COMENTARIO
La ira divina en realidad consiste en «ocultar su rostro», dejar solo al hombre (v. 8) cuando éste se considera autosuficiente (v. 7). Así lo ha experimentado el salmista mismo, que reaccionó a tiempo acudiendo a la súplica (vv. 9.11) y arguyendo ante el Señor la inutilidad de su muerte, ya que, en tal caso, no podría alabarle. Sólo vale la pena vivir porque se puede alabar al Señor, fuente de todo bien. «Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 783).