COMENTARIO
Este nuevo discurso de Job toma pie de las palabras de Bildad sobre la justicia divina (cfr 8,3.20), y se desarrolla como una apelación directa a Dios para que acepte un hipotético pleito entre los dos, con el fin de mostrar que él (Job) ha obrado con justicia. Aquí no hay ninguna mención de los amigos. En cambio, contiene expresiones audaces, casi irreverentes, contra el proceder del mismo Dios, aun manteniéndose dentro de la estricta ortodoxia sobre la acción creadora y providente del Señor. Job llega a lamentar su impotencia ante Dios.
La introducción plantea el problema fundamental del largo parlamento: la justicia —integridad— del hombre ha de medirse a la luz de la grandeza y del poder divinos (9,1-4). La primera parte contiene un canto de exaltación de la omnipotencia de Dios en la creación (9,5-10), que contrasta con el comportamiento divino respecto del ser humano, a quien maltrata (9,11-24); termina lamentando la condición de inferioridad del hombre ante Dios, ya que no puede ir a pleito con Él para determinar la rectitud de su comportamiento (9,25-35). La segunda parte del discurso es una súplica similar a la contenida en el discurso anterior (cfr 7,16-21). En ella Job se queja de que Dios le trate con tanta severidad (10,1-7) a pesar de haberlo modelado con detalle (10,8-12). Termina pidiendo al Señor que le permita vivir en paz, que no le aflija continuamente con el dolor (10,13-22).
La terminología procesal de este discurso sirve para poner de relieve que Dios no actúa como actúan los hombres, y que su acción no puede entenderse con criterios humanos. Más bien al contrario, el criterio del hombre debe tener en cuenta la forma de actuar de Dios.