COMENTARIO

 Jb 38,1-39,30 

El primer discurso del Señor, de enorme riqueza expresiva y de cuidada construcción literaria, es sencillo en su enseñanza: Dios está presente donde nunca lo estuvo Job ni ningún otro hombre; ha intervenido e interviene donde nunca lo hizo ni lo puede hacer el ser humano; organiza sabiamente y cuida con esmero de las criaturas —estrellas, aves o animales— que quedan lejos del alcance de los hombres. En resumen, Dios es infinitamente más poderoso y más sabio que Job; y, sin embargo, entabla diálogo con él y le invita a admirar juntos las maravillas del cosmos y de los animales.

No es propiamente una lección teológica sobre la creación y, de hecho, las coincidencias con los relatos del Génesis o con el libro de la Sabiduría son escasas e irrelevantes; es más bien una descripción sapiencial del universo entero y del comportamiento de las criaturas en sí mismas, prescindiendo de las causas segundas y de la utilidad que pueda representar para el hombre.

Consta de una introducción (38,1-3) y de dos amplias secciones. La primera se centra en el mundo inanimado (38,4-38), la segunda en los animales (38,39-39,30). La primera sigue un cierto orden lógico y hace un recorrido desde los elementos más conocidos a los más desconocidos: tierra, mar, luz, extremo del mundo y abismo, fenómenos atmosféricos y cuerpos celestiales. La segunda, en cambio, no parece tener orden claro, pero utiliza recursos propios de la literatura sapiencial: en la enumeración de diez animales —león y cuervo, rebecos y ciervos, onagro y toro salvaje, avestruz y caballo, gavilán y águila—, presenta todo un simbolismo como número que significa plenitud; y en la elección de los que nunca han sido domesticados por el hombre, acentúa el poder de Dios.

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