COMENTARIO

 Jb 38,39-39,30 

Antes se ponía de relieve que los elementos de la creación y los fenómenos atmosféricos no existen sólo en función del hombre, ni para favorecerle ni para castigarle; sencillamente son un elemento más del maravilloso tapiz de lo creado. Los animales salvajes, que ahora se describen con sus costumbres específicas, también existen y viven al margen del ser humano; no lo necesitan ni para alimentarse ni para reproducirse. Más aún, unos son depredadores y pueden llegar a atacar al hombre —león, cuervos, aves rapaces— (38,39-41; 39,26-30); otros, como los ciervos o como el onagro y el toro salvaje, contrastan y ridiculizan al asno y al buey que sufren la humillación de haber sido domesticados (39,1-12); otros, como el avestruz (39,13-18) o el caballo (39,19-25), pueden ser despreciados o admirados, pero ninguna de sus cualidades o deficiencias se la deben a los hombres.

La descripción del caballo de guerra (39,19-25) merece una lectura pausada ya que, dentro de su belleza literaria, resalta los valores más apreciados en el mundo cultural del autor del libro: la fortaleza y la belleza de dicho animal (v. 19), la audacia y el valor de sus acciones (vv. 20-23), la agilidad y la decisión de sus movimientos (vv. 24-25). Job ha de comprender que no sólo no ha hecho nada para dotar de estas cualidades a este esbelto y admirable animal, sino que ni siquiera puede fomentarlas o dominarlas. Fray Luis de León transcribe en su comentario una descripción del caballo de guerra tomado de las Geórgicas de Virgilio, precisamente porque coincide en muchos aspectos con la del libro de Job.

Volver a Jb 38,39-39,30