COMENTARIO

 Jb 36,22-25 

Con preguntas retóricas Elihú proclama dos propiedades que pertenecen exclusivamente a Dios: Él es el único maestro, Él es el único árbitro del comportamiento humano. Por tanto, el hombre no es quién para juzgar a Dios, sino que debe adoptar la actitud del discípulo, dispuesto a aprender y a imitar. Esta doctrina es correcta y ha sido muchas veces enseñada en la tradición cristiana: «Si nos preguntaran por muchas maravillas de la naturaleza —escribió San Agustín— nos veríamos obligados a confesar la impotencia y la limitación de nuestra inteligencia. Sin embargo estamos seguros de que el Omnipotente no hace nada sin razón, aunque el intelecto humano, que es débil, no puede dar razón de ello. Estamos, sin embargo, convencidos de que en muchas cosas no es incierto su querer y de que no es imposible para Él nada de cuanto quisiere. Por eso nosotros asentimos a lo que nos dice porque no podemos tenerle ni por incapaz de obrar todo ni menos por mentiroso» (De Civitate Dei, 21,5). Y San Gregorio Magno escribió al hilo de estos versículos: «Nadie juzga bien lo que desconoce. Así que debemos mantenernos en silencio bajo los juicios de Dios, puesto que vemos que no podemos alcanzar las razones de los mismos» (Moralia in Iob 5,17,3,5).

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