COMENTARIO
La teofanía y el subsiguiente discurso del Señor constituyen la culminación de la trama del libro: después de que cada uno de los amigos y el atrevido Elihú han expuesto sus opiniones sobre la actitud de Job y sobre el sentido del sufrimiento, y después de que el propio Job ha solicitado una y otra vez el veredicto divino, la presencia del Señor viene a ser el remate perfecto de la discusión. El Señor desautoriza a los amigos que negaban la posibilidad de una manifestación de Dios para responder a Job, y acredita a éste que ansiaba encontrarse con Él.
El contenido de los discursos de Dios coincide con los anteriores en la consideración de las criaturas como reflejo del poder y de la sabiduría de su Hacedor, pero difiere radicalmente en el tono. El Señor no se enfrenta con las opiniones de Job ni lamenta su situación angustiosa, y ni siquiera responde directamente al requerimiento sobre su inocencia; más bien le invita a contemplar, como en un extraordinario reportaje fotográfico, las maravillas de la creación, a descubrir la belleza y las cualidades extraordinarias de los seres creados, y a reconocer, con sencillez, la soberanía y la sabiduría del Creador.
Desde el punto de vista literario, los discursos del Señor contienen expresiones de alto valor lírico y excelentes descripciones de las diversas criaturas, como la del avestruz (39,13-18), la del caballo de guerra (39,19-25), o las de Behemot y Leviatán (40,15-41,26). En la presentación de estos animales se mezclan rasgos realistas y pinceladas fantásticas con tal pericia que no se sabe si se trata de seres reales o míticos. En todo caso son criaturas del Señor.
La estructura de la teofanía es sencilla: dos amplios discursos de Dios (38,4-39,30; 40,15-41,26), precedidos cada uno de una interpelación a Job (38,1-3; 40,6-14) y seguidos de una respuesta de acogida y sumisión por parte de Job (40,3-5; 42,1-6).