COMENTARIO

 2 M 15,12-16 

Tanto Onías como Jeremías son personajes significativos en relación a la situación que está atravesando en ese momento el pueblo. Onías con su oración había evitado el expolio del Templo (cfr 3,16-19.20-21). Jeremías había orado (cfr Jr 11,20) y después había llorado sobre Jerusalén, y había prometido de parte de Dios la restauración de Judá (cfr Jr 30,1-31,26; 2 M 2,1-18). Además, Onías, como sacerdote, representa a la Ley, y Jeremías a los Profetas.

El sueño de Judas es «digno de crédito» (v. 11) porque el autor sagrado cree firmemente que los justos que han muerto prestan su ayuda a los vivos intercediendo por éstos ante Dios (vv. 12.14) y capacitándolos para la lucha (v. 15). Esta enseñanza se corresponde con la de 12,38-45 sobre la ayuda que los vivos pueden prestar también a los que han muerto. Esta intercomunicación entre los vivos y los difuntos es afirmada y vivida en la Iglesia mediante la comunión de los santos. La tradición cristiana ha visto en este texto uno de los ejemplos en los que a la oración hecha en la tierra se une la intercesión de Jesucristo, la de los ángeles y la de los santos: «Pero no es sólo el Pontífice el que se une a la oración de los que oran debidamente, sino también los ángeles que se alegran en el cielo más por el pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no precisan de ella; y del mismo modo también las almas de los santos que ya descansaron. (…) Según se lee en el libro de los Macabeos, Jeremías se apareció destacándose por la blancura de sus cabellos y por su gloriosa dignidad, nimbado de admirable y magnífica majestad… y extendía su diestra y entregaba a Judas una espada de oro. Era Jeremías, de quien otro santo que ya había muerto testimonió: “Este es el que ora mucho por el pueblo y por la Ciudad Santa: Jeremías, el profeta de Dios”» (Orígenes, De oratione 11,1).

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