COMENTARIO
El segundo discurso de Bildad no es prolongación del primero (cfr 8,1-22), ni tiene apenas puntos comunes con aquél, sino que conecta más bien con el último de Elifaz (cfr 15,1-35). Comienza también interpelando con severidad la presunción de Job, que parece suponer que con su sufrimiento se ha alterado el orden de la creación (vv. 2-4). Describe a continuación la desaparición de todo lo que rodea al malvado en esta vida: luces, vigor físico, salud o vivienda (vv. 5-15); y de todo lo que podría sobrevivirle: herencia, memoria, descendencia, etc. (vv. 16-19). La conclusión es una sentencia inapelable: ésa es la suerte del impío (vv. 20-21).
Tampoco Bildad presenta argumentos nuevos y originales; repite la misma doctrina tradicional de la retribución automática, subrayando que el impío acaba mal necesariamente. Sin embargo, como buen conocedor de los procedimientos sapienciales, utiliza imágenes vivas para expresar los elementos del bienestar humano que se derrumban: la luz que se apaga (vv. 5-6), los pies ágiles que terminan en el cepo (vv. 7-11), el vigor juvenil que es consumido por el «hijo de la muerte» (vv. 12-13), la tienda segura que hay que abandonar para comparecer ante el «rey de los terrores» (vv. 14-15). Es, por tanto, una hermosa pieza literaria pero carente de calor y de convencimiento.