COMENTARIO
Se trata de una cuestión que subyace en todo el libro, y que está formulada aquí con sencillez y crudeza: «¿Por qué siguen viviendo los impíos?». Es una pregunta que desmorona el edificio doctrinal de los amigos de Job, pero va también dirigida a Dios en cuanto que cuestiona el misterio de la Providencia divina. También Jeremías (cfr Jr 12,1-2) y el salmista (cfr Sal 73,3) expresan su sorpresa ante el bienestar de los malvados y el sufrimiento de los buenos.
En muchos ambientes de hoy se plantea un problema similar aunque con matices distintos. No se trata tanto de que los impíos vivan y progresen a pesar de estar lejos de Dios, sino de que el progreso del hombre, al margen de Dios y olvidándose de Él, parece invitar a negarle. Así el Concilio Vaticano II advierte: «Negar a Dios o la religión, o bien prescindir de ellos, no constituye ya, como en épocas anteriores, un algo insólito e individual; hoy en día aparecen muchas veces casi como exigencias del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo» (Gaudium et spes, n. 7). Es más, en ocasiones se presenta la fe en Dios como irreconciliable con la realización del hombre y de su libertad: «El ateísmo moderno (…) conduce el deseo de autonomía del hombre a encontrar dificultad en cualquier dependencia de Dios. Los que profesan este ateísmo pretenden que la libertad consiste en que el hombre sea el fin de sí mismo, el artífice y demiurgo único de su propia historia; opinan que esto no puede conciliarse con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todas las cosas, o que, al menos, esto hace totalmente superflua su afirmación. El sentimiento de poder que el progreso técnico actual confiere al hombre puede favorecer esta doctrina» (Gaudium et spes, n. 20). Sin embargo, «los cristianos, lejos de pensar que las obras que los hombres han generado con su ingenio y su valor se oponen al poder de Dios y que la criatura racional se alza casi como rival del Creador, están más bien persuadidos de que las victorias del género humano son signo de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio» (ibidem, n. 34).