque ambos libros coinciden en que el motivo de la muerte del rey fue una enfermedad, difieren en el tipo de dolencia, en el lugar en que suceden los hechos, y en las noticias sobre la guerra judía que suscitan la ira del rey: en 1 M había sido la derrota de Lisias; derrota que sin embargo en 2 M se narra más adelante (cfr 11,1-12). En este último dato es más exacto 1M.

El autor de 2 M quiere resaltar que la purificación del Templo no fue consecuencia de la paz otorgada por el rey tras aquella derrota de Lisias, sino que siguió al castigo divino que sufrió el tirano. Asimismo en 2 M se pone en contraste la soberbia del rey con la humillación que Dios le inflige por medio del sufrimiento, hasta el punto que tiene que reconocer al Dios de los judíos y convertirse en favorable a su causa. Tal cambio llega demasiado tarde, pues el monarca había colmado la medida de sus pecados y Dios no iba a tener misericordia de él (vv. 9.13.18). Esta actitud divina tan severa es explicable en este caso porque Antíoco se convierte solamente para eludir el castigo, y porque el autor del libro ve una vez más en aquella terrible muerte el cumplimiento de la ley del talión. Además, una forma de muerte similar se narra con frecuencia a propósito de la muerte de los tiranos: de Herodes el Grande, según Flavio Josefo (Antiquitates Iudaicae 17,168), y de Herodes Agripa, según Hch 12,23.

La carta de los vv. 19-27 parece arreglada por el autor de 2 M sobre la base de una carta del rey dirigida a los judíos helenizados de Antioquía, o a los de otras ciudades de Imperio. Ahora se convierte en el testimonio de un rey pagano convertido.

La soberbia de Antíoco creyéndose igual a Dios (vv. 8-12) es eco y consecuencia de aquella tentación que sufre el hombre desde el comienzo de su existencia en la tierra: «Seréis como dioses» (cfr Gn 3,5); porque la soberbia, explica Santo Tomás, es el más grave de los pecados, ya que «la aversión a Dios y a sus preceptos —que es como una consecuencia en los demás pecados— le pertenece por sí misma a la soberbia, pues su acto es el desprecio de Dios» (Summa theologiae 2,2,162,6).

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