COMENTARIO
En la nueva intervención de Job no se percibe una lógica clara. Más que de partes del discurso hay que hablar de temas predominantes. Éstos son: las quejas dirigidas contra sus amigos (16,2-6), el lamento por el trato que recibe de Dios (16,7-17), un canto de esperanza (16,18-22), una nueva súplica doliente (17,3-7) y una respuesta a la doctrina expuesta por los visitantes (17,8-16).
Comienza con una queja cargada de irritación contra los amigos a los que define como «consoladores funestos» (16,2); Job es consciente de que si en una hipótesis imposible se invirtiera la situación de los protagonistas, él mismo sería capaz de brindar las mismas palabras huecas de consuelo que ellos pronuncian (16,3-6).
Sigue un lamento profundo y emocionado por el comportamiento de Dios, el único a quien Job hace responsable de su estado de postración (16,7-17). Se utilizan audazmente cuatro imágenes de gran fuerza expresiva aplicadas a Dios. Lo presenta como fiera que desgarra a su presa (16,9), como depredador que tritura el cráneo (16,12), como arquero que dispara contra el blanco (16,12-13) y como guerrero que se lanza al asalto (16,14). Probablemente esta sección es una de las más apasionadas de todo el libro, por la fuerza con que se contrapone el enojo e impotencia de Job frente al poder de Dios, y por la expresividad con que describe su propia miseria; Job se ve como un animal vencido y humillado que se esconde en retirada (16,15-17).
Tras este lamento vehemente, Job eleva un magnífico canto de esperanza (16,18-22): Dios en el cielo es testigo de su dolor, defensor de su inocencia (16,19), árbitro del conflicto entre ambos (16,21). El mismo apasionamiento que motiva sus quejas, impregna su confianza.
La oración que sigue (17,1-7) contiene los elementos característicos de los Salmos de súplica individual, a saber, el acoso de los enemigos (17,1-2), el estado de soledad y abandono (17,4-7), el ruego emocionado (17,3). Aunque por faltar el sujeto explícito de los verbos toda la sección resulta un tanto compleja, al menos queda claro el sentimiento de confianza del hombre humillado que acude a Dios con la certeza de ser atendido.
La última sección del discurso (17,8-16) es una respuesta sapiencial a la doctrina de los amigos. Ante la brevedad de la vida (17,11), el intento de los sabios de aclarar las dudas sin conseguirlo (17,12) y el inminente desenlace de la muerte (17,14), sigue resonando el grito de quien, en medio de sufrimientos y a causa de su dolor (17,13.15), no ve dónde poner su esperanza. Quizá bajo la pregunta: «¿Dónde está mi esperanza?» (17,15), implícitamente está pensando en Dios y no en la vida. Será una actitud similar a la de Sal 39,8: «Ahora, Señor, ¿qué puedo esperar? Mi esperanza está en Ti». San Gregorio Magno lo entiende en este mismo sentido: «¿Qué otra cosa puede ser la esperanza de los justos, sino sólo Dios que es justo y justificador, que descendió espontáneamente hasta las penalidades del género humano y redimió con su justicia a los cautivos de la muerte? Por eso no cesaban de esperar esa presencia de Dios que, aun sabiendo que había de llegar, deseaban que llegara cuanto antes» (Moralia in Iob 3,12,46).