COMENTARIO
Elihú se dirige directamente a Job con una perorata construida con artificio. En el exordio solicita de nuevo la atención de su interlocutor y le invita a dialogar entre los dos como iguales (vv. 1-7). En el cuerpo del discurso va respondiendo a las grandes afirmaciones de Job: a su proclamación de inocencia (vv. 8-11) y a la queja del silencio de Dios (vv. 12-25), y termina aconsejándole cómo tiene que comportarse (vv. 26-30). La conclusión (vv. 31-33) es una nueva interpelación retórica, semejante a la del comienzo, para dar al discurso aire de pieza oratoria perfecta.
Hay en este discurso muchos aspectos de gran valor humano y religioso, como la trascendencia de Dios que está por encima de los hombres (v. 12), o el modo de comunicarse Dios en la intimidad del sueño o por medio del dolor (vv. 19ss.). Pero hay demasiado artificio y las razones suenan a hueco, a un cierto aire vanidoso que provoca rechazo: «La soberbia es desagradable, también humanamente: el que se considera superior a todos y a todo, está continuamente contemplándose a sí mismo y despreciando a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 100).