COMENTARIO
La introducción a los discursos contiene las claves para comprenderlos mejor. Utiliza el nombre propio del Dios de Israel, el Señor (Yhwh), como en el prólogo (2,1-7) y en el epílogo (42,7-17), mientras que en los diálogos, como hemos comprobado, aparece el nombre genérico de Dios (El, Eloah, Elohim, Sadday). Se quiere subrayar de esta forma que la sabiduría auténtica pertenece al Dios de Israel, y Éste la comunica a su pueblo. Por otra parte, hay una insistencia en que Dios habla: «Respondió… diciendo». Habría bastado la teofanía «desde el seno del torbellino», es decir, desde el mismo fenómeno que llevó a Elías al cielo (2 R 2,1.11) y que forma parte del cuadro cósmico de las apariciones escatológicas del Señor (cfr Ez 1,1-3,15; Za 9,14); habría sido suficiente la presencia del Señor en silencio para satisfacer los deseos de Job que pedía un encuentro con Él. Pero, al responderle con la palabra, Dios le otorga a Job el mismo favor que a los patriarcas y a Moisés, con los que Él hablaba cara a cara. El autor sagrado consigue así realzar la figura del protagonista a la dignidad más elevada.
«Mis designios» (v. 2). Este término —en hebreo ‘esah— indica el plan de Dios, sus proyectos, que son estables desde toda la eternidad (cfr Is 25,1) e irrevocables (Is 14,24.26). En primer lugar, el término expresa aquí el gobierno del universo, la providencia divina: «Puesto que la sabiduría humana no basta para comprender la verdad sobre la providencia divina, fue necesario que la disputa previa [de Job y los amigos] se resolviera con la autoridad divina (…). Y así el Señor, en cuanto resolutor de la cuestión, recrimina a los amigos porque no juzgaban con rectitud a Job con su modo incorrecto de hablar y a Elihú por su determinación inconveniente» (S. Tomás, Expositio super Iob 38,2). Pero como en el Antiguo Testamento ese término está siempre unido a la intervención divina en la historia de los pueblos y de los individuos (Jr 32,19), aquí sirve también para expresar la acción de Dios en la existencia dolorida del propio Job. Es esa acción la que Job ha puesto en tela de juicio. El Señor mismo invita ahora a contemplar esos «designios» desde la perspectiva de Dios y no desde la del hombre, que resulta pequeña y enturbiadora.
«Yo te preguntaré y tú me instruirás» (v. 3). De acuerdo con el tono irónico que aflora en otros momentos del discurso (38,4.18.21), el Señor concede a Job el rango de interlocutor y le supone capaz de dar respuesta a las grandes preguntas y a los argumentos de tipo sapiencial que va a utilizar en su intervención. En ningún momento pretende el Señor humillar a Job, sino más bien estimularle para que acepte de buen grado la enseñanza que le va a ofrecer.