COMENTARIO

 Jb 29,1-25 

Los recuerdos de Job evocan la etapa de su vida narrada en el prólogo, cuando vivía en prosperidad. Ahora se describe esa misma situación, pero con un estilo poético y de manera idealizada. El centro lo ocupa la persona de Job, que añora los días en que se sentía protegido por Dios (vv. 1-6), y recuerda con nostalgia cuando era honrado por todos, jóvenes y ancianos, notables y jefes (vv. 7-11), porque reconocían que en la administración de justicia era modelo de preocupación por los más débiles y necesitados (vv. 12-17). Confiesa que se prometía un futuro feliz (vv. 18-20), porque su prestigio y su influencia entre todos era enorme (vv. 21-25).

La descripción del pasado de Job, lejos de significar una actitud gozosa y agradecida, es el arranque de una queja contra Dios que le ha abandonado. Pero, al mismo tiempo, es una muestra profunda de fe en el Dios único, autor de la prosperidad pasada y de la desgracia presente.

Los Santos Padres han visto en Job una imagen de Cristo sufriente, y también de la Iglesia que ha padecido a lo largo de la historia las heridas de los herejes y el dolor de las persecuciones. Así, San Gregorio Magno comenta que en las palabras de este capítulo Job «denuncia lo que ha de venirle a la Santa Iglesia; y por lo que él padece demuestra lo que ella ha de padecer (…). Sucederá que serán tantas las tribulaciones que ha de soportar, que deseará con ansiedad estos tiempos, aunque nosotros los soportamos con trabajo» (Moralia in Iob 4,19,9-10).

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