COMENTARIO

 Jb 1,6-12 

Los protagonistas, Dios y Satán, se comportan como seres humanos: Dios, como un gran señor que convoca a sus colaboradores íntimos (v. 6); Satán, como un espía cualificado que parece ir en contra de un hombre temeroso de Dios, cuando en realidad va en contra de Dios mismo, pues invierte la doctrina tradicional sobre la retribución: no es que Dios bendiga al hombre piadoso, sino que éste se muestra piadoso porque Dios le bendice (vv. 9-11). La piedad, en este caso, no sería sincera, sólo consecuencia del interés y del egoísmo.

Satán en este libro no designa todavía al diablo, ángel caído y seductor que busca el mal de los hombres (cfr Ap 12,9); es más bien el acusador por antonomasia que denuncia a los hombres ante Dios (cfr Za 3,1). Una explicación más amplia puede verse en nota a 1 Cro 21,1.

Job, como Abrahán cuando se le exigió sacrificar a su hijo primogénito (cfr Gn 22,1-12), no sabe que está siendo probado en su fe y en su temor de Dios. Sin embargo, tanto en la historia de Abrahán como en la de Job, Dios mismo lleva la iniciativa: no permitirá que el sacrificio, en el caso de Abrahán, llegue a consumarse, ni que la prueba, en el caso de Job, llegue más allá de lo que Él permita (v. 12).

Los «ángeles de Dios» —literalmente en hebreo «hijos»— (v. 6) son como los súbditos que están a sus órdenes.

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