COMENTARIO

 2 M 10,1-8 

Con la narración de este hecho el autor de 2 M cumple una parte de lo que se proponía escribir (2,19) y fundamenta el contenido de las cartas introducidas al comienzo de su obra (1,1-2,18). La purificación del Templo tuvo lugar el 15 de diciembre del año 164 a.C. En 1 M 4,36-61 encontramos una exposición más amplia del mismo hecho. En contraste, en 2M se menciona el fuego nuevo con el que se reanudan los sacrificios.

Aunque Dios no había hecho bajar fuego del cielo como en otros tiempos (cfr 1,19-22; 2,10-11), el fuego que ahora se emplea no es un fuego profano, que hubiera hecho inválido el sacrificio (cfr Lv 10,1). Algunas características de la nueva fiesta se parecen a las de la fiesta de los Tabernáculos que se celebraba unos dos meses antes, pero que aquel año ellos no habían podido celebrar. De 1 M 1,54; 4,52 se deduce que fueron tres años y no dos los que pasaron sin ofrecer sacrificios.

La reanudación del culto en el Templo era signo de que Dios seguía protegiendo a su pueblo y de que estaba a punto de cumplir sus promesas (cfr 2,18). En efecto, el lector cristiano del libro sabe que entonces comienza la última etapa del culto en el Templo de Jerusalén, pues éste será superado con el culto «en espíritu y verdad» (cfr Jn 4,23) instaurado por nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, la destrucción definitiva del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C. no significa que Dios haya abandonado a su pueblo, sino sencillamente que aquel Templo había dejado de ser el lugar de la especial presencia de Dios.

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