COMENTARIO

 2 M 12,38-46 

Aquellos soldados habían muerto en batalla debido a su pecado (v. 40), y por eso todos oran (v. 42) y Judas manda ofrecer un sacrificio expiatorio por el pecado (v. 43). Estos hechos, en sí mismos, podían no significar otra cosa que la voluntad de aplacar a Dios para que el castigo de aquel pecado no recayera sobre el pueblo (cfr Jos 7,1). Pero el hagiógrafo da una interpretación más profunda y exacta: que Judas, al igual que aquellos siete hermanos mártires y su madre (cfr cap. 7), creía en la resurrección futura de los que morían por la causa del judaísmo. En el texto queda resaltado que también Judas compartía esa fe (v. 44), y por ello es presentado como hombre piadoso y como ejemplo para los demás. La Iglesia, profundizando en esa doctrina a la luz de las enseñanzas del Señor, afirmó desde su inicio la fuerza de la comunión de los santos y la especial conveniencia de la oración por los difuntos: «La Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo, y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios por ellos, “porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados” (2 M 12,46). Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado un supremo testimonio de fe y de amor con el derramamiento de su sangre, nos están íntimamente unidos; a ellos, junto con la Bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, profesó peculiar veneración e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 50).

El ofrecer aquel sacrificio, y las súplicas por los que habían muerto, significa para el autor sagrado no sólo la esperanza en la resurrección, sino la convicción de que es posible una purificación personal del pecado después de la muerte, y de que las oraciones y sacrificios por los difuntos son eficaces para esa purificación. Es lo que la Iglesia cree cuando afirma la existencia del Purgatorio y el valor expiatorio de los sacrificios por los difuntos. «Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cfr DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1032).

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