COMENTARIO
Antíoco V, hijo de Antíoco IV (cfr 9,25), comenzó a reinar el año 164 a.C. y lo hizo hasta el 161 a.C. (cfr 14,1). Como se desprende del suicidio de Tolomeo Macrón —distinto del Tolomeo que aparece en 4,45 y 8,8—, en la corte del rey de Siria existían actitudes muy diversas sobre el modo de tratar a los judíos. A pesar de la «conversión» final de Antíoco IV (cfr 9,11-17), siguió imponiéndose la actitud más dura. Por eso Judas tuvo que seguir luchando hasta conseguir, con la ayuda de Dios, la plena libertad del pueblo.
Para mostrar esto último, el autor de 2 M, o su fuente, sitúa en este momento episodios que en realidad sucedieron antes de la muerte de Antíoco IV y de la purificación del Templo. En efecto, Lisias ya había sido puesto antes al frente del gobierno por Antíoco IV (cfr 1 M 3,32-33), y las batallas aquí narradas contra Gorgias y los idumeos (vv. 14-23), así como la primera campaña de Lisias que se contará después (11,1-12), ya se habían dado en tiempos de Antíoco IV (cfr 1 M 3,38-41; 4,26-35). El autor de 2M retrasa estos hechos, mezclándolos con otros incidentes, como quizá el narrado en los versículos 24-31, porque quiere que el lector entienda que el tratado de paz y la retirada del rey de Siria fueron efecto de las victorias de Judas, mientras que la purificación del Templo había sido consecuencia sobre todo de la intervención de Dios, que había castigado a Antíoco IV (cfr cap. 9). El cambio de orden de los hechos importa menos al autor del libro, si con ello resulta una narración en la que quedan reflejadas por una parte la acción de Dios, que permitió la purificación del Templo, y, por otra, las victorias de Judas, que consiguieron la libertad de la patria.
Por esos motivos el hagiógrafo tampoco tiene inconveniente en adelantar a este momento, quizá por afinidad temática, otros sucesos que ocurrieron más tarde, como, posiblemente, la toma de la fortaleza de Gazara (cfr 1 M 13,43-48) y la muerte de Timoteo (vv. 32-37), el cual vuelve a aparecer otra vez vencido por Judas en Galaad (cfr 2 M 12,1-25).
A lo largo de tales sucesos se vuelven a poner de relieve la piedad de Judas y los suyos, la soberbia de los enemigos confiados en sus propias fuerzas, y la ayuda que Dios presta a los judíos, manifestada en apariciones celestes que contribuyen a darles la victoria.