COMENTARIO

 Jb 28,1-11 

Oro, plata, hierro y cobre (vv. 1-2) eran los metales conocidos hasta entonces. El autor sagrado aporta datos sobre los avances técnicos usados en la minería de la época; de este modo deja también constancia del dominio que el hombre ejerce sobre la creación, cumpliendo el mandato originario de Dios (cfr Gn 1,28). Pero, por encima de esto, el autor subraya el asombro que le produce el hombre inteligente, capaz de extraer los grandes tesoros de las entrañas de la tierra, de construir sofisticadas galerías o de trabajar en posturas extrañas (v. 4). En esta actividad el homo faber no tiene competidor entre los seres creados, porque ni las aves más sagaces, ni las fieras más feroces llegan donde llega la investigación y la técnica del hombre (vv. 7-8). Pero la técnica todavía no es la sabiduría. La Iglesia, que reconoce los enormes progresos técnicos de la humanidad, clama para que se reconozca también el sentido y el valor de la actividad humana: «El hombre siempre se ha esforzado con su trabajo y su ingenio por desarrollar más su vida; hoy en día, sobre todo gracias a la ciencia y a la técnica, ha ampliado y continuamente amplía su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, principalmente con ayuda del aumento de medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se reconoce y se constituye, poco a poco, como una comunidad en todo el mundo. Con ello, muchos bienes que el hombre esperaba antes principalmente de fuerzas superiores, hoy se los procura ya con su propia habilidad. Ante este inmenso esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre los hombres muchos interrogantes: ¿Cuál es el sentido y valor de esta actividad? ¿Cómo se deben utilizar todas estas cosas? ¿Cuál es el fin que pretenden conseguir los esfuerzos de los individuos y las sociedades? (…) El hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con Él, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, nn. 33-34).

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