COMENTARIO
El discurso de Bildad, insertado aquí según el orden del texto que han transmitido todos los manuscritos hebreos y griegos, es el más breve, y también el más genérico. Sin dirigirse directamente a Job, formula dos principios indiscutibles que, por otra parte, ya han aparecido en los discursos anteriores de los amigos de Job. El primero (vv. 2-3) es la soberanía de Dios que, estando en lo más alto del cielo (cfr 22,12) y gobernando los fenómenos atmosféricos, como recordaba Elifaz (cfr 5,9-10), extiende su dominio pacificador a todo el universo, en especial a los cielos donde están las estrellas («sus huestes») y de donde proviene la luz. El segundo principio es que ante ese Dios nada ni nadie puede pretender ser justo, y mucho menos el hombre (cfr 4,17; 15,14), que viene a ser como un gusano que vive en la oscuridad (vv. 4-6). Sale así al paso de la pretensión de Job de encararse con Dios (cfr 23,2-7). Las palabras de Bildad responden ciertamente a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, pero no tienen en cuenta la situación de Job ni son aplicadas a su caso. Job no se considera puro como la luz, o absolutamente justo; sólo busca la respuesta divina a un sufrimiento que no se corresponde a su conducta y no comprende.
Una vez más la enseñanza de las grandes verdades no es suficiente si no se tiene en cuenta la situación cultural, social y hasta psicológica de la persona a quien se comunica: «La presentación límpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir nunca de un respeto profundo y sincero —animado por el amor paciente y confiado—, del que el hombre necesita siempre en su camino moral, frecuentemente trabajoso debido a sus dificultades, debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jamás podrá renunciar al principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien, ha de estar siempre atenta a no quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante (cfr Is 42,3)» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 95).