COMENTARIO
«Bien sé yo que mi defensor vive». Como en 16,19, vuelve a aparecer la idea de un ser extraordinario que salga a favor de Job, Pero en aquel discurso se trataba de un testigo y defensor en un pleito, es decir, tenía sentido judicial. En cambio, aquí el defensor (goel en hebreo) tiene sentido institucional: según la Ley y la tradición el goel era el familiar más próximo, el que estaba obligado a defender los derechos conculcados, unas veces recobrando las posesiones injustamente arrebatadas, otras rescatando de la esclavitud al familiar ultrajado, e incluso vengando su muerte (cfr Ex 6,6; Lv 25,23.47; Nm 35,21). Dios recibe el título de goel en los textos que interpretan el retorno de Babilonia como una redención llevada a cabo portentosamente (cfr Is 59,20; 60,16; 63,16; Jr 50,34).
Job proclama con solemnidad su fe en el goel. Sorprende que se refiera a Dios con este título, puesto que es Él quien le ultraja y le humilla, y no se ve cómo puede ser a la vez ultrajador y defensor. Sin embargo, esta doble condición es posible porque en su profunda tensión interior Job apela a Dios, casi simultáneamente, en son de queja y en son de súplica (cfr 16,7-9.21-22). A pesar de ser quien le hace sufrir de manera incomprensible, Dios sigue ahí, como el Dios vivo, el único que puede cambiarle la situación, si tal es su voluntad, y rehabilitarlo ante sus amigos. En este sentido es su goel. Por otra parte, invocar a Dios como goel era común entre los judíos de la época.
San Jerónimo, siguiendo la interpretación rabínica, tradujo este término en la Vulgata por «Redentor», y a partir de ahí la tradición cristiana lo ha entendido del Mesías, más en concreto, del Mesías resucitado que vive para siempre como Redentor de la humanidad. Santo Tomás, que recoge esta tradición antigua, comenta: «El hombre que había sido creado inmortal por Dios, incurrió en la muerte por el pecado, como dice Rm 5,12 (…); de ese pecado había de ser redimido el género humano por medio de Cristo; esto es lo que por la fe vio Job. Cristo nos redimió del pecado muriendo por nosotros (…). Ahora bien, la humanidad misma fue reparada al resucitar para la vida (…) y la vida de Cristo resucitado se difundirá a todos los hombres en la resurrección común» (Expositio super Iob 19,15). Y San Gregorio ya había escrito: «Cualquier infiel sabe que Cristo había sido azotado, escarnecido, herido con las manos, coronado de espinas, manchado con salivazos, crucificado y muerto. Pero yo sé con fe muy cierta que vive después de la muerte, confieso con libertad que vive mi Redentor, el que había muerto entre las manos de los malos» (Moralia in Iob 3,14,54).
«Él, el último, se alzará sobre el polvo». Probablemente Job quiere expresar la certeza de que la sentencia divina será la definitiva, por encima de los juicios humanos, tan débiles como el polvo. Dios, que está en los cielos (cfr 16,19), es el único que, como ser permanente, juzga sin prisa y sin apasionamientos circunstanciales.
La tradición cristiana, basándose en la traducción de la Vulgata: «En el último día resucitaré de la tierra», ha visto en estas palabras el anuncio de la resurrección de los hombres al final de los tiempos como participación en la resurrección de Jesucristo: «Así como el Padre tiene vida en sí mismo, le concedió al Hijo tener vida por sí mismo. Por tanto la causa primordial de la resurrección humana es la vida del Hijo de Dios» (S. Tomás, Expositio super Iob 19,25). Y en palabras más sencillas de San Gregorio Magno: «Nuestro Redentor recibió la muerte para que no temiésemos morir, y manifestó la resurrección para que confiemos en que podemos resucitar» (Moralia in Iob 3,14,55).