COMENTARIO
«Le devora un fuego que nadie atiza». La imagen del fuego es muy frecuente en la Biblia para expresar la severidad del castigo divino: «Hará llover ascuas y azufre sobre los impíos; un viento abrasador será la porción de su copa» (Sal 11,6). A partir de estas imágenes y de las afirmaciones del Nuevo Testamento, los Santos Padres han visto en el fuego inextinguible una señal de que el castigo del infierno es severo y eterno: «La justicia del Omnipotente, sabedora de las cosas futuras, creó el fuego del infierno desde el nacimiento del mundo de modo que su ardor, aunque sin leña, nunca feneciese» (Moralia in Iob 3,15,29).
La enseñanza de la Iglesia utiliza la imagen del fuego eterno (cfr Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-49), para significar las penas de todo tipo que sufrirán los condenados. Así, el Credo del Pueblo de Dios confiesa que «los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12). Y más recientemente el Catecismo de la Iglesia Católica explica: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (n. 1035).