92 M1Por ese tiempo Antíoco se había retirado deshonrosamente de la región de Persia, 2porque había entrado en la ciudad llamada Persépolis intentando saquear el Templo y ocupar la ciudad, pero la multitud, recurriendo al empleo de las armas, lo rechazó. Así Antíoco, puesto en fuga por los habitantes, emprendió una retirada vergonzosa.
3Estando cerca de Ecbatana se enteró de lo sucedido a Nicanor y a los hombres de Timoteo. 4Entonces, llevado por la furia, pensaba descargar en los judíos el mal que había recibido de aquellos que lo habían puesto en fuga, por lo que ordenó al conductor del carro que siguiera adelante sin detenerse hasta concluir el viaje. Ya le acompañaba el juicio del cielo, porque había dicho orgullosamente: «Cuando llegue allí, haré de Jerusalén un cementerio de judíos».
5Pero el Señor que lo ve todo, el Dios de Israel, le golpeó con una herida incurable e invisible. Apenas acabó de pronunciar aquellas palabras le invadió un irresistible dolor de entrañas y agudos espasmos internos; 6muy justamente, pues él había atormentado las entrañas de otros con muchas y extrañas formas de tortura. 7Con todo, él no desistía de ningún modo en su arrogancia, sino que todavía se llenó de más soberbia, respirando fuego en su furor contra los judíos y ordenando acelerar la marcha. Pero sucedió que se cayó del carro que iba a gran velocidad, y al sufrir tan grave caída se le desencajaron todos los miembros de su cuerpo. 8El que poco antes, con su arrogancia sobrehumana, pensaba dar órdenes a las olas del mar, y creía poder pesar en una balanza las cimas de los montes, caído en tierra era transportado en una camilla haciendo manifiesta a todos la fuerza de Dios. 9Hasta tal punto que del cuerpo de aquel impío salían gusanos, y manteniéndose vivo entre dolores y sufrimientos, se le caía la carne a trozos; todo el ejército sentía náuseas por el olor de la podredumbre. 10Al que poco antes le parecía tocar las estrellas del cielo, nadie podía transportarlo por la insoportable intensidad de su hedor.
11Entonces, quebrantado de aquel modo, comenzó a deponer su gran soberbia, a adquirir conocimiento a causa del azote divino, mientras era torturado constantemente por los dolores. 12Y no pudiendo soportar ni su propio hedor habló así:
—Justo es someterse a Dios y no sentirse igual a Dios siendo un mortal.
13Aquel impío comenzó a rezar al Señor, que ya no iba a tener misericordia de él, diciendo 14que dejaría libre a la ciudad santa a la que se dirigía a toda prisa para arrasarla y convertirla en cementerio; 15y que a los judíos, sobre los que había determinado que no eran dignos ni de una tumba, sino que fueran arrojados con sus hijos a las fieras como pasto de las aves de rapiña, a todos ellos los haría iguales a los atenienses; 16que al Templo santo que antes había expoliado, lo adornaría con bellísimas ofrendas votivas, devolvería multiplicados todos los objetos sagrados, y sufragaría con sus propios bienes las cuotas asignadas para los sacrificios; 17que, además de esto, se haría judío y recorrería todos los lugares habitables proclamando el poder de Dios.
18Como no le cesaban de ningún modo los dolores, pues había recaído sobre él el justo juicio de Dios, desesperado de sí, escribió a los judíos la carta transcrita abajo, en forma de súplica, con el siguiente contenido:
19«A los distinguidos ciudadanos judíos, muchos saludos, bienestar y prosperidad de parte del rey y estratega Antíoco. 20Si se encuentran bien, y sus hijos y sus cosas están como desean, yo, con la esperanza puesta en el cielo 21y recordando afectuosamente su estima y benevolencia, al volver de las regiones de Persia y habiendo contraído una desagradable enfermedad, he juzgado necesario pensar en la común seguridad de todos. 22No es que desespere de mi situación, sino que tengo gran esperanza en salir de la enfermedad. 23Pero recordando que también mi padre, en los momentos en que emprendía una expedición militar a las regiones septentrionales, designaba al sucesor 24para que, si sucedía algo inesperado o se anunciaba algo grave, los de cada región supieran a quién se había encomendado el gobierno y no se alarmasen; 25y considerando además que los gobernantes cercanos y vecinos al reino están atentos a las ocasiones y esperan lo que pueda suceder, he designado rey a mi hijo Antíoco, al que muchas veces he recomendado y confiado a la mayor parte de ustedes cuando yo recorría las satrapías septentrionales. A él le he escrito lo que les escribo abajo. 26Así pues, les ruego y suplico que acordándose de los beneficios comunes y particulares, cada uno mantenga la buena disposición que tiene hacia mí y hacia mi hijo. 27Porque estoy convencido de que él los tratará con moderación y humanidad continuando mi proyecto».
28De esta forma, aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores males tal como él se los había hecho sufrir a otros, acabó su vida en tierra extranjera, entre las montañas, con una muerte miserable. 29Filipo, su hermano de leche, transportó el cuerpo, y desconfiando del hijo de Antíoco se marchó a Egipto junto a Tolomeo Filométer.
102 M1Macabeo y sus compañeros, dirigidos por el Señor, recuperaron el Templo y la ciudad. 2Demolieron los altares construidos por los extranjeros en las plazas, y los recintos sagrados. 3Después de purificar el Templo construyeron otro altar de los sacrificios, y produciendo chispas con piedras hicieron fuego con ellas y ofrecieron sacrificios tras una interrupción de dos años. Levantaron también el altar del incienso, las lámparas y la ofrenda de los panes. 4Después de hacer esto, postrados en tierra, pidieron al Señor que nunca más cayeran en tales desgracias, sino que, si alguna vez pecaban, fueran corregidos por Él con clemencia sin ser entregados a los blasfemos y bárbaros gentiles.
5Sucedió que el día en que el Templo había sido profanado por los extranjeros, en ese preciso día, tuvo lugar la purificación del Templo, el quince del mismo mes, el de Kisleu. 6Lo celebraron durante ocho días con alegría, a la manera de los Tabernáculos, recordando cómo poco tiempo antes habían pasado la fiesta de los Tabernáculos en las montañas y en las cuevas viviendo como fieras. 7Por eso, llevando varas adornadas, ramas verdes y palmas, elevaban himnos al que había conducido con éxito la purificación de su propio Santuario.
8Con un decreto y en consejo público establecieron para toda la nación judía celebrar cada año estos días.
9Así sucedieron las cosas concernientes a la muerte de Antíoco, llamado Epífanes. 10Ahora expondremos lo referente a Antíoco Eupátor, que fue hijo de aquel impío, y haremos un resumen de los males que acarrean las guerras.
11Éste, cuando recibió el reino, puso al frente de los asuntos de gobierno a un tal Lisias, el estratega más importante de Celesiria y Fenicia. 12Tolomeo, el llamado Macrón, prefiriendo mantener para los judíos lo que era justo frente a las injusticias cometidas contra ellos, intentaba solucionar pacíficamente todo lo relacionado con éstos. 13Por eso fue acusado por sus amigos ante Eupátor, y él, oyendo que constantemente le llamaban traidor —porque había abandonado Chipre, a él confiada por Filométer, y se había pasado a Antíoco Epífanes—, al no poder desempeñar dignamente su cargo, se envenenó y acabó con su vida.
14Gorgias, convertido en estratega de la región, tenía tropas mercenarias y en todo momento alentaba la guerra contra los judíos. 15Al mismo tiempo, los idumeos, que se habían apoderado de fortificaciones estratégicas, hostigaban a los judíos y, acogiendo a los que huían de Jerusalén, comenzaron a fomentar la guerra. 16Los compañeros del Macabeo hicieron rogativas pidiendo a Dios que fuera su aliado, y atacaron las fortificaciones de los idumeos. 17Atacándolas con fuerza llegaron a tomar las posiciones, echaron a todos los que luchaban sobre la muralla y pasaron a espada a cuantos atraparon; mataron a no menos de veinte mil. 18Al menos nueve mil huyeron a dos torres perfectamente fortificadas, donde tenían todo lo necesario para la defensa. 19El Macabeo, dejando allí a Simón y a José, junto con Zaqueo y los suyos, en número suficiente para el asedio, se marchó a otros lugares de mayor urgencia. 20Los que estaban con Simón, dejándose llevar por la avaricia, fueron sobornados con dinero por algunos de los que estaban en las torres y, recibiendo setenta mil dracmas, dejaron escapar a algunos. 21Cuando le comunicaron al Macabeo lo sucedido, éste reunió a los jefes del pueblo y les acusó de haber vendido por dinero a los hermanos al haber dejado libres a sus enemigos. 22Mató a aquellos que habían sido traidores e inmediatamente tomó las dos torres. 23Y como tenía éxito con las armas en todo lo que llevaba entre manos, dio muerte en las dos fortificaciones a más de veinte mil.
24Timoteo, que antes había sido derrotado por los judíos, reuniendo fuerzas mercenarias muy numerosas y juntando no pocos hombres de a caballo procedentes de Asia, se presentó para tomar Judea por las armas. 25Los compañeros del Macabeo, cuando éste se acercó, se cubrieron de polvo la cabeza y se ciñeron de saco la cintura en actitud de oración a Dios 26y, postrándose sobre la base frontal del altar, suplicaban que, siendo misericordioso con ellos, se hiciera enemigo de sus enemigos y adversario de sus adversarios, como dice la Ley. 27Terminada la oración, tomaron las armas y salieron un buen trecho de la ciudad. Cuando ya se aproximaban a los enemigos se detuvieron.
28Apenas apuntaba la luz de la mañana cuando unos y otros atacaron; los unos teniendo como garantía de éxito y de victoria, junto con el valor, la confianza en el Señor; los otros poniendo su furia como guía de los combates. 29Cuando la batalla se hizo más violenta, desde el cielo se les aparecieron a los adversarios cinco hombres de noble aspecto sobre caballos con bridas de oro, que se pusieron al frente de los judíos. 30Dos de ellos, tomando en medio al Macabeo y cubriéndolo con sus propios escudos, lo mantenían invulnerable, y en cambio lanzaban flechas y rayos contra los adversarios, por lo que éstos, confundidos y cegados, se dispersaron en completo desorden. 31Pasaron a espada a veinte mil quinientos soldados y a seiscientos jinetes.
32El mismo Timoteo huyó a la fortaleza llamada Gazara, perfectamente protegida, donde estaba de estratega Quereas. 33Los compañeros del Macabeo asediaron con ardor la fortaleza durante cuatro días. 34Los de dentro, confiados en la fortificación del lugar, blasfemaban sobremanera y proferían palabras impías. 35Al despuntar el quinto día, veinte jóvenes de los que acompañaban al Macabeo, con los ánimos encendidos por las blasfemias, se lanzaron valientemente sobre la muralla y, con furor salvaje, empezaron a matar a los que se ponían delante. 36De modo semejante, otros, subiendo en medio de la confusión contra los de dentro, prendieron fuego a las torres y, encendiendo hogueras, quemaban vivos a los blasfemos. Otros rompieron las puertas y, dejando entrar al resto del ejército, tomaron la ciudad. 37Mataron a Timoteo, que se había escondido en un pozo de agua, a su hermano Quereas y a Apolófanes.
38Después de realizar todo esto, bendecían con himnos y alabanzas al Señor que otorgaba dones tan grandes a Israel y les había dado la victoria.
112 M1Tras un brevísimo espacio de tiempo, Lisias, tutor del rey y pariente suyo, encargado del gobierno, muy disgustado por lo sucedido, 2reunió alrededor de ochenta mil hombres con toda la caballería y marchó contra los judíos con el propósito de hacer de la ciudad una residencia para los griegos, 3imponer tributo al Templo lo mismo que a los demás santuarios de los gentiles y poner en venta cada año el sumo sacerdocio. 4No pensaba en absoluto en el poder de Dios, sino que estaba ensoberbecido por las miríadas de infantería, los millares de caballería y los ochenta elefantes.
5Entrando en Judea, llegó cerca de Bet–Sur, una plaza fuerte que distaba unos cinco estadios de Jerusalén, y la asedió. 6Cuando los compañeros del Macabeo recibieron la noticia de que aquél tenía cercada la fortaleza, a una con la multitud, comenzaron a suplicar con lamentos y lágrimas al Señor que enviase un ángel bueno para la salvación de Israel. 7El mismo Macabeo, ciñéndose el primero las armas, exhortaba a los demás a que afrontaran con él el peligro de ir a ayudar a sus hermanos. Y juntos salieron al ataque con gran ardor. 8Allí mismo, cuando estaban cerca de Jerusalén, apareció un jinete con vestiduras blancas que se puso al frente de ellos blandiendo armas de oro. 9Todos a la vez bendijeron al Dios misericordioso y fortalecieron sus ánimos, dispuestos a destrozar no sólo a hombres sino a las fieras más salvajes e incluso a murallas de hierro. 10Avanzaban en formación con un aliado bajado del cielo, pues el Señor se había apiadado de ellos. 11Arrojándose como leones sobre los enemigos derribaron a once mil soldados y a mil seiscientos jinetes, y obligaron a huir a todos. 12La mayor parte de éstos, heridos y desnudos, consiguieron salvarse; y el mismo Lisias pudo salvarse huyendo vergonzosamente.
13Como no le faltaba inteligencia, reflexionando consigo mismo sobre la derrota que había sufrido y, comprendiendo que los hebreos eran invencibles, ya que luchaba con ellos el Dios poderoso, 14envió una embajada y les convenció de que él llegaría a un acuerdo en todo aquello que fuese justo, y de que convencería también al rey, forzándole a ser amigo de ellos.
15El Macabeo, buscando lo que era más conveniente, accedió a todo lo que pedía Lisias. De hecho, todo cuanto el Macabeo solicitó por escrito a Lisias sobre los judíos, el rey lo concedió.
16Las cartas escritas a los judíos de parte de Lisias tenían este contenido:
«Lisias al pueblo de los judíos: saludos. 17Juan y Absalón, enviados por ustedes, han entregado la resolución escrita a continuación y solicitan respuesta sobre lo indicado en ella. 18Cuanto convenía presentar al rey, lo he expuesto, y lo que era aceptable él lo ha concedido. 19Si mantienen, pues, buena disposición hacia los intereses del reino, en adelante intentaré conseguirles bienes. 20He ordenado a ellos y a los míos que traten sobre estos puntos y sus detalles con ustedes. 21Sigan bien. Año ciento cuarenta y ocho, a veinticuatro del mes de Zeus Corinto».
22La carta del rey contenía lo siguiente:
«El rey Antíoco a su hermano Lisias: saludos. 23Habiéndose trasladado nuestro padre junto a los dioses, y deseando nosotros que quienes pertenecen al reino puedan dedicarse con tranquilidad al cuidado de sus propias cosas, 24después de haber oído que los judíos no están de acuerdo con el cambio a las costumbres griegas ordenado por mi padre, sino que, prefiriendo su propio modo de vida, piden mantener entre ellos sus propias leyes, 25deseosos, pues, de que también esta nación esté libre de inquietudes, decretamos que les sea restituido el Templo y que se rijan según las costumbres de sus antepasados. 26Harás pues bien en enviarles mensajeros y en darles la mano derecha, de forma que, conociendo ellos nuestra decisión, estén contentos y se dediquen gustosamente al cuidado de sus propias cosas».
27La carta del rey a la nación era ésta:
«El rey Antíoco al consejo de ancianos de los judíos y a todos los demás judíos: saludos. 28Si siguen bien, es lo que deseamos; también nosotros tenemos salud. 29Menelao nos ha manifestado que desean volver y llegar a estar con los suyos. 30Así pues, a los que se pongan en viaje hasta el día treinta del mes de Xántico se les tenderá la mano derecha con garantía de seguridad, 31de modo que los judíos puedan hacer uso de sus propios alimentos y leyes como antes, y ninguno de ellos sufrirá molestias por este tipo de cosas que han sido ya ignoradas. 32También he enviado a Menelao para que los reconforte. 33Sigan bien. Año ciento cuarenta y ocho, a quince del mes de Xántico».
34También los romanos les enviaron una carta que contenía lo siguiente:
«Quinto Memio y Tito Manio, legados de los romanos, al pueblo de los judíos: saludos. 35Sobre lo que Lisias, el pariente del rey, les ha concedido nosotros también estamos de acuerdo. 36Sobre los asuntos que él decidió exponer al rey, enviennos a alguien en cuanto los hayan examinado, para que los presentemos como les conviene, pues nosotros nos dirigimos a Antioquía. 37Por tanto, dense prisa y envien a algunos para que conozcamos qué opinión tienen. 38Que tengan salud. Año ciento cuarenta y ocho, a quince del mes de Xántico».
122 M1Hechos estos acuerdos, Lisias volvió junto al rey, mientras los judíos se dedicaban al cultivo de la tierra. 2Pero algunos de los estrategas de aquella región, Timoteo y Apolonio, hijo de Genneo, y también Jerónimo y Demofonte, y además de ellos Nicanor, el jefe de los chipriotas, no les dejaban vivir tranquilos ni trabajar en paz.
3Los habitantes de Jope perpetraron esta gran crueldad. Invitaron a los judíos que vivían entre ellos a subir, con mujeres y niños, a las barcas que habían preparado, como si no existiera ninguna mala predisposición contra ellos, 4de acuerdo con un decreto público de la ciudad. Ellos aceptaron puesto que querían vivir en paz y no tenían ninguna sospecha; entonces los llevaron a alta mar y los hundieron, siendo éstos no menos de doscientos.
5Al enterarse Judas de la crueldad cometida con sus compatriotas, lo comunicó a los hombres que le rodeaban, 6y tras invocar a Dios, juez justo, marchó contra los asesinos de sus hermanos. Por la noche incendió la posición, quemó las naves y mató a espada a los que se habían refugiado allí. 7Como la ciudad estaba cerrada se retiró con intención de volver de nuevo y exterminar a toda la población de Jope. 8Pero enterándose de que también los habitantes de Yamnia querían proceder del mismo modo con los judíos residentes allí, 9atacó también de noche a los yamnitas e incendió el puerto con la flota, de forma que el resplandor de las llamas llegaba hasta Jerusalén que dista doscientos cuarenta estadios.
10Cuando se habían alejado de allí nueve estadios emprendiendo la marcha contra Timoteo, le atacaron unos árabes, en número no inferior a cinco mil, más quinientos jinetes. 11Se produjo una durísima batalla, y los compañeros de Judas salieron victoriosos con la ayuda de Dios; los nómadas derrotados pedían que Judas les tendiera la mano derecha y prometían darle ganado y serle útiles en el futuro. 12Judas, comprendiendo que verdaderamente podrían ser útiles en muchas cosas, accedió a hacer la paz con ellos y, tras aceptar la mano derecha, se marcharon a sus tiendas.
13Atacó también a una ciudad protegida con terraplenes y rodeada de murallas, habitada por gentiles de toda raza, de nombre Caspín. 14Los de dentro, confiados en la seguridad de las murallas y en el aprovisionamiento de víveres, trataban de modo insolente a los hombres de Judas, insultándoles e incluso blasfemando y diciendo cosas que no se pueden permitir. 15Los compañeros de Judas, tras invocar al gran soberano del mundo que sin arietes ni máquinas ingeniosas había hecho caer a Jericó en tiempos de Josué, se lanzaron como fieras contra la muralla. 16Habiendo tomado la ciudad por voluntad de Dios, llevaron a cabo matanzas inenarrables, de manera que el lago adyacente, que tenía dos estadios de ancho, parecía rebosar de sangre.
17Alejándose de allí setecientos cincuenta estadios llegaron a Carax, donde estaban los judíos llamados tubianos. 18No encontraron por allí a Timoteo que, sin emprender ninguna acción, se había retirado de aquel lugar dejando de vigilancia una guarnición muy fuerte en cierto lugar. 19Dositeo y Sosípatro, jefes de los compañeros del Macabeo, salieron en una expedición y mataron a los que había dejado Timoteo en la guarnición, más de diez mil hombres. 20El Macabeo organizó el ejército que llevaba en batallones, puso a aquellos dos al frente de todo, y se dirigió contra Timoteo, que tenía con él ciento veinte mil hombres de infantería y dos mil quinientos de caballería. 21Cuando Timoteo se enteró de la llegada de Judas, envió por delante a las mujeres y niños, con el resto del bagaje, al lugar llamado Carnión, pues era una posición inexpugnable e inaccesible debido a la angostura del lugar.
22Al aparecer el primer batallón de Judas, el pánico y el terror se apoderaron de los enemigos, por la manifestación frente a ellos de Aquel que ve todas las cosas. Se dieron a la fuga yendo cada uno por su lado, de modo que muchas veces eran heridos incluso por los suyos, y atravesados por las puntas de sus espadas. 23Judas emprendió la persecución con toda energía, derribando a aquellos impíos y matando hasta treinta mil hombres. 24El mismo Timoteo, habiendo caído en poder de los hombres de Dositeo y Sosípatro, suplicaba con mucha astucia que le dejaran marchar sano y salvo, ya que tenía en su poder a los padres de muchos de ellos y a los hermanos de otros, de forma que, si no lo hacían, éstos serían tratados sin miramientos. 25Y, habiendo garantizado con muchas palabras la solemne promesa de devolver a aquéllos sin daño alguno, le soltaron por causa de la salvación de los hermanos.
26Después Judas salió contra Carnión y el templo de Atargatis, y pasó a espada a veinticinco mil hombres. 27Tras la derrota y destrucción de éstos, avanzó sobre Efrón, ciudad fortaleza en la que habitaba una multitud de todas las razas. Jóvenes fuertes apostados delante de las murallas luchaban valientemente, y dentro había grandes preparativos de máquinas y de proyectiles. 28Tras invocar al Soberano que destruye con poder las fuerzas de sus enemigos, tomaron la ciudad en sus manos, y mataron a veinticinco mil de los que estaban dentro.
29Partiendo de allí se dirigieron hacia la ciudad de los escitas, distante de Jerusalén seiscientos estadios. 30Como testimoniaran los judíos residentes allí que los ciudadanos escitas tenían buena disposición hacia ellos, y que su comportamiento había sido pacífico en los momentos de adversidad, 31les dieron las gracias y les exhortaron a que también en lo sucesivo fueran benevolentes con los de su raza. Después se dirigieron a Jerusalén pues estaba cercana la fiesta de las Semanas.
32Después de esta fiesta, llamada Pentecostés, marcharon contra Gorgias, el estratega de Idumea. 33Éste salió con tres mil hombres de infantería y cuatrocientos de caballería. 34Entrados en combate sucedió que cayeron unos pocos judíos. 35Cierto Dositeo, de los hombres de Baquenor, soldado de caballería y valiente, se agarró a Gorgias y sujetando su clámide lo arrastraba con fuerza, queriendo apresar con vida al maldito. Pero uno de los jinetes tracios se abalanzó sobre él y le amputó el brazo, y Gorgias huyó a Marisá. 36Puesto que los hombres de Esdrías estaban luchando desde hacía mucho tiempo y se encontraban exhaustos, Judas invocó al Señor para que se mostrara como aliado y guía en la batalla; 37y, tras lanzar en la lengua patria el grito de guerra que acompañaba a los himnos, se precipitó inesperadamente contra los que rodeaban a Gorgias y los puso en fuga.
38Después Judas reunió el ejército y se fue a la ciudad de Odolam. Llegado el día séptimo se purificaron según la costumbre y allí celebraron el sábado. 39Al día siguiente, cuando el tiempo ya urgía, fueron los compañeros de Judas a trasladar los cuerpos de los que habían caído y, acompañados de sus familiares, a colocarlos en los sepulcros de la familia. 40Pero debajo de las túnicas de cada uno de los muertos encontraron objetos sagrados pertenecientes a los ídolos de Yamnia que la Ley prohíbe a los judíos. Se hizo evidente a todos que aquellos habían caído por esta causa.
41Entonces, todos, después de alabar los designios del Señor juez justo que hace manifiestas las cosas ocultas, 42recurrieron a la oración pidiendo que el pecado cometido fuese completamente perdonado. El valeroso Judas exhortó a la multitud a mantenerse sin pecado, tras haber contemplado con sus ojos lo sucedido por el pecado de los que habían caído. 43Y, haciendo una colecta entre sus hombres de hasta dos mil dracmas de plata, la envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando recta y noblemente al pensar en la resurrección. 44Porque si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarían, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. 45Pero si pensaba en la bellísima recompensa reservada a los que se duermen piadosamente, su pensamiento era santo y devoto. 46Por eso hizo el sacrificio expiatorio por los difuntos, para que fueran perdonados sus pecados.
132 M1El año ciento cuarenta y nueve llegó a los hombres de Judas la noticia de que Antíoco Eupátor avanzaba con muchísima gente contra Judea, 2y que con él venía Lisias, su tutor y encargado del gobierno, conduciendo cada uno una fuerza griega de ciento diez mil hombres de infantería, cinco mil trescientos de caballería, veintidós elefantes y trescientos carros armados con hoces.
3A éstos se les había unido también Menelao, que aconsejaba con mucha astucia a Antíoco, no para la salvación de la patria, sino pensando ser restablecido en el poder. 4Pero el Rey de reyes excitó la ira de Antíoco contra aquel impío, y después de que Lisias sugiriera que aquél era el causante de todos los males, ordenó que lo condujeran a Berea y le dieran muerte según las costumbres del lugar. 5Hay allí una torre de cincuenta codos llena de ceniza con un mecanismo giratorio que hace que desde cualquier parte caiga uno a la ceniza. 6Al culpable de sacrilegio o de otros delitos muy notorios, todos lo empujan hacia allí para su muerte. 7De este modo le tocó morir al transgresor de la Ley, Menelao, sin obtener enterramiento.
8Fue del todo justo que el que había cometido muchos pecados contra el altar, cuyo fuego y cenizas eran santos, encontrara la muerte en la ceniza.
9El rey avanzaba albergando sentimientos bárbaros y dispuesto a hacer probar a los judíos cosas peores que las que habían sucedido en tiempos de su padre.
10Cuando se enteró de esto, Judas ordenó al pueblo que invocase día y noche al Señor para que, como otras veces, también ahora ayudase a los que estaban a punto de ser privados de la Ley, de la patria y del lugar santo, 11y para que no permitiera que el pueblo, que había comenzado a respirar hacía muy poco tiempo, cayera en manos de los infames gentiles.
12Todos lo hicieron al unísono, y durante tres días suplicaron ininterrumpidamente al Señor misericordioso con gemidos, ayunos y postraciones; después Judas les exhortó y les mandó que estuviesen preparados. 13Reuniéndose a solas con los ancianos decidió que debían salir y resolver las cosas con la ayuda de Dios, antes de que el ejército del rey invadiera Judea y se hicieran dueños de la ciudad. 14Después de dejar la resolución al Creador del mundo, y exhortar a los suyos a luchar noblemente hasta la muerte por las leyes, el Templo, la ciudad, la patria y la ciudadanía, puso el campamento en Modín. 15Dio a los que le rodeaban la contraseña: «Victoria de Dios», y, con los jóvenes considerados como los mejores, se lanzó de noche contra el recinto de la tienda real y mató a dos mil hombres, y también atravesó al mayor de los elefantes al tiempo que al hombre que estaba en la caseta. 16Por último llenaron el recinto de terror y confusión, y se fueron con buen éxito. 17Al despuntar el día ya se había hecho todo esto, gracias a la ayuda del Señor que le había sido otorgada.
18El rey, después de haber experimentado la valentía de los judíos, intentó atacar las posiciones sistemáticamente. 19Marchó contra Bet–Sur, fortaleza judía bien protegida, pero fue rechazado; atacó de nuevo pero fue derrotado. 20Judas enviaba a los de dentro todo lo necesario. 21Desde las filas judías Rodoco reveló los secretos a los enemigos; se le buscó, fue detenido y encarcelado. 22El rey volvió a hablar con los de Bet–Sur, les tendió la mano derecha, aceptó la de ellos y se alejó; atacó a los compañeros de Judas, pero resultó derrotado.
23Entonces se enteró de que Filipo, al que había dejado al frente de las tareas de gobierno, se había rebelado en Antioquía, y quedó desconcertado. Así que convocó a los judíos, se sometió y prestó juramento sobre todo lo que era justo; se reconcilió y ofreció un sacrificio; honró el Templo y mostró benevolencia hacia el Santuario; 24recibió al Macabeo, y dejó a Hegemónidas como estratega desde Tolemaida hasta la región de los guerrenos. 25Llegó a Tolemaida, pero los habitantes de Tolemaida estaban descontentos de aquellos acuerdos, pues se habían irritado por ellos y querían dejar los pactos sin efecto. 26Lisias subió a la tribuna, se defendió convenientemente, los convenció, los calmó, y partió hacia Antioquía. Así se desarrolló lo referente a la llegada y retirada del rey.
142 M1Tras un período de tres años llegó a los compañeros de Judas la noticia de que Demetrio, hijo de Seleuco, había atracado en el puerto de Trípoli con muchísima gente armada y una flota, 2y que se había apoderado de la región después de haber eliminado a Antíoco y a su tutor Lisias. 3Un tal Alcimo, que había sido sumo sacerdote y que se había contaminado voluntariamente en tiempos de la sedición, considerando que no iba a tener salvación de ninguna manera, ni acceso ya al altar santo, 4hacia el año ciento cincuenta y uno fue al rey Demetrio llevándole una corona de oro, una palma, y los tradicionales ramos de olivo del Templo; y aquel día guardó silencio. 5Pero aprovechando el momento propicio a su propia insensatez, al ser llamado al consejo por Demetrio y preguntado sobre qué disposición e intenciones tenían los judíos, contestó lo siguiente:
6—Los judíos llamados asideos, a los que dirige Judas Macabeo, alientan la guerra y crean sedición, no dejando que el reino consiga tranquilidad. 7Por eso, yo, despojado de la dignidad hereditaria —me refiero al sumo sacerdocio— he venido ahora aquí, 8en primer lugar, movido sinceramente por los intereses del rey y, en segundo lugar, preocupado por mis propios compatriotas, pues por la irreflexión de los antes mencionados toda nuestra raza está no poco empobrecida. 9Una vez que ya sabes todas estas cosas, tú, oh rey, vela por la región y por toda nuestra raza amenazada, de acuerdo con la generosa benevolencia que tienes con todos, 10pues, mientras Judas siga estando presente, es imposible que las cosas vayan en paz.
11Después de que éste pronunciara tales palabras, enseguida el resto de sus amigos contrarios a Judas encendieron a Demetrio todavía más. 12Inmediatamente éste designó a Nicanor, que estaba al mando de los elefantes, y nombrándole estratega de Judea, lo envió 13con órdenes de eliminar a Judas, de dispersar a los que estaban con él y de reponer a Alcimo como sumo sacerdote del Templo más excelso. 14Los gentiles de Judea que habían huido ante Judas se unieron en masa a Nicanor, pensando que las desgracias y calamidades de los judíos serían ventajas para ellos.
15Cuando oyeron hablar de la llegada de Nicanor y de la reacción conjunta de los gentiles, se cubrieron de polvo y comenzaron a rezar al que por los siglos ha establecido a su pueblo y protege siempre a su heredad con sus manifestaciones. 16El jefe se puso al frente y, partiendo de allí, inmediatamente se enfrentó con ellos junto a la aldea de Desáu. 17Simón, el hermano de Judas, ya había atacado a Nicanor, pero al final había quedado derrotado a causa de una imprevista aparición silenciosa de los enemigos.
18Sin embargo, habiendo oído Nicanor la bravura que tenían los compañeros de Judas y su valentía en los combates por la patria, tuvo miedo de resolver la situación por la sangre. 19Por eso envió a Posidonio, a Teodoro y a Matatías a ofrecer y aceptar la mano derecha.
20Tras hacer un detallado análisis de aquellas propuestas, y haberlo comunicado el jefe a la tropa, como se vio que la opinión era unánime, accedieron a las propuestas de paz. 21Determinaron el día en el que irían a solas al mismo lugar; acudió un carro de cada parte, y colocaron unos asientos. 22Judas puso hombres armados situados en los lugares estratégicos, no fuera que se produjera de repente alguna mala acción por parte de los enemigos; pero tuvieron la reunión con armonía. 23Nicanor se entretuvo en Jerusalén sin hacer nada impropio, y despidió a la multitud que se había unido a él en tropel. 24Continuamente tenía a Judas en su presencia, pues se sentía inclinado afectuosamente a este hombre. 25Le exhortó a que se casara y tuviese hijos. Judas se casó, tuvo tranquilidad, y disfrutó de la vida.
26Alcimo, viendo el buen entendimiento entre ellos, tomó los tratados de paz establecidos y fue a Demetrio. Le contó que Nicanor tenía sentimientos contrarios a los intereses del gobierno, pues había designado como sucesor suyo a Judas, el conspirador contra el reino. 27El rey se puso furioso y se irritó a causa de las acusaciones de aquel perverso; luego escribió a Nicanor diciéndole que estaba muy descontento de los tratados, y ordenándole que inmediatamente enviara preso a Antioquía al Macabeo.
28Cuando le llegaron las órdenes, Nicanor quedó confuso y se sentía disgustado de tener que incumplir lo acordado, sin que aquel hombre hubiese hecho nada injusto. 29Puesto que no era posible obrar en contra del mandato del rey, buscaba el momento oportuno para llevarlo a cabo con alguna estratagema. 30Pero el Macabeo, observando que Nicanor se comportaba con él de forma más fría, y que el trato acostumbrado se volvía más áspero, dándose cuenta de que aquella frialdad no provenía de nada bueno, reunió a no pocos de los suyos y se ocultó de Nicanor. 31Éste, comprendiendo que aquel hombre le había tomado noblemente la delantera, se presentó en el Templo más excelso y santo mientras los sacerdotes ofrecían los sacrificios prescritos, y ordenó que le entregaran a aquel hombre. 32Como afirmaran con juramento que no sabían dónde estaba el que buscaba, 33extendiendo la mano derecha hacia el Templo, juró esto:
—Si no me entregan preso a Judas arrasaré este Santuario de Dios, destruiré el altar y ahí levantaré un templo a Dionisos Epífanes.
34Tras decir esto se marchó. Los sacerdotes, levantando las manos hacia el cielo, invocaban al que en todo momento es defensor de nuestro pueblo, diciendo así:
35—Tú, Señor de todas las cosas, que no tienes necesidad de nada, te has complacido en que el Templo de tu morada esté entre nosotros. 36Ahora, oh Santo, Señor de toda santidad, guarda para siempre incontaminada esta Casa que ha sido purificada hace poco.
37Razías, uno de los ancianos de Jerusalén, fue denunciado a Nicanor. Era un hombre amante de la ciudad y gozaba de muy buena fama; por su bondad era llamado: «Padre de los judíos». 38En los tiempos anteriores a la sublevación, había sido llevado a juicio a causa del judaísmo, y había arriesgado constantemente cuerpo y alma en favor del judaísmo. 39Queriendo Nicanor demostrar el odio que tenía a los judíos, envió a más de quinientos soldados para apresarlo, 40pues pensaba que, apresándole a él, recaía una desgracia sobre aquéllos.
41Cuando aquella chusma estaba a punto de tomar la torre, forzando la puerta del patio y ordenando traer fuego y quemar las puertas, él, al encontrarse rodeado por todas partes, se clavó la espada en el vientre, 42prefiriendo morir noblemente antes que caer en manos de los impíos y recibir injurias indignas de su nobleza. 43Pero no habiendo acertado el golpe por la rapidez de la lucha, mientras las tropas se precipitaban dentro de las puertas, él subió corriendo audazmente a la muralla y se precipitó con valentía hacia las tropas. 44Al apartarse ellos a toda prisa, se produjo un hueco y cayó en medio del espacio vacío. 45Respirando todavía y con el ánimo encendido, se levantó, mientras la sangre le fluía a borbotones por ser gravísimas sus heridas y, atravesando las tropas a toda prisa, se puso de pie sobre una piedra escarpada. 46Estando ya desangrado del todo, se arrancó los intestinos y, tomándolos con las dos manos, los arrojó a las tropas e invocó al Dueño de la vida y del espíritu que se los devolviera de nuevo; y de esta forma murió.
152 M1Nicanor, al tener noticia de que los compañeros de Judas estaban en las regiones de Samaría, decidió atacarlos con toda firmeza durante el día del descanso. 2Los judíos que le acompañaban a la fuerza le dijeron:
—No mates de manera tan salvaje y bárbara; muestra respeto al día que ha sido honrado de modo tan especial con santidad por el que ve todas las cosas.
3Pero el tres veces impío preguntó si había en el cielo un Poderoso que hubiera establecido celebrar el día del sábado. 4Al responder ellos: «El mismo Señor viviente, poderoso en el cielo, es el que ordenó honrar el día séptimo», 5dijo el otro: «Pues yo soy poderoso en la tierra, el que ordena tomar las armas y llevar a cabo las empresas del rey». Sin embargo, no consiguió llevar a término su cruel decisión.
6Nicanor, con la cabeza erguida rebosante de soberbia, había pensado erigir un trofeo público a costa de los compañeros de Judas. 7El Macabeo, en cambio, tenía constantemente la seguridad, apoyada en una esperanza del todo firme, de recibir auxilio del Señor, 8y exhortaba a los que estaban con él a que no tuvieran miedo ante la llegada de los gentiles, sino que, recordando las ayudas que les habían venido del cielo, esperaran ahora la victoria que les vendría del Todopoderoso. 9Refiriéndoles las palabras de la Ley y de los Profetas les hacía recordar, al mismo tiempo, los combates que habían llevado a cabo con éxito, y los dejó más animados. 10Levantados sus ánimos les expuso, y les hizo ver con argumentos, la falacia de los gentiles y la violación de los juramentos. 11Y después de haber armado a cada uno de ellos no tanto con la fortaleza de los escudos y de las lanzas, cuanto con la exhortación de las buenas palabras, les contó un sueño digno de crédito con el que alegró a todos muchísimo.
12Ésta fue su visión:
Onías, el que fuera sumo sacerdote, hombre bueno y honrado, modesto en su comportamiento, de carácter afable, que empleaba correctamente las palabras y desde niño se había ejercitado en todo lo pertinente a la virtud, extendiendo las manos oraba por todo el pueblo judío. 13Después apareció igualmente otro hombre que se distinguía por sus canas y su dignidad; y la majestad que le rodeaba era admirable y grandiosa. 14Onías tomó la palabra y dijo:
—Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora tanto por el pueblo y la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios.
15Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó una espada de oro a Judas diciendo al dársela:
16—Toma esta espada santa, don de Dios, con la que destruirás a los enemigos.
17Exhortados por las palabras de Judas, bellísimas y capaces de mover a la virtud y de robustecer las almas de los jóvenes, decidieron que no debían permanecer en el campamento, sino lanzarse noblemente y atacar con toda valentía para resolver la situación, puesto que corrían peligro la ciudad, las cosas santas y el Templo. 18Pues el temor por las mujeres y niños, e incluso por los hermanos y familiares, quedaba para ellos en segundo lugar, siendo el Templo consagrado el mayor y principal temor. 19Los que habían quedado en la ciudad tenían una angustia no menor, intranquilos por el combate en campo abierto.
20Cuando ya todos estaban esperando el desenlace que se iba a producir, y ya se habían congregado los enemigos y organizado el ejército, con las bestias apostadas en el lugar estratégico y dispuesta la caballería a los lados, 21viendo el Macabeo la presencia de aquellas multitudes, las variadas formas de las armas y la ferocidad de las bestias, levantó las manos hacia el cielo e invocó al Señor hacedor de prodigios, sabiendo que no es por las armas, sino según haya decidido Él, como se otorga la victoria a los que son dignos. 22Habló entonces suplicando de este modo:
—Tú, Señor, que en tiempos de Ezequías, rey de Judea, enviaste a tu ángel e hizo perecer hasta ciento ochenta y cinco mil del campamento de Senaquerib, 23envía ahora, Soberano de los cielos, un ángel bueno delante de nosotros para infundir miedo y temblor. 24Que por la fuerza de tu brazo sean heridos los que han venido con blasfemias contra tu pueblo santo.
Y con estas palabras terminó.
25Los que acompañaban a Nicanor avanzaban entre el sonar de trompetas y cantos de guerra, 26mientras que los que estaban con Judas se enfrentaron a los enemigos entre invocaciones y oraciones. 27Luchando con las manos, pero orando a Dios en sus corazones, abatieron a no menos de treinta y cinco mil, alegrándose muchísimo por aquella manifestación divina.
28Terminada la hazaña, al volver con alegría, reconocieron a Nicanor caído con todas sus armas. 29Se produjo un gran clamor y estrépito, y comenzaron a alabar al Soberano en su lengua patria. 30El que había luchado siempre el primero con cuerpo y alma en favor de los ciudadanos, y había dedicado a su pueblo la generosidad de su juventud, mandó cortarle a Nicanor la cabeza y el brazo por el hombro, y se los llevó a Jerusalén. 31Cuando llegó allí, convocando a sus compatriotas y a los sacerdotes, puesto de pie delante del altar, mandó llamar a los de la Ciudadela, 32y mostrando la cabeza del pérfido Nicanor y la mano que aquel infame, jactándose, había extendido contra la Casa Santa del Todopoderoso, 33cortó la lengua del impío Nicanor y dijo que la arrojaran a trozos a las aves, y que se colgara delante del Templo la recompensa de su locura.
34Todos, mirando al cielo, bendecían al Señor que se había manifestado, y decían:
—Bendito el que ha guardado incontaminado su Templo santo.
35Colgó la cabeza de Nicanor en la Ciudadela como signo evidente y visible de la ayuda del Señor. 36Y todos decretaron por común decisión que de ningún modo quedase ese día sin ser celebrado, sino que fuese conmemorado el día trece del mes decimoctavo —que en la lengua siríaca se llama Adar—, el día precedente al día de Mardoqueo.
37Así se desarrollaron las cosas referentes a Nicanor, y, puesto que desde aquel tiempo la ciudad está en poder de los hebreos, yo también terminaré aquí la narración. 38Si la composición ha quedado bella y bien compuesta, eso es lo que yo quería; si resulta de poco valor y mediocre, esto es lo que he podido hacer.
39Así como beber vino solo —lo mismo que el agua sola— es perjudicial, mientras que el vino mezclado con agua es saludable y tiene un agradable sabor, así también la distribución del relato agrada los oídos de los que llegan a leer la composición. Y que aquí sea el final.