COMENTARIO

 Jb 35,1-16 

El tercer discurso de Elihú es breve, pero tan recargado de preguntas retóricas y de artificios oratorios, que apenas llegamos a comprender con claridad los argumentos. Comienza, como de costumbre, resumiendo la opinión de Job que a continuación va a rebatir, en este caso, porque se confiesa inocente ante Dios, y no se siente atendido por Él (vv. 1-3). Sigue con un primer argumento: el pecado y la inocencia no quitan ni añaden nada a Dios, sino que afectan sólo al hombre que peca o se mantiene fiel (vv. 4-8). El segundo argumento parece más enmarañado: cuando los hombres sufren, gritan, suplican y no son atendidos por Dios es o porque ese grito no va dirigido a Dios, por tanto no es oración, o porque no buscan con sinceridad al Dios verdadero, al único creador, y la plegaria no es válida (vv. 9-11); o, también, porque lo hacen con soberbia, y entonces inutilizan la plegaria (vv. 12-13). En conclusión tu queja —dice dirigiéndose a Job— de que Dios no te escucha carece de sentido, no se apoya en motivo fundado (vv. 14-16).

Tampoco en este discurso da Elihú una respuesta comprensiva a los lamentos de Job sumido en el sufrimiento, sino que sólo pretende reprenderle y hacerle callar, sin tener la más mínima tolerancia hacia sus quejas y preguntas (v. 16). San Gregorio Magno, que ve en Elihú el prototipo de orador vanidoso, escribe a propósito de este versículo: «Este defecto suele ser propio de los soberbios: que tienen por pocas las muchas cosas que han dicho, y creen que son muchas las pocas que les dicen a ellos, porque como siempre quieren decir sus cosas, no escuchan las ajenas y piensan que se les lleva la contraria si no derraman destempladamente lo que también sin templanza se les ocurre» (Moralia in Iob 5,26,22,40).

Volver a Jb 35,1-16