COMENTARIO

 Jb 20,1-29 

La segunda intervención de Sofar vuelve a incidir en la retribución automática, repitiendo la idea de que el malvado no progresa y de que los bienes que posee o son aparentes o son efímeros. Este discurso no es una respuesta pormenorizada a la intervención anterior de Job, ni siquiera es prolongación del primer discurso del mismo Sofar (11,1-20); parece más bien una composición artificial que sirve de enlace entre el discurso encendido de Job del capítulo precedente y el que viene a continuación.

Sofar comienza (vv. 2-3) justificando su intervención porque ha escuchado «doctrinas que me molestan» (v. 3), sin especificar cuáles son, ni razonar su apreciación. A continuación expone la doctrina conocida del castigo de los malvados (vv. 4-22), elaborando un parlamento bien cuidado con metáforas e imágenes expresivas: para los impíos la alegría y el prestigio son como un sueño; y la belleza o vigor juveniles como una visión nocturna (vv. 4-11); el mal que hacen es para ellos como un alimento placentero al paladar pero dañino para el organismo (vv. 12-16), y la riqueza, como una cosecha abundante que no se puede disfrutar (vv. 17-22). La última parte del discurso (vv. 23-29) recuerda la severidad del juicio divino, «el día de la cólera» (v. 28), que es inapelable. No menciona en ningún momento ni a Job, ni su desgracia; se limita a exponerle una lección teórica, repetida machaconamente. Da la impresión de que va buscando más la propia complacencia que el remedio de su interlocutor. Pero en su contexto es una acusación a Job de estar entre los malvados; aunque recobrara la alegría sería efímera, pues no reconoce su pecado.

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