COMENTARIO
Los elementos mencionados en esta sección resultaban enigmáticos para el hombre antiguo hasta el punto de que con frecuencia fueron mitologizados. Presenta primero las realidades misteriosas que se ven en la tierra: mar, abismo, muerte, sombras, luz–tinieblas (vv. 16-21); después, los fenómenos atmosféricos: nieve, granizo, sol tórrido o aguacero, centella y trueno, lluvia o hielo (vv. 22-30); y por último las constelaciones y cuerpos celestiales (vv. 31-38). Dios, en cambio, los conoce a la perfección, los dirige, los ordena y los gobierna. Es decir, todos esos elementos constituyen una manifestación de su omnipotencia por la que ha creado todas las cosas con sabiduría y amor: «Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha creado todo (cfr Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cfr Mt 6,9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando «se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9; cfr 1 Co 1,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 268).
La enseñanza es clara. Hemos de creer en la soberanía de Dios y en la bondad de su Providencia, aunque no alcancemos a comprender del todo cómo el sufrimiento humano y el mal en general forman parte del plan divino: «Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr Gn 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra» (ibidem, n. 314).